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EL INTRUSO DE PALACIO

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El hombre no pretendía hacer daño alguno, sólo quería hablar de sus problemas. Su esposa lo había dejado y no encontraba trabajo.

Entró en el Palacio poco después de las 7 de la mañana, decidido a encontrarse con quien encabeza el Estado. Antes de cumplir su cometido, caminó sigiloso por los pasillos, procurando no ser visto. Ya lo había ensayado un mes antes, cuando también logró penetrar en el edificio sin llamar la atención.

El intruso, que apenas rebasaba los 30 años de edad, trepó unas escaleras, avanzó por un corredor amplio, vio una puerta, la abrió y entró en la habitación. Removió una cortina y, para su sorpresa, descubrió a la reina Isabel II profundamente dormida.

Michael Fagan, un modesto pintor del barrio londinense de Clerkenwell, saltó así a la fama mundial aquel 9 de julio de 1982. Al despertar, la monarca lo vio sentado al pie de su cama. Asustada, Isabel II tomó el teléfono para reportar el incidente, pero nadie le respondió. Tratando de tranquilizarse, entabló una conversación con el improvisado visitante, quien le contó sus problemas y le pidió un cigarrillo.

Para que Fagan fuese sometido, la propia reina debió levantarse de la cama, caminar descalza hasta la puerta del cuarto y avisar a los vigilantes.

En la más reciente temporada de la serie The Crown multipremiada en la entrega de los Globos de Oro– hay un capítulo entero dedicado a aquel hecho, interpretado magistralmente por Olivia Colman, en el papel de Isabel II, y Tom Brooke, en el de Fagan.

El lunes pasado, un día después de esa premiación, otro hombre, casi de la misma edad de Fagan –y, aparentemente, aquejado de problemas similares–, llegó hasta el templete de la conferencia mañanera del presidente Andrés Manuel López Obrador. Mientras hablaba el procurador federal del Consumidor, Ricardo Sheffield, el joven, quien ha sido identificado como José Luis González Quiñones, se acercó al mandatario para decirle algo al oído. López Obrador lo tomó de las manos en lo que llegaba una persona de su ayudantía.

A diferencia de lo ocurrido hace cuatro décadas en el Palacio de Buckingham, hasta hoy desconocemos casi todo sobre el intruso de Palacio Nacional.

El vacío informativo ha dado lugar a toda clase de especulaciones. En las redes sociales han circulado versiones en las que se asegura que el hombre no es un espontáneo, sino miembro de las Fuerzas Armadas –de hecho, “el mismo” que habría aparecido en una visita de López Obrador a un hospital militar– y que no evadió los protocolos de seguridad de la sede del Ejecutivo, sino que fue actor en un montaje para hacer que el Presidente se viera cercano a la gente, luego de que, el día anterior, un grupo de pasajeros lo había insultado en un avión.

Igual que en el caso de la hospitalización del subsecretario Hugo López-Gatell –que comenté aquí ayer–, ¿para qué dar pie a la incertidumbre?

Quiero pensar que lo que se vio el lunes en televisión nacional no fue una escenificación, sino un hecho real, en el que el cuerpo de seguridad de Palacio Nacional tuvo una falla grave. Que alguien pueda acercarse así al Presidente de la República no debe tomarse como un chiste.

En Reino Unido, el episodio protagonizado por Michael Fagan significó una revisión de todos los protocolos de seguridad e incluso cambios en la ley (en aquel entonces, saltarse la reja del palacio real no era considerado una ofensa criminal, por lo que el intruso debió ser acusado de haberse tomado una botella de vino para poder ponerlo preso).

¿Cómo falló la seguridad el lunes pasado? Es algo que tendría que saberse. Ya van varias ocasiones en las que la integridad del mandatario se ve comprometida. Sería gravísimo que uno de esos hechos hubiese tenido consecuencias.

Alguien tiene que decirle al Presidente que necesita mayor protección, que volar en aerolíneas comerciales compromete la seguridad del jefe del Estado y de todos los que lo acompañan y que alguna de las personas a las que se permite que se acerquen a escasos centímetros de él puede tener intenciones aviesas y dar pie a una crisis nacional.

Lo sé: es muy probable que el Presidente mande a volar a quien le sugiera cambiar esos hábitos. De todos modos, alguien debiera hacerlo.

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