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Autoritarismo y presidencialismo; combinación peligrosa de poder

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Autoritarismo en ciernes (Foto especial)

SILOGISMOS

 

*  Andrés Manuel López Obrador aspira, si no es que pretende en los hechos, instaurar un nuevo presidencialismo

Por Antonio Ortigoza Vázquez

Especial de Expediente Ultra

Es obvio, el presidencialismo es el cúmulo de elementos y peculiaridades del régimen presidencial en que el Presidente es simultáneamente jefe del Estado y jefe del Gobierno.

Así, el Presidente reúne en su investidura tanto los poderes representativos de su primera condición, la de jefe del Estado, como los de carácter político de la segunda, jefe del Gobierno. Esa división no siempre se traduce en funcionalidad.

Cierto es que esa separación convierte al Presidente en el centro de la actividad política del Estado y eje del poder formal. Estas características son comunes en los regímenes llamados o considerados presidencialistas.

Bajo esa condición, el Presidente es, en los hechos, un monarca casi absoluto, infalible y, por lo mismo, sus decisiones suelen ser indiscutibles e inapelables. El presidencialismo permite imperios constitucionales, que podrían rayar en el autoritarismo.

En el México añejo, el presidencialismo justificó conductas  aberrantes de autoritarismo y arbitrariedad no sólo del propio Presidente de la República, sino de sus secretarios de despacho y sus familiares y allegados y afines y comparsas.

En éste sexenio, del que han transcurrido casi tres meses, se advierten indicios de que Andrés Manuel López Obrador aspira, si no es que pretende en los hechos, instaurar un nuevo presidencialismo.

Sin abundar en esos indicios, por ejemplo, el uso político de las Fuerzas Armadas por parte de Felipe Calderón para prevalecer por encima de su condición de Presidente  y como mandatario convertirse en un verdadero General de 5 estrellas  terminó como un soldado caído en su guerra contra los criminales reorganizados, sí, reorganizados; pues esos personajes del mal tuvieron que combatir con otro frente: Las fuerzas armadas.

Pero don López desestima, en esa aparente pretensión de instaurar un nuevo presidencialismo, la realidad sociopolítica de México, la que enterró a ese régimen de órdenes bajo simulación de una democracia. Hoy su creciente pluralidad ideológica y política, le ha otorgado un autoritarismo maquillado de presidencialismo.

Esa pluralidad representa y conforma una realidad abrumadora, cuya mera existencia es, por sí sola, una presión política sobre los hombres del poder formal, que es aplaudida por un 80 por ciento de aceptación por parte del pueblo. Ignorar esa realidad es arrogancia y miopía.

Esa representatividad, le permite tomar el atajo a la reivindicación del presidencialismo: el ejercicio absoluto del poder, el de la imposición y la violencia legal, que en el pasado inmediato fue llamada “guerra”.

Hoy, don López, ya cuenta con su Guardia Nacional. Vendrán reformas constitucionales con las que pretende, desea, que su nueva fuerza armada  marche de la mano del ejército y la marina. La cuarta transformación, está por cumplirse. Al tiempo.