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ELVIRAS

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Elvira Hernández Carballido

 

El 25 de enero  se celebra a santa Elvira. El pretexto de que yo me llame así provocó una reconstrucción del significado personal de nuestros nombres, en este caso el mío, mi nombre y su razón de ser lo que me da identidad y subjetividad en este vida. Etimológicamente significa, de raíces alemanas, “Prudente Consejera”. En el siglo XII vivió la Abadesa Elvira, que fue santificada por su alegría de vivir.

Y aunque no lo crean, ese nombre ha inspirado alguna que otra canción:

 

 “Y la vida no tiene estacas de circo.

Vuela Elvira que es mentira la verdad.

Si vas a volar, vuela alto.

Si vas a perder que no sea en vano.

Sol de poniente, sudores con sal

Elvira se esconde donde nadie la puede alcanzar.”

 

Hace poco me topé en mis paseos por Internet con esta hermosa canción que se llama “Elvira la trapecista”. La música es maravillosamente emotiva y además hay un video animado que da vida a cada nota musical y a cada palabra de esta melodía. Y descubrí que tengo un nombre que pocas veces ha sido inmortalizado en los géneros musicales. Pero, ¿por qué me llamo así?

No tengo nada de santa pero sí mucho de Elvira. Mi bautizo no tiene nada de sorprendente y posiblemente sí de mucho de buena suerte. Decidí nacer exactamente el día que también había llegado a este mundo una mujer que fue la segunda madre de mi mamá. Mi abuela murió en el parto, entonces mi tía Elvira decidió cuidar y guiar a esa pequeña nacida en el bello estado de Oaxaca. Exigente,  autoritaria e inflexible, pero generosa, mi tía Elvira le dio educación, hogar, disciplina y amor a mi mamá, claro, a su manera, porque siempre fue una mujer muy inexpresiva. Influyó para formarla como una mujer responsable, trabajadora y estricta. Posiblemente la aparente indiferencia de mi tía Elvira provocó a que mi mamá fuera totalmente opuesta, ella siempre ha sido abiertamente amorosa. Doña Elvira, como le decían en el pueblo, fue dueña de la mejor panadería de la región. Siempre gozó de una excelente salud, dinero bien ganado, propiedades hermosas y trabajo constante. La lideresa de la familia, la que resolvía cualquier problema familiar y económico. Todo mundo le tenía mucho respeto y cierto temor. No le gustaba que la utilizaran ni que la vanagloriaran para quedar bien con ella. Descubría la sinceridad en tu mirada, pero también todo lo contrario y entonces no era buena amiga ni mejor tía. Soy la única de la familia materna que ha tenido el honor de llevar su nombre. Lo que permitió que me quisiera un poquito más y me regalara cosas hermosas los días de mi cumpleaños o donara dinero para la fiesta de mis quince años, cuando me titulé en la licenciatura, cuando me casé y hasta cuando tuve a mi hijo Baruch. Entonces, gracias a esa mujer trabajadora, disciplinada y luchadora, yo me llamo Elvira.

Muy pocas veces me he encontrado con otras mujeres que se llamen como yo.

Solamente dos alumnas han sido mis tocayas.

Elvira Lindo es una escritora española de estilo lindo, textos memorables y espejos generosos. El primer libro que leí de ella se titula “Más inesperado que la muerte”, conmovedor al aproximarnos a los estragos que toda guerra siembra en los corazones de la gente que tiene que padecerla y la forma en que la suerte, el destino, las maldiciones o un dios dormido provoca un escenario de ganadores y perdedores. Mi favorito es “Una palabra tuya”, Premio Biblioteca Breve de Novela 2005, donde dos voces femeninas te atrapan en sus ecos y murmullos, en sus confesiones y retos, en sus mentiras honestas y sus verdades falsas.

Elvira García es una periodista que admiro y que he podido invitar a dar conferencias para que comparta su gran experiencia como entrevistadora estrella. Hace poco tuve el honor de charlar con ella en su programa de radio. Tiene varios libros, mi preferido es una selección que hizo de testimonios donde escritores y otros creadores de la cultura mexicana narran su infancia.

Una actriz mexicana que por desgracia murió muy joven, por esa obsesiva idea de ser más bella, fue Elvira Quintana, la recuerdo en la película “Muñecos infernales”.

En la selección femenil del Mundial México 71 una de las porteras maravillosas, que fue subcampeona con todo ese equipo de verdaderas guerreras fue Elvira Aracen. Posiblemente por eso, yo soñaba con ser portera y cuando jugaba con mis primos no dudaba en pedir estar en la portería. Hasta una vez detuve un penalti y fue la heroína de ese partido.

Y como pueden atisbar, Elviras hay muchas, me he topado con pocas, pero sin duda conozco mucho mejor a la que escribe este texto, la que palpe y siente este nombre.

Entonces saco el espejo. Lo primero que atisbo de esta Elvira son las canas que adornan mi fleco estilo Mafalda. Descubro una arruga más en mi rostro y me gusta. Es una arruga que simplemente delata que sigo sonriendo ante la vida. Acomodo mis anteojos de armazón morado para intentar observar la vida con mayor claridad pero siempre me resulta nebulosa y extraña.

Siento correr por mis venas la generosidad que me reconcilia con la vida. Escucho latir mi corazón y acepto que todavía me gusta enamorarme. Acepto que camino más aprisa solamente para llegar a tiempo hacia mis sueños. Soy más fuerte para resolver los problemas que siempre surgen pero que me hacen confiar más en mi misma.

Sigo usando minifalda porque soy discretamente coqueta y las miradas varoniles me reconcilian con mis cautiverios. Compro medias con las figuras más llamativas y los colores más vivos para atrapar piropos llenos de sororidad masculina. Muevo las caderas al ritmo que me inspiró doña Monroe porque creo que la sensualidad apasionada es una herencia esencialmente femenina. Y para llegar al cielo subo un escalón creyéndome Lilia Prado. Si se rompe una de mis medias adoradas, me repito resignada que no estoy loca, solamente desesperada, como bien canta mi querida Trevi. Y miro la luna para cantar que soy una loba como lo descubrió sin conocerme la inspirada Shakira.

Hago honor al apodo con el que mi abuelo me bautizó y me reconozco  como la “Callada” que gusta de escuchar a los demás.

Evoco ese cariñoso sobrenombre que me puso mi abuela y que hasta la fecha me rejuvenece cada vez que alguien me sigue llamando “Vivis”.

Recuerdo a mi tía Anita devolviéndome la dignidad familiar al asegurar que me parezco a la abuela de mi papá –decían que era extraña porque no tenía ningún rasgo de herencia- y siempre me llamó “Lolita”.

La transformación de uno de mis apodos en el nombre de “Viviana” y yo me creía heroína de telenovela.

Presumo mi  nombre verdadero cuando de la primaria hasta el doctorado sacaba diez y quedaba registrado en la lista de mis profesores más exigentes.

La vez que ese mismo nombre se ganó la primera plana. Y ese mismo nombre apareciendo en tantas publicaciones periodísticas, feministas y académicas.

Entonces valoro mis manos, las mismas que siguen brincando con pasión e ilusión por el teclado de mi computadora. Mis sueños que se delatan en la pantalla y guardo cada archivo con el verdadero compromiso de algún día compartir estas palabras.

Y mi mirada gitana prefiere entretenerse con la palma de esta mano, llena de líneas jeroglíficas que siempre traduzco como experta, torciendo adrede mi  destino de feminista abnegada. Por eso acepto que soy  la peor ama de casa, la madre más serena, la esposa menos aburrida de su rol. Soy la hija no consentida pero siempre obediente, la hermana incómoda, la callada de la familia. La tía solidaria. La madresposa rebelde. La loca no desesperada. La puta virginal. La cautiva sin límites. La enamorada de la luna. La hembra perversamente bondadosa hasta la ignominia.

Estoy absolutamente convencida en la utópica posibilidad de convertirme en otro modo de ser humano y libre como me enseñó Rosario Castellanos. Prefiero el pánico y otras veces el peligro como me advirtió María Luisa Puga. Y cada noche le rezo a nuestra Señora de la Soledad por culpa de Marcela Serrano.

Soy  una mujer diferente y diversa en la vida de cada hombre que ha conocido.

Por eso, puedo vivir con mi mejor amigo.

Por eso, puedo bailar alguna noche al ritmo de un gentil machín.

Por eso, puedo responder con ternura a esos mensajes redactados con auténtica sororidad masculina.

Por eso, puedo dormir tranquila después del amor.

Por eso, puedo trazar la geografía de mi cuerpo en la espalda del elegido de hoy.

Me gusta jugar a la diva pudorosa y después retractarme virginalmente arrepentida.

Estoy convencida que mi cuerpo de luna siempre brilla en cualquier lugar y que ni la erupción de un volcán, las 24 horas perdidas en un aeropuerto y el cansancio latente impiden que yo me reconozca y me decida aceptarme tal cual. Y que por eso me llamo Elvira.

 

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