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La Reina Victoria es destronada por su tataranieta, Isabel II, como la reina más longeva

*Del esplendor al ocaso; Los Secretos de Bukingham *Diana y la noche eterna: subsiste la sombra del crimen de estado

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LONDRES, 14 de septiembre de 2015 (agencia acento) La Reina Victoria, como Isabel II, emergen en la historia como dos monarcas que prueban al mundo, un secreto: que la entrega mental y física al limite el poder empujan a la longevidad, como la mejor medicina.

Y es que, del reinado de los trenes de vapor y Londres marcando la hora victoriana del planeta pasamos a la era del celular y al otoño del transporte sobre ruedas, desplazado por el colchón de aire con la Reina Victoria y su tataranieta, Isabel II que entra en su séptima década de reinado, como su ancestro, del siglo XIX.
La Reina Isabel II comparte ahora el récord de la mayor antigüedad en el trono británico con su tatarabuela, Victoria.
Isabel II entró a su séptima década en el trono, a sus 89 años de edad y tiene una agenda que necesitará completa el siglo de vida para cumplirla.
De alguna manera el reinado de Isabel II coincide con el predominio de la era de la televisión: esa mañana de 1953, 27 millones de británicos veían por primera vez en TV (a razón de nueve personas por pantalla), la coronación de una nueva reina en la abadía de Westminster.
El país no cabía de contento y orgullo estampado en los diarios de todo el mundo y hoy, sólo unas notas lo mencionan.
La victoriana fue el dominio de trenes de vapor y la expansión industrial, junto a la pulverización en la  geográfica del globo terráqueo.
Nadie ha gobernado en el mundo los 23 mil.234 días que ya dura la corona sobre Isabel II.
En México ha habido desde la asunción de Isabel II, once presidentes más el primer trienio del duodécimo.
Isabel II ha viajado más que ningún monarca de la historia. Ha visto su cara estampada en billetes de todos los continentes, salvo la Antártida.
Ayer su coronación fue la primera televisada; hoy ella es la primera reina de Inglaterra en enviar un mail y la primera monarca tuitera.
“No seré la soberana de una monarquía democrática”, le escribió la reina Victoria al primer ministro Gladstone. Su tataranieto, en cambio, ha sido lo opuesto, la monarca más democrática.
Recientemente a Isabel II la inquirió un escocés  al salir de la iglesia del Balmoral sobre la suerte de Escocia, que hace un año buscaba independizarse de su corona y ella confirmó –creen observadores-  su dimensión de demócrata de corazón. Le contestó que estaba segura de que los escoceses iban a pensárselo muy bien antes de tomar su decisión.
La monarca no podía ir más allá, pero tampoco menos. Era todo lo lejos que podía llegar. En lugar de decirles qué hacer, dio por hecho que los escoceses actuarían con responsabilidad. Dicen que luego en privado, según el relato del Premier, David Cameron a Michael Bloomberg, quien  se coló en los micrófonos, la reina “ronroneara” de gozo al otro lado del teléfono cuando el primer ministro le comunicó que los escoceses habían decidido quedarse.

De Isabel II se recuerda cuando  su vida  dio un giro histórico: su país tenía tres reyes:
Jorge V –en el lecho de su hora final-  pronunció dos últimas palabras aquél 20 de enero de 1936. “¡Maldita seas!”.

Se refería a la enfermera que le inyectó una dosis letal de morfina y cocaína para acortar su agonía.

Como reconocería su médico, hacía sido  así para lograr que esa su muerte fuera anunciada en la edición matutina de The Times y no en los “menos apropiados” diarios vespertinos.

Ese día su hijo Eduardo se debería coronar rey como Eduardo VIII.  Fue momentáneamente el Rey. Pero prefirió dejarlo todo, incluso el amor por la corona y abdicó el 11 de diciembre de ese mismo año, para poder casarse con la estadounidense dos veces divorciada Wallis Simpson.
El hermano de Eduardo, Alberto heredó entonces el trono —como Jorge VI -sin quererlo.
“Me derrumbé y lloré como un niño”, escribió en su diario (era el padre de la actual reina).
La familia se mudó de la calle Piccadilly al palacio de Buckingham y ella, la pequeña Lilibet, saltó de repente a la primera en la línea de sucesión al trono a los 10 años.

Estalló la guerra y con ella, el primer contacto de la entonces princesa con el deber que la habría de acompañar el resto de su vida. Representó a su padre en apariciones públicas e ingresó en el servicio auxiliar de mujeres. Allí aprendió una soltura al volante que, muchos años después, llevó al príncipe saudí Abdulá a implorarle que fuera más despacio y mirara a la carretera mientras la reina le enseñaba la finca de Balmoral a bordo de su Land Rover.

Durante la guerra, también, Isabel mantuvo correspondencia con un joven oficial de la marina, Felipe de Dinamarca y Grecia, con quien contraería el 20 de noviembre de 1947 un matrimonio que dura hasta hoy, y el que nacieron cuatro hijos: Carlos, Ana, Andrés y Eduardo.

El día en que terminó la contienda, Isabel II vivió lo que recuerda como uno de los días más memorables de su vida. Convenció a sus padres para que les dejaran, a ella y a su hermana Margarita, sumarse a las celebraciones del día de la victoria. Aquel día, mezclada entre sus futuros súbditos, experimentó lo que es formar parte de una multitud anónima por última vez en su vida.

El delicado juego entre la apertura a la gente y la distancia ha sido ha sido otro terreno que ha acabado dominando la reina Isabel II. En la década de los noventa comprendió que, en los nuevos tiempos, no era una verdad absoluta aquello que escribió Walter Bagehot en 1867 de que, para preservar una monarquía constitucional, “no se debe permitir que la luz del día entre en la magia”.
Diana y la noche eterna

La muerte de Diana, exesposa del príncipe de Gales, sumió al país en el duelo y dejó entrar la luz del día en la privacidad de la familia real en su noche eterna.
La sospecha de crimen de Estado jamás se ha borrado del todo, pero tampoco la versión de un simple accidente fatal.
La negativa inicial de la reina Isabel II a hacer una declaración pública de duelo la separó del pueblo. Pero rectificó y recuperó el favor de una ciudadanía que aún hoy, con tres generaciones de herederos directos vivos, mantiene.

Fueron muchas las aspiraciones puestas en la reina de la posguerra, coronada a los 26 años. Pero la realidad pronto proporcionó un baño de humildad al país cuando, en 1956, la guerra del Sinaí demostró que la antaño potencia imperial no era más que una subordinada del poder emergente de Estados Unidos. El declive del imperio, consumado con la entrega de Hong Kong en 1997, parecía ya inevitable.
Bajo el reinado de Isabel II, Reino Unido perdió un imperio y sigue buscando un papel. Pero no será ella, la reina sin época, la que se lo proporcione.

 

El Mundo de Isabel II

 

A sus 89 años, la soberana del Reino Unido tiene este año su agenda social más apretada que nunca, al viajar por todo el país para celebrar el 60 aniversario de ese reinado, el más longevo.
Para cumplir a la perfección con sus innumerables compromisos públicos, la reina necesita que su calzado sea siempre lo más cómodo posible, y cada vez que tiene que estrenar un par de zapatos nuevos obliga a uno de sus asistentes a darlo de sí hasta que le resulte confortable.

«Los zapatos tienen que estar siempre preparados para su ajetreado ritmo de

vida, así que tiene a alguien que los utiliza durante un tiempo para evitar que produzcan rozaduras o dolores en el pie. La reina nunca puede decir algo así como ‘Me duelen los pies, no puedo andar más’, así que ejerce su derecho a estar cómoda en los actos públicos», reveló Stewart Parvin, su modisto personal.

El diseñador de cámara de Isabel II es el responsable de algunos de los trucos de ese estilo más característicos, como el uso de horquillas para evitar que se le vuele el sombrero, pero reconoce que la presencia inmaculada que luce la reina se debe a uno de sus rasgos innatos: su capacidad para no sudar.

«Su ropa está siempre impecable porque no suda nada. Es una persona de temperatura fría, así que no tiene problemas de transpiración», añadió el diseñador al semanario Sunday Times.

No obstante, Parvin sí que admite cumplir con un papel esencial en la presencia pública de Isabel II, y asegura que todo el vestuario de la reina está planificado bajo el criterio de la funcionalidad.

Dos años más tarde contrajo matrimonio con el teniente Felipe de Mountbatten, príncipe de Grecia y Dinamarca y duque de Edimburgo. Fruto de esta unión nacieron Carlos, príncipe de Gales, en 1948, Ana, en 1950, Andrés, en 1960, y Eduardo, en 1964. Isabel fue consciente de su papel desde muy joven, y asumió con responsabilidad sus obligaciones de princesa heredera.

En 1952 Isabel II se hallaba en Kenia, entonces colonia británica convulsionada por las acciones terroristas de los mau mau, cuando recibió la noticia del óbito de su padre. El 2 de junio del año siguiente fue coronada en la antigua abadía de Westminster, en una fastuosa ceremonia a la que asistieron jefes de Estado y representantes de las casas reales europeas y que miles de personas pudieron seguir por primera vez a través de la televisión.

A pesar del reducido papel político al que se vio reducida la monarquía británica tras la Segunda Guerra Mundial, esencialmente simbólico, y los cambios que se produjeron en la relación con las antiguas colonias, la reina procuró preservar el carácter unificador de la Corona en el espacio político del antiguo imperio, convertido tras la descolonización en la Commonwealth. En este sentido, viajó por todo el mundo como no lo había hecho ningún otro monarca británico, para estrechar vínculos con súbditos de las más diversas razas, creencias y culturas. Incluso en Australia instauró la costumbre de los paseos más o menos espontáneos, para mezclarse y saludar sin protocolo a la gente de la calle.

En otro orden de cosas, en 1960 dispuso que los miembros de la familia real que no fuesen príncipes o altezas reales llevasen el apellido Mountbatten-Windsor. No obstante la popularidad y el respeto que le dispensan sus súbditos, Isabel II no ha podido evitar que los escándalos familiares denoten la existencia de cierto anquilosamiento en las estructuras de la monarquía. Los frustrados matrimonios de sus hijos Andrés con Sarah Ferguson, y Carlos, el heredero de la corona, con Diana Spencer, y las repercusiones que las desavenencias conyugales de sus hijos tuvieron en la opinión pública la han inducido a buscar nuevos caminos de acercamiento al pueblo.

En este sentido cabe interpretar decisiones tan dispares como la de pagar impuestos sobre sus bienes e ingresos, dar un tono popular y familiar a la celebración de sus bodas de oro matrimoniales o visitar a las víctimas de actos terroristas. Sobre todo a raíz de la muerte en accidente automovilístico (agosto de 1997) de la ex esposa de su primogénito, la princesa Diana de Gales, en quien el pueblo veía una víctima tanto del comportamiento adúltero del príncipe de Gales como de la insensibilidad de la familia real, Isabel II ha debido trabajar con toda intensidad a fin de no perder la identificación con el pueblo.
La lección de dos reinas longevas, con siete décadas en el cargo, parecen probar que ejercer el poder a plenitud –dos eras y dos estilos- son la mejor inyección  para vivir en longevidad. No hay mejor medicina que la acción.