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ES HORA DE ANALIZAR EL TEMA DEL ABORTO SIN FALSOS PREJUICIOS

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FOTO ESPECIAL

SILOGISMOS

*  El tema ha encontrado una resonancia en el sector feminista de Hidalgo, que lucha por su aprobación para realizarlo de manera  legal

 

Por Antonio Ortigoza Vázquez

@ortigoza2010

Especial de Expediente Ultra

La moral cristiana –prevaleciente en Europa, nuestra América y países en otros continentes–  ha presidido durante milenios (en el caso de México, prácticamente 500 años) la moral del poder político y la moral social. Las más de las veces no han coincidido.

Y es que la experiencia histórica de la moral del poder político y la moral social consigna sin aberraciones ni desviaciones que incurren en confrontaciones sin desenlaces claros, por las pujas permanentes entre intereses creados por los apetitos políticos de unos cuantos..

La existencia misma de esos intereses creados depende del grado mayor o menor de dominación sobre estructuras sociales y culturas para ampliar, consolidar o incluso reproducir un poder. Ese poder se mantiene mediante el uso de nuevas corrientes ideológicas.

En lo civil,  esos símbolos suelen ser monumentos o estatuas,   banderas, himnos, emblemas,  colores –rojo o azul, principalmente, y no pocas veces también verde y blanco—. Suelen ser, igual,  militares o eclesiásticos, inferidos unos, subrogados otros.

En lo inferido y subrogado, esos símbolos tienen el mismo cordón umbilical: la dominación.  Las ciencias sociales –que incluirían  a la historia, la sociología y la antropología— buscan e identifican también el uso subrogado del temor y hasta del terror, situaciones que se registran en la influencia concentrada en un dominio, como las entidades de la religión organizada para fines de poder y dominación—en el andamiaje civil, el del Estado.

En México, tal es el caso. La superestructura –las instituciones que cohesionan a la sociedad y la cultura en torno a la base económica y asegura su reproducción–  se remonta  a la Conquista y la Colonia, cuyas expresiones son el idioma, la religión impuesta en los tiempos de la santa inquisición. Pronto se cumplirán los 500 años de la conquista española.

Ello conforma intereses. Algunos intereses creados son reconocibles; pero otros actúan en  las sombras de las apariencias del engaño y el temor –terror—  de punición  terrenal decretada por voluntades superiores cuya veracidad es avalada por leyes celestiales y cincela con percepciones de la realidad, como la práctica muy extendida del aborto.

Esa realidad se nos ofrece en las acciones orientadas a penalizar dicha práctica, cuyas causales no han sido estudiadas a fondo, cuya penalización ha enemistado y creado preocupación. Por el ciberespacio y la plaza pública se libra un debate intenso acerca de las acciones legislativas, como en el ámbito del Estado de Hidalgo, acerca de la penalización del aborto  orientada a influir en el ámbito nacional.

El debate es, a ratos, civilizado, con arreglo a los imperativos de las convenciones de la discusión y discrepancias fundamentadas según las premisas y los silogismos de cada posición.

El tema es enfocado principalmente  en lo filosófico, ideológico, político,  religioso, sociocultural e incluso electoral, pero ese tema ha encontrado una resonancia en el sector feminista de Hidalgo, que lucha por la aprobación del aborto legal. El promotor político de la penalización busca plusvalía y ganancias electorales.

Esa búsqueda, sin embargo, no responde al sentir general de un grueso –que se supone es mayoritario— de la población de Hidalgo, en particular la femenina. En Hidalgo, los abortos clandestinos causan muchas muertes en mujeres de habla materna, ese sector que ha vivido ancestralmente bajo un machismo arcaico en pleno siglo XXI.

Esa clandestinidad se acentuará si se penaliza la práctica, la cual, desde luego, no está regulada ni mucho menos vigilada por las instancias locales –gubernamentales– del Estado mexicano.  La penalización, no ofrece una estructura logística.

En el debate afloran, por un lado, religiones, prejuicios e intolerancias que abrevan en la ignorancia y las medias verdades y, desde luego, el torrencial  de la difusión manipulada de información pseudocientífica.

Por otro lado, brotan las manifestaciones antípodas a la penalización, sustentadas sobre una base de informaciones —a nuestro ver objetiva— tallada por la razón científica para discernir un fenómeno social: el aborto es un ineludible problema de salud pública.

Y por esa naturaleza —problema de salud pública— el asunto adquiere un atributo que los promotores de la penalización impositiva del aborto  desestiman invocando creencias enunciadas por la religión organizada para fines de poder y dominación. En Hidalgo, el Partido Acción Nacional, se pronunció “a favor de la vida”.

Y otra cosa es que esa fe individual, mística,  en un ser ultra poderoso —con vocablos en todas las lenguas— sea usada por un partido político, como el PAN, para representar en lo terrenal al ser supremo depositario de aquella fe y así intentar dominar con su ley celestial.

Por supuesto, siendo de hechura humana,  esas organizaciones eclesiásticas han logrado concentrar un enorme poder político. Ello se evidencia en la vida cotidiana en muchos países y notoriamente en México.  Esos entes son instrumentos de control social, pero hoy han perdido un alto grado de credibilidad moral, ante las acusaciones de cientos de actos de pederastia cometidos por los representantes de la iglesia.

Tal es el propósito real de la existencia de esas organizaciones —llamadas iglesias—que, en los hechos, si bien usan la fe religiosa de la gente para dominar y preservar ese dominio,  se aprovechan de las necesidades espirituales  que todos tenemos, esa necesidad es aprovechada también por muchos actores políticos.

Las iglesias, pues, y sus personajes —dotados de investiduras que solapan funciones y atributos con jerarquías simbólicas, como las de un Estado que, en el caso, es el Estado Vaticano—  actúan sobre el poder político local; influyen en éste, inspirando políticas y decisiones estratégicas.

Así lo hicieron y lo hacen  en muchos estados de la República Mexicana, laicos todos, según la estructura y el marco constitucional. Y así lo hacen en Hidalgo, cuyos personeros parecen agentes de un poder político terrenal que nada tiene de divino.