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Cuando Sara Lovera provoca a reflexionar los feminismos

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Foto especial

 

Elvira Hernández Carballido

Sara Lovera

Sara Lovera es la periodista feminista que más admiro porque es crítica y analítica pero también porque es una verdadera provocadora. Es así como al terminar el mes de enero y al inicio de febrero sacude nuestros compromisos, incendia cada palabra que redacta para acompañar nuestros silencios, despertar algunas utopías y revisar las acciones que nos aguardan con abnegado pudor.

Y todo porque en su columna “Palabra de Antígona”, ha escrito sobre la importancia/necedad/urgencia/compromiso de reflexionar sobre los feminismos que laten, agonizan, reviven y circulan por nuestros escenarios desde hace 100 años, desde el Congreso Feminista de 1916 hasta este convergente 2016.

Desde que la conocí ha marcado mi vida, es mi madre periodística, mi maestra por siempre porque convivir con ella significa siempre aprender, sus opiniones y críticas siempre han sido una brújula feminista que ha sido determinante para encontrar mis inspiraciones, provocar acciones, demostrar actitudes, evitar silencios, argumentar discursos y auto flagelarme en caso necesario

No intento memorizar lo que ha escrito, pero se me queda grabado en el alma cuando afirma:

“El feminismo es, además de la tarea por conseguir derechos y justicia, una transformación personal, fundada en la comprensión de que todas, aún la que mejor se sienta, estamos en un mundo patriarcal y que habrá que salir de ahí poniendo en el centro la libertad y la  eliminación de la opresión, si ello es cierto, el balance del feminismo en estos días es mediocre.”

Y esa última palabra te llega como la muerte anunciada, te sacude como el terremoto más devastador, te llena de culpas, de espejos auténticos que se opacan vergonzosos y de retos donde la reflexión es esencial.

Lovera no minimiza cada lucha ni cada logro de otras mujeres, pero nos advierte que si bien no se pueden celebrar avances ni lamentar retrocesos, sí debe advertirse que el feminismo mantiene expectativas que no se han cumplido. Sus preguntas son flechas certeras a nuestros orgullos y festejos adelantados, son advertencias que provocan mirar nuestras huellas que han pisado fuerte pero también con suave comodidad, que no tienen  regreso pero sí demasiados pasos lentos:

“¿Cómo evaluamos? En el fondo o somos complacientes o demasiado exigentes. ¿Quién tiene el feministómetro? ¿Y quién puede juzgar cada época?”

Cómo responder sin sentirte heroína ni villana. Cómo medir sin obsequiar cien centímetros o menos de gloria a las mujeres recuperadas en nuestra historia. Cómo calcular, sin que te gane la pasión y la lealtad, para que menciones en el nombre de Laureana Wrigth o de Adelina Zendejas sin que te gane la emoción. Cómo reconocer las aportaciones de esa académica si te mira de reojo e indiferente porque no le gusta tu brillo de luciérnaga. Cómo medirte con la otra si no has salido a la calle ni has escrito en una pared “Justicia para Carmen”. Cómo compararte con tu maestra si estás a cien años luz de su fuerza y de su luz pero la sigues con tus propios recursos y las flamas de tus velas iluminadas de compromiso genuino.

Y buscas en tus propios espejos, entonces encuentras alguna tesis o una crónica que hasta fue premiada pero que no ha sido suficiente para sumar los cambios a nuestro favor. O escarbas en tu alma y recuerdas el testimonio de esa mujer violada con la lloraste a la par durante toda la entrevista pero aunque lograste conmover a tus lectores no a los victimarios que siguen cometiendo estos crímenes. Tus manos brincan por las teclas para redactar artículos y libros que a veces nadie lee o alguien consulta para nunca citar. Tu firma en desplegados que no han sacudido conciencias. Tu voz enronquecida en tantos escenarios sin hacer eco de justicia.

Sara Lovera logra sacudirnos hasta la ignominia, forzarnos a la reflexión, sus palabras son tan duras que logran despabilarnos pese al dolor con el que las sentimos. Su discurso autocrítico obliga a volver a pisar fuerte en cada paso que damos, para mirarnos entre nosotras y darnos las manos, descubrirnos en voz y mirada, pues en pleno siglo XXI aún andamos desperdigadas, con la sororidad en el discurso pero fuera de la práctica y de las acciones. Lovera advierte:

“…debíamos tener aliadas fuertes y comprometidas, no existen. Tampoco hemos logrado tener aliadas en  la radio y en la prensa; no hemos incidido en el movimiento magisterial, lleno de mujeres; no hemos logrado organizar una masa crítica que llene plazas y zócalos contra el feminicidio y la violencia contra las mujeres, nos hemos perdido en las batallas menores, y en pequeños triunfos personales o de nuestra causa.”

Y sí, otra vez Lovera parece querer jodernos, lo hace en todos los sentido, pero nunca para negar “lo que hemos sembrado” más bien nos pide fijarnos con más atención y compromiso cómo hemos sembrado.  Advierte que no hemos seguido otras pistas para derrocar a ese sistema patriarcal, seguimos el caminito de migajas que garantiza la consigna de siempre, el lema seguro pero no la acción efectiva. Quita ropajes de privilegios pero también harapos de humildad. Así, con severa pero honesta advertencia nos obliga a reconocer que las feministas no somos ajenas al poder:

“Nos gusta el poder, codearnos con las poderosas, pero ser muy “radicales” y criticarlas; no sabemos cómo se come la tierra hirviendo de los campos de México pero quien allá va, “es una traidora”; no sabemos cómo enfrentar una asamblea de un partido, pero seguro que las que van sólo “quieren un poder” y luego argumentos más o menos, eso no sirve porque “no es mi verdad, ni mi programa”, y me pregunto si eso no es prepotencia.”

Y vaya que cuesta darle la razón, aunque desde la primera línea sabemos que la tiene. Escondemos la primera piedra bajo nuestra conciencia. Y te sientes amenazada porque sabes que está hablando de ti. Y suspiras aliviada porque resulta más sencillo reconocer a las otras en su artículo. Pero todos sus dedos te señalan y todas sus provocaciones te retan. En este día la he leído y releído no sé cuántas veces. Buscando la justificación, el pretexto, la palabra precisa que borre la mediocridad de mi feminismo y la prepotencia de mis escasas acciones.

Yo no quiero prometer nada pero empiezo hurgar en mis miedos y en mis comodidades. Espío lo sencillo que resulta escribir desde mi cubículo pero lo difícil que siempre ha sido encontrar un espacio sin caer en la militancia o en la simple buena fe feminista. Sus palabras deben levantar a esa rebelde furibunda que busca “abrevar del feminismo democrático, de su teoría y sus enseñanzas, a favor de la templanza, la fuerza, la justicia y, sin transigir nunca, de verdad pelear día a día porque ninguna mujer esté excluida o sea maltratada o asesinada.”

Ay ay, Sara Lovera, eres una provocadora y desde mis insomnios reconozco que esto es posible y transformo tu pregunta es certeza porque no hay día en que no lo esté intentado.

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