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Nuevas dirigencias y partidos se enfilan a la ruina política

Si las reformas no cuajan, quienes las aprobaron afrontarán los costos electorales en el 2018

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Foto: versiones.com.mx

PAÍS SIN ALAS

Por El Vocero de Chinameca

Especial para  Expediente Ultra

Su crisis interna, falta de credibilidad y desprestigio ante la ciudadanía, son elementos que tienen a los partidos políticos a las puertas de una franca descomposición ideológica y ruina política. Su gastada retórica guarda una dimensión abismal con el proceder de sus dirigentes, trátese de las siglas que se quiera citar.

Paradójico que un Ricardo Anaya, el joven y nuevo dirigente de Acción Nacional y que en apariencia representa un sentido renovador para un partido anulado por el descrédito, haya utilizado en reiteras ocasiones   la palabra “corrupción” durante su campaña proselitista y en el debate que sostuviera con su oponente, Javier Corral, para tratar de darse falsos baños de pureza.

Su ascenso a los niveles de la perfección está cuestionado y manchada de origen por lo difundido en los medios, pues de acuerdo a informaciones reveladas, Anaya ofreció  inmunidad al gobernador de Sonora y miembro de su partido, Guillermo Padrés, a cambio de apoyos económicos a su campaña. El candidato, y hoy nuevo líder, daba  por un hecho que al sonorense le va a ir muy mal una vez que concluya su periodo por los negocios ilícitos cometidos en su beneficio. Es decir, se ofreció a ayudar a un pillo a cambio de dinero.

¿No es esto un caso de indudable corrupción? ¿De esta podrida madera están hechos los jóvenes panistas que buscan sacar adelante a su anquilosado partido? ¿Para qué enfundarse en una supuesta bandera de anticorrupción si Anaya terminó cayendo dentro del círculo vicioso de las oscuras componendas?

Acción Nacional tuvo en sus manos cristalizar las expectativas de todo el país, gestadas en la transición democrática del 2000, pero nada hizo por aplicar un verdadero cambio de fondo que rescatara  la aplicación del estado de Derecho y sacara adelante a la  economía nacional. Tanto con Fox como con Calderón, la ineficiencia política y administrativa fueron de la mano con la corrupción, para copiar, y hasta magnificar,  los casos de enriquecimiento inexplicable que tanto criticaron del PRI.

Ahora,  pretenden vender en la persona de Anaya, como nuevo líder, un arquetipo político que cambiará paradigmas en la vida interna de Acción Nacional cuando es, en esencia, producto mismo de los viejos vicios, bajo el padrinazgo del aún líder, Gustavo Madero y de ambiciosos personajes, diestros en la brutal represión social como el gobernador de Puebla, Rafael Moreno Valle.

¿Con estas cartas marcada va Anaya en pos del rescate panista? De risa oírlo hablar de su combate a la corrupción y de carcajada abierta, escuchar sus compromisos con la gente apabullada cuando es y será de los que le ayuden a blandir el garrote al represor Gober Bala.

En las actuales circunstancias de transición al interior de los tres principales partidos todos sus dirigentes   dicen ir en pos de una renovación para solucionar las demandas y carencias del pueblo de México, dando un cauce salvador a  la atorada economía que va en una irrefrenable cuesta abajo, pretendiendo que basta con el cambio de personajes para tal fin, pero dejando intacto al modelo económico, causa y origen de todos los problemas sociales.

De indistinta manera, pero  en conjunto, los partidos políticos aprobaron el pasado año las llamadas reformas estructurales que a estas alturas debían tener enfilado al país por la ruta del progreso y el bienestar social mediante la generación de miles de empleos de calidad.

En bloque, a excepción de uno o dos, desoyeron los reclamos de una sociedad que exigía participar en la toma de decisiones que por su trascendencia debían ser analizadas y consensadas de forma acuciosa por especialistas y representantes de los diversos sectores involucrados. Pero no fue así y el estancamiento económico es responsabilidad de todos quienes  en el Congreso, y a la ligera,  alzaron la mano por la afirmativa.

Una inexistente y convenciera izquierda representada de forma mayoritaria por el PRD y la legión de Chuchos “tostoneros”, dio repetidas muestras en la pasada década, de priorizar las ganancias personales de sus dirigentes a la defensa de sus principios ideológicos. Al igual que los panistas, terminaron cediendo a la riqueza fácil, a la venta de espacios políticos, olvidando sus raíces y aceptando pactos anti natura. Los casos de corrupción amarilla entraron a competir con el resto de las siglas políticas y en el irrefrenable afán por acceder a cuotas de poder, no dudaron en aceptar alianzas con el propio PAN, como sucedió en el 2010 en que la grotesca simbiosis arrebató al PRI los gobiernos de Sinaloa, Oaxaca y Puebla.

Este amasiato de conveniencias  no representó, a cinco años de distancia, beneficio alguno al electorado y a la militancia de ninguno de los partidos coaligados; el botín político fue repartido entre las cúpulas políticas dejando incluso fuera del reparto de canonjías a infinidad de líderes menores que se quedaron esperando los cargos públicos prometidos. Ahora en que lo urgente es dar marcha atrás a las abominaciones legislativas aprobadas, de nuevo se enfila en su lista de prioridades el poner en la mesas de sus negociaciones nuevas alianzas con miras a la renovación de doce gubernaturas, el próximo año. Como los topos, se niegan a ver la luz cavando a las profundidades.

Empero, el asunto es ver si el cascarón en que amenaza convertirse el PRD servirá de útil moneda de cambio para desbancar al PRI como ocurrió hace un lustro; con miras a su próximo Congreso Nacional de septiembre, está por comprobarse si Carlos Navarrete se ausenta de manera definitiva de un partido al que encontró en franca agonía y ahora le enciende cuatro cirios rumbo al camposanto político.

Al interior del Sol Azteca nadie se traga la faramalla de que Los Chuchos cederán los bártulos a una nueva generación de políticos que saquen del fango a su quebrado instituto. La sola mención de nombres como Julio César Moreno, actual líder parlamentario del PRD, para encabezar una nueva dirigencia, es el anuncio de peores debacles y desprestigios. Es como si Alí Babá dejara cuidando su cueva a Bonnie y Clyde, o al mismísimo Salinas de Gortari.

Inobjetable, en este contexto, la subyugación que la fiebre del poder ejerce sobre una buena parte de la clase política, trátese del partido que se trate. Ahí están del lado priísta el ahora flamante líder del PRI, Manlio Fabio Beltrones Rivera, que al arribar a la dirigencia nacional de su partido, lleva implícito el claro objetivo de utilizar el alto cargo partidista como un valioso peldaño a sus aspiraciones presidenciales del 2018.

Ex senador, ex diputado, ex gobernador y funcionario de primer orden, a Beltrones Rivera sólo le falta un puesto en su larga carrera política: el de Presidente de la República. Y va por él aunque trate de negar que tras su acendrada institucionalidad hay tal obsesión. Muy humana y justificada, podríamos decir.

El asunto es que al igual que en el PRD y en el PAN, en el PRI se insiste en renovar una alianza con sus sectores y con la sociedad cuando en sus fundamentos doctrinarios hace un buen tiempo dejaron de figurar tesis como la del nacionalismo revolucionario y la justicia social, otrora sustento de su plataforma ideológica. Como candidato y ahora como presidente electo de su partido,  Manlio ha sostenido  que las reformas estructurales aprobadas por su partido, con connivencia del PAN, PRD y las comparsas del PANAL y el Verde Ecologista, serán la llave mágica que lleve a buen puerto a 55,3 millones de mexicanos en pobreza, cayendo en el mismo error que sus opositores: apostarle a un conjunto de reformas que ni remotamente sacaran al país de la debacle económica.

Del PRI de centro izquierda ya no queda ni el recuerdo porque aunque sus líderes insistan en negar que con la aprobación de Reformas como la Energética no se perdió soberanía, la venta de garaje de nuestros recursos energéticos iniciada con la Ronda Uno, muestra que ni ofertando a precio de ganga nuestro petróleo, podremos obtener los abundantes recursos que fomenten la creación de miles de empleos bien pagados.

De hecho, la propia Comisión de Hidrocarburos ya señaló que habrán de flexibilizarse los requisitos para entregar el patrimonio de la nación en bandeja de plata a los inversionistas, sobre todo extranjeros. El panorama es gris, pero sobre todo incierto porque el peso sigue a la baja frente al dólar –rebasó ya la paridad de los 17 por uno–, los precios del crudo van en caída y las importaciones a tipo dólar amenazan con desbordar la inflación en productos de primera necesidad.

El PRI del siglo XXI no es ni remotamente algo de lo que fue el PRI del siglo pasado cuando bajo las siglas del Partido de la Revolución Mexicana (PRM), logró en el gobierno del General Cárdenas sentar las bases de un proyecto de nación a través de la alianza social con las clases campesina y trabajadora. Tal fortaleza permitió consumar la expropiación petrolera y dar paso a centrales poderosas como la CTM y la CNC, ahora convertidas en disminuidos apéndices de un partido que no ofrece un modelo económico en favor de los que menos tienen.

¿Qué hará el PRI en un par de años si las reformas no cuajan y los precios internacionales del petróleo siguen a la baja, colocando de hinojos al peso frente al dólar? ¿Cómo explicarán sus dirigentes  a millones de mexicanos sumidos en la pobreza y el desempleo que cometieron un monumental error histórico con sus reformas estructurales? ¿Con qué armas de negociación internacional dejarán sus dirigentes a las futuras generaciones si la subasta de las riquezas nacionales parece irreversible?

Montado en la aprobación que la LXII Legislatura hizo a las reformas enviadas por el Presidente Peña Nieto, Manlio Fabio va feliz y seguro de que serán la fuerza que lo catapulte en sus aspiraciones del 2018. Pero el gozo se puede ir al pozo, sí como apuntan diversos analistas, no resultan la panacea esperada y terminan convirtiéndose en pesados lastres que difícilmente podrán aventarse por la borda.

Desde el gobierno de Carlos Salinas en que México ingresó al Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), el desmantelamiento de la plata productiva y de diversas ramas del agro mexicano han ido en aumento; más de diez millones de mexicanos—la décima parte de nuestra población–, ha huido a los Estados Unidos para no morir de hambre en el país; ya no somos autosuficientes en alimentos y millones de trabajadores, de acuerdo a la OCDE, perciben uno de los salarios más bajos del mundo.

Y ojo: si las reformas no avanzan, la ruina de los partidos que las alentaron será inevitable, sobre todo porque sin rumbo ni fundamento ideológicos, se han convertido en un negocio de unos cuantos que ya no representa los intereses de las mayorías. El 2018 está cerca y no se ve por dónde las siglas partidistas operen un auténtico golpe de timón. Su ruta apunta a un estrepitoso fracaso.

 

 

 

 

 

 

 

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