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MÉXICO, TRUMP Y BIDEN

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WASHINGTON, DC.— “Por fin pude hacer mi mapa de predicción electoral”, tuiteó ayer a mediodía Donald Trump Jr., cuando la gran mayoría de las casillas en Estados Unidos había abierto sus puertas.

El hijo del presidente de Estados Unidos acompañó el mensaje de un mapa que pintó todo el mundo de rojo –el color del Partido Republicano–, salvo los estados de California y Nueva York, así como China, India, Liberia, Cuba y México, los cuales coloreó de azul, el color del Partido Demócrata.

Según su visión, hasta los esquimales de Groenlandia y los pingüinos de la Antártida votarían por su padre. Se entiende que piense eso de Groenlandia porque el presidente Trump quiso comprar esa isla y liberar a sus habitantes del yugo del reino de Dinamarca, pero ¿y los mexicanos?

Extraño que Donald Jr. haya pensado eso de los ciudadanos de un país cuyo Presidente se ha desvivido por no hacer enojar a su progenitor. Es verdad que en las encuestas que se realizan sobre las elecciones en EU, la mayoría de los mexicanos prefiere al Partido Demócrata –aunque, por lo general, nos haya ido mejor con presidentes republicanos–, pero así sucede con muchísimos países del mundo, como Francia y Reino Unido.

Al momento de escribir estas líneas, era prematuro predecir quién ocupará la Casa Blanca durante los próximos cuatro años. Si Donald Trump será el vigésimo segundo presidente en reelegirse o el undécimo en perder la reelección, como le ocurrió a George Bush padre en 1989, y si Joe Biden será el primer vicepresidente de extracción demócrata en llegar a la Presidencia por la vía de las urnas o el séptimo en fracasar, como lo hicieron Walter Mondale y Al Gore, entre otros.

Es indudable el interés que los mexicanos tenemos en las elecciones presidenciales del vecino país. Más aún en esta ocasión, por la relación tan cercana que han establecido Donald Trump y Andrés Manuel López Obrador.

Resulta extraño, insisto, el mapa del hijo de Trump. Es verdad que su padre lanzó su primera campaña presidencial sobre la base de una visión prejuiciosa de los migrantes mexicanos, pero, a partir de la llegada de López Obrador, parte de esa hostilidad desapareció. Claro, eso sucedió luego de que el mandatario mexicano atendió las exigencias de su homólogo estadunidense, como usar a la recién creada Guardia Nacional para impedir que los migrantes centroamericanos se acercaran a la frontera de EU y permitir que miles de los que sí lograron cruzarla fueran regresados a México para tramitar su solicitud de asilo político.

¿Podría López Obrador construir una relación tan buena con Biden como con Trump?

Como contexto, hay que decir que los dos hombres se conocieron el 5 de marzo de 2012, cuando Biden era el vicepresidente de Barack Obama y el tabasqueño competía por la Presidencia por segunda vez. En esa ocasión, Biden también se encontró, en el mismo formato, con Josefina Vázquez Mota y Enrique Peña Nieto, rivales de López Obrador.

Presente en la reunión, el hoy senador morenista Héctor Vasconcelos, le dijo ayer a mi compañera reportera Leticia Robles de la Rosa que el encuentro comenzó con un toque de tensión, pero que poco a poco fue tornándose muy cordial. Agregó que a Biden le interesó el tema del combate a la corrupción que planteaba López Obrador y que, a pesar de que el vicepresidente se limitó a escuchar, al final hizo una broma, por lo que, a su juicio, la reunión fue exitosa.

Esa vez, López Obrador entregó una carta a Biden, en la que apelaba a modificar la relación entre México y EU, que, en su opinión, estaba demasiado enfocada en la seguridad.

La carta tiene claves que resuenan ocho años y medio después. En ella, el hoy Presidente de México critica que los gobiernos de “los últimos 29 años” habían aplicado una política económica que “sólo ha beneficiado a una pequeña minoría” y habían logrado un crecimiento anual promedio del PIB de apenas 2.3% y la creación de únicamente 500 mil empleos anuales. Y que en la “guerra contra el narcotráfico han perdido la vida 60 mil mexicanos” en un lustro.

Si Biden relee hoy esa carta, llegará a la conclusión de que el país que le pintó López Obrador en 2012 hoy está –al menos en eso– considerablemente peor.

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