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La madre que escribe para confesarse

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Elvira Hernández Carballido

Hijo amado:

No puedo extrañarte porque pienso bien en ti y sé que estás bien. Debes estar concentrado en tu “compu” o tal vez jugarás con tus horribles videojuegos. Podrás estar leyendo tus maravillosos libros de Historia, escuchando tu loca música o simplemente riéndote con un programa absurdo de televisión. Refugiado en tu sagrado recinto, donde pocas veces entro porque lo sé fatalmente tuyo.

Como todo adolescente, aborreces que evoque en voz alta tu pasado glorioso. Te sabes de memoria esa clásica anécdota del día que decidimos tenerte con mucha alegría, miedo y convicción. Nunca has querido ver el vídeo que guarda para siempre el día que naciste, soy solidaria contigo porque también yo jamás podré verlo si lo viví en vivo y a todo color. Juras que ya olvidaste los días en que paseábamos por el parque y yo te odiaba porque te querías subir a todos los juegos, te detenías a ver todas las coladeras o contemplabas durante horas los chisguetes de agua que riega el pasto en Ciudad Universitaria.

Gracias a ti aprendí a ser mamá y me he burlado de mí misma todas esas veces que te he regañado, corregido o prevenido. He sentido compasión por mí misma cada vez que lloraba porque salías en algún bailable el día de la madre o te otorgaban un diploma por ser uno de los mejores alumnos. Siempre quise que tú decidieras si querías fiesta de cumpleaños o un viaje más a Acapulco. Espiaba muy discretamente la manera en que vas creciendo y aprendes a tomar tus decisiones, y te equivocas, y aciertas, y maduras, y aprendes, y te conviertes en todo un adorable “machín”. Sonríes comprensivo ante mi feminismo y sabes utilizar la palabra misógino o sexista cuando ves la televisión. Me dejas de hablar un instante si no coincides conmigo pero al rato te acercas para preguntarme si te quiero y todo se olvida.

No me gusta ser madre dominante ni abnegada, prefiero ser una madre prudente pero cercana, tierna y cómplice, terriblemente amorosa y humanamente humana. Con estas locuras de estar cantando todo el día en la casa y preguntarte si canto bello y tú jures que lo hago mejor que nadie. Con esta inspiración de estar pegado en la computadora escribe y escribe y te grite desde ahí si quieres cenar o esperamos a tu padre y me grites “cómo quieras, ma”. Te escribo mensajes por celular extensos y cursis para recibir tu clásica respuesta “seeeee”.

Mis malabares para llegar a casa justo a la hora de la comida y mientras pones la mesa yo guise inspirada y después platiquemos de los programas de televisión y me repitas textualmente las frases de una escena divertida de los Simpson, de Malcom Que me hagas enojar porque juras que tu ejemplo a seguir es Charlie el de “Dos Hombres y medio” o yo critique a Katy Noséqué porque ni canta y me digas que a ninguno de tus amigos y menos a ti les interesa eso.

Recuerdo la vez que te entrevistaron en mi programa de radio y me sorprendió  gratamente la forma en que analizaste a la mamá de Malcom. Compruebo que eres inteligente cuando me pides que te revise algún trabajo o te oriente con alguna lectura. Me gusta espiarte cuando vamos por ti y observar cómo haces reír a tus amigos o la manera en que las niñas te miran. Es conmovedor que los pequeños vecinos te busquen para jugar porque eres terriblemente paciente y solidario.

Me encanta cuando me preguntas por alguno de mis “novios” y que conozcas detalles de su personalidad para que celosamente les encuentres algún defecto. Que identifiques la personalidad de cada una de mis amigas y estés seguro de que son mis amigas. Que te solidarices con los gustos fílmicos de tu abuelo. Que seas cariñoso con tu abuela. Consientas a todos tus primos y un caballero con tus pequeñas primas.

Nunca se me ha ocurrido planear tu vida pero la imagino pintada con el color que más te gusta, al ritmo de tu música favorita, salpicada de tu excelente humor negro,  y escrita con puño y letra de un futuro historiador.

Siempre te reclamo que por tu culpa tengo el vientre partido, pero esta cicatriz que todos los días me recuerda tu existencia también es la garantía de ese mitificado pero absoluto amor materno que una mujer puede sentir por el hijo que le nazca.

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