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Aunque adultos, nunca debemos olvidarnos del niño que llevamos dentro… ¡y nos sonríe¡

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Siempre niños

 

*  Cuando llega el 30 de abril no dejo de extrañar esos tiempos. Momentos infantiles en que esperaba ansiosa los domingos para jugar fútbol. Días de infancia donde inventaba nuevos juegos. Evoco esos lunes cuando me tocaba ser la niña de la escolta. Recuerdo las salidas del colegio con una paleta de hielo sabor uva cuyo colorido pintaba coquetamente mi boca como el mejor lápiz labial

 

Por Elvira Hernández Carballido

Especial de Expediente Ultra/ Fotos especiales

Ser niña…

Una calle de la colonia Portales está llena de niños que sueñan con ser los jugadores de mañana. El futbolista de diez años edad se prepara para tirar un penalti.  Pero, no contaba que, en medio de esas piedras, que aparentaban ser la portería, estaba alguien. Una persona que echaba salivita a sus manos para garantizar que podría detener la trayectoria del balón. Alguien que no creía en las diferencias de sexos, y que ella, pequeñita y cabezona, se lanzaría por el aire para desviar a una mano y evitar el gol del empate.

Esa niña, era yo, la niña Elvira.

Cuando llega el 30 de abril no dejo de extrañar esos tiempos. Momentos infantiles en que esperaba ansiosa los domingos para jugar fútbol. Días de infancia donde inventaba nuevos juegos. Evoco esos lunes cuando me tocaba ser la niña de la escolta. Recuerdo las salidas del colegio con una paleta de hielo sabor uva cuyo colorido pintaba coquetamente mi boca como el mejor lápiz labial.

Fui una niña privilegiada, viví en un hogar donde solamente recibía amor. Mi papá nos enseñaba todos los deportes, desde box hasta fútbol americano. Mi mamá nos enseñó a ser niñas de 10, “estudien para que solamente dependan de ustedes”, nos repetía con orgullo. Mi hermano Ernesto me invitaba a cantar con él al son de Elvis Presley. Mi hermana Isabel trabajó desde muy pequeña y siempre me compraba discos o vestidos. Flor solamente rezaba con fervor mientras que Elina fue siempre mi cómplice y mi mejor amiga.

Los años inolvidables…

Veía emocionada las aventuras de Cascarrabias, quería ser como la señorita Cometa, lloré desconsolada cuando terminó la serie de Ultraman. Bailaba fascinada al son de la Sonora Santanera. A veces me creía Angélica María y otras yo era Rocío Dúrcal. Escuchaba Radio Mil y gracias a mi querido tío René siempre ganaba un premio en el programa “Preguntas y respuestas”.  Los sábados iba a las matinés y mis películas favoritas eran las románticas y cursis.

En la escuela fui la niña aplicada y solidaria, dejaba copiar en los exámenes, pasaba las tareas y abogaba por las menos aplicadas del salón para que les dieran otra oportunidad. Me gustaba ser la oradora oficial en todas las ceremonias, gané un concurso al recitar “como renuevos cuyos aliños un viento helado marchito en flor…”. Salí en hombros cuando metí el enceste que dio el triunfo a nuestro equipo de básquetbol. Fui una niña enamoradiza, soñadora, con una gran imaginación y feliz.

Llena de ingenuidad, pero ya muy segura de que deseaba ser periodista. Una niña que se sentía protegida en casa y libre al andar en bicicleta en el parque de Churubusco. Una niña que todavía vive en mí y espero siga conmigo por siempre pese al tiempo transcurrido, a las nuevas metas y a los nuevos retos de la vida. Una niña feliz, por eso hoy soy una mujer con muchos instantes felices. Nuestra infancia, nuestro espejo. Reconozco mi madura felicidad de hoy, gracias a mi infancia feliz de ayer.