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PERIODISMO EN MÉXICO, TAN LEJOS DEL RECONOCIMIENTO Y TAN CERCA DE LA VIOLENCIA.

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*La amenaza más grave, la más triste y, por supuesto, lo más visible. Está representada en cada amenaza, en cada agresión y en cada asesinato.

Por la Doctora Elvira Hernández Carballido

Cuando imparto clases de periodismo, de inmediato comparto esa reflexión de Elena Poniatowska que habla de esa emoción, de ese enamoramiento por seguir la noticia, esa ansiedad en la yema de los dedos para empezar a teclear la noticia y publicarla con oportunidad.

En 2017 fui presidenta del Premio Nacional de Periodismo y nada como esa emoción de estrechar la mano de cada ganador, palpar el compromiso en su mirada, la certeza de que practican el mejor oficio del mundo, la pasión por no dejar de informar. Un “apapacho” periodístico para mostrarles nuestra admiración, para demostrarles que los necesitamos, que no dejen de publicar ni un reportaje, de dar voz a tantas voces, de seguir denunciando.

Sin embargo, también reconozco ese dato que advierte la bajo en el número de estudiantes en las carreras de periodismo o en las especialidades. La voz de un alumno diciéndome que tiene miedo de ser periodista. El comentario de ese joven periodista de Sinaloa, sin molestar ni ofender, cuando me dijo yo no quiero premios, quiero que ya no nos estén matando. Mi puño en alto cuando debemos hacerle homenaje a un colega asesinado. Mi indignación cuando repito ni uno más, pero sé que esa violencia no parará. 

Por eso, cuando se habla de un día especial para celebrarlos, celebrarnos, oscila en mí la certeza de que hacemos un gran trabajo pero que pocas veces es reconocido y muchas veces es silenciado con amenazas y balas. Evoco a quienes ya la historia les dio su merecido lugar, desde Filomeno Mata y Dolores Jiménez, Rosario Castellanos y Julio Scherer, Miguel Ángel Granados Chapa y Carmen Aristegui. Sigo el ejemplo de quienes ahora están escribiendo en sus periódicos o en sus espacios virtuales, miro a mis grupos y no sé cómo contagiarles esta pasión que me inspiró a estudiar periodismo.

Y quiero celebrar, evoco a los triunfadores del año pasado del Premio Nacional de Periodismo o la sonrisa de Sara Lovera cuando me presume que su instinto periodístico está más vivo que nunca. La emoción de ver a mis estudiantes convertidos ya en reporteros y entrevistan y opinan y se arriesgan, pero al mimo tiempo me llega la nota de un asesinado más, de un colega amenazado, censuras y silencios forzados. La violencia siempre latente, el reconocimiento solamente aguardando. Quizá hoy, mi forma de evocar que es día del periodista, es no dejar de insistir que necesitamos más la protección y el respeto, porque junto con ellos va el reconocimiento y la vida. Que la violencia deje de ser una palabra que insiste en es aparecer cuando escribo periodismo.

Celia del Palacio Montiel, ella se ha especializado en estudiar la violencia hacia periodistas y la ha señalado como directa, estructural y simbólica. Las caracteriza de la siguiente manera:

DIRECTA. La más grave, la más triste y, por supuesto, lo más visible. Está representada en cada amenaza, en cada agresión y en cada asesinato.

ESTRUCUTRAL. Se refiere a la que sufren los periodistas dentro de sus propias organizaciones. Un tipo de violencia que viene de mucho más atrás. Está representada en los bajos salarios, la explotación en sus horarios, el número de fuentes que cubren y el número de notas que deben entregar en un solo día. Muchas veces trabajan sin contrato, sin ninguna prestación, vulnerables a ser despedidos cuando el jefe lo crea necesario y no reciben ningún tipo de compensación. La forma en que los dueños de esos medios están coludidos con gente poderosa y por eso no siempre reaccionan para defender a sus reporteros amenazados.

SÍMBÓLICA. Es la forma en que se representa su propia imagen en los escenarios sociales. Cuando son asesinados se exhibe su vida personal, se manejan hipótesis de haber estado relacionados con el crimen organizado, de estar coludidos con la gente en el poder. Este tipo de descalificaciones pueden llegar a justificar el contexto violento en el que ellos viven, pero sobre todo a que la sociedad vea a distancia o con indiferencia esta problemática. Celia del Palacio advierte:

Si algo le pasó a un periodista, el público no se mete, no se involucra y dice que seguramente se lo merecía, como en muchas víctimas que se ha manejado de esta manera con violencia simbólica en contra de las víctimas: revictimizar a las víctimas diciendo que de algún modo se merecían lo que les pasó… Simplemente se dice “se lo buscó por andar ahí de ‘chayotero’ y de chismoso, seguramente se lo merecía”. No hay conciencia de que, si matas a un periodista, estás matando todas las voces que hablan a través de las notas periodísticas y que están hablando por nosotros. Cuando muere un periodista estamos perdiendo una versión de la realidad. Pero a la sociedad esto no le importa.

La misma Celia del Palacio coordinó el libro “Violencia y Periodismo Regional en México” (2015), para trazar una geografía dolorosa, de denuncia y muy descriptiva de este oficio en estos tiempos violentos. Su artículo “En Veracruz se aprende a vivir con miedo. Violencia y medios en Veracruz 2010-2014” representa un significativo recuento de los daños. Esa región es la más peligrosa para ejercer el periodismo. Señala que, entre diciembre de 2010 y octubre de 2015, quince periodistas han perdido la vida en esta entidad, doce medios de comunicación han sufrido ataques, que han ocurrido por lo menos cincuenta agresiones documentadas que han afectado alrededor de sesenta, y que aproximadamente 24 periodistas han tenido que exiliarse por temor a represalias.

Una constante en los textos que conforman esta obra coordinada por Del Palacio, es el señalamiento de la manera en que se mantuvieron las tendencias en la construcción simbólica de la violencia en los medios informativos locales. Las regiones analizadas fueron Aguascalientes, Ciudad Juárez, Chiapas, Coahuila, Guadalajara, Nuevo León. Sinaloa y otras ciudades fronterizas. “Violencia y Periodismo Regional en México” representa una referencia obligada para contextualizar y comprender esta geografía teñida de rojo, donde cada estado enfrenta momentos de violencia constante. No hay pesimismo, pero sí un análisis puntual de las condiciones en que el periodismo de nuestro país se ejerce en este siglo XXI. No hay héroes o elogios, se reconoce el trabajo del periodista, pero también se advierte los nexos de poder que muchas veces pueden marcar sus muertes, aunque se destaca mucho más que es el compromiso con la denuncia social lo que amenaza al gremio. El planteamiento de Mireya Márquez en la introducción reitera la importancia sobre las condiciones del periodismo mexicano de hoy:

El impacto de la violencia criminal en diversas regiones de México en el ejercicio del periodismo se ha incrementado en las últimas décadas. La cultura de impunidad que prevalece en la comisión de delitos ha implicado que los crímenes contra periodistas rara vez se investigan y, menos aún, se resuelven. Por tanto, tiende a aumentar la vulnerabilidad y riesgo de los periodistas de sufrir hostigamiento, amenazas, ataques y asesinatos. Los diversos casos regionales que se muestran en este libro exponen el precario estado de libertad de expresión que se vive en varias regiones del país y la adopción cada vez más frecuente de la censura o la autocensura como mecanismo implementado por ejecutivos y editores mediante las políticas editoriales del medio o bien como medida adoptada por los propios periodistas. De la misma forma, además de la violencia criminal, en aquellas regiones en donde los mandos medios y altos de las empresas periodísticas, o incluso los propios periodistas, han formado relaciones de connivencia con los poderes políticos, ya sea establecidos o fácticos, hay un espectro más limitado de posibilidades de autonomía profesional para el ejercicio crítico de un periodismo de investigación.

Por su parte, la periodista Sara Lovera, luego de un minucioso análisis que realizó a las recomendaciones realizadas por la Comisión Nacional de Derechos Humanos durante el periodo 2001-2017 en torno a las agresiones a periodistas, hace señalamientos que deben ser el punto de partida de este trabajo:

La Recomendación general número 24, de fecha 8 febrero de 2016, tuvo un cambio de enfoque. Allí se hacen apuntes sobre el marco jurídico internacional, se acude a los fundamentos de las previsiones internacionales, se recoge la estadística de más de 15 años y, por primera vez, se hace mención a casos específicos. Las cifras son contundentes: 109 asesinatos; mil 49 expedientes de quejas e investigaciones; se dice que hay tres agresiones por día; 20 desapariciones de periodistas en ese mismo periodo. Se explican las agresiones a mujeres periodistas que empezaron a ser visibles a partir de 2010 y se reconocen como casos preocupantes. La CIDH ha manifestado su preocupación ante la situación de las mujeres periodistas y los riesgos diferenciados que enfrentan por el ejercicio de la profesión en las Américas, de manera particular ha sostenido “la poca atención dada hasta ahora al fenómeno y los obstáculos evidenciados para su denuncia y comprensión”. Podría añadirse a esta omisión de la CNDH al no diferenciar agravios, casos y asesinatos por sexo, siendo guardiana de los derechos de las mujeres y de la transversalidad de género, que no se preocupa por usar un lenguaje inclusivo en su discurso.

En ese mismo texto, Lovera hace referencia a Artículo 19 y considera que esta organización civil ha hecho un mejor esfuerzo por mejorar su percepción hacia las agresiones que sufren las mujeres en el periodismo. Así, reporta que dicha organización en su recuento del periodo 2009- 2015 registró un total de 356 agresiones contra mujeres periodistas en México, siete fueron asesinadas y tres permanecen en la calidad de desaparecidas. De acuerdo a los datos de este reporte, 2015 fue el año más violento con 84 agresiones. Hubo más agresiones en Ciudad de México con 76; Veracruz con 52 y Oaxaca con 27. Los principales actores fueron funcionarios. La forma de agredir a las mujeres, según el estudio que ella cita, fue a través de las amenazas (174) y las intimidaciones (82).

En el recorrido que hizo Sara Lovera, indicó un aspecto constante pero poco advertido en este tipo de estudios, la falta de registro desagregados según el sexo, lo que impide advertir si hay diferencia o desigualdad en el seguimiento de los casos por cuestiones de género. Así, ella señala:

En relación con las mujeres periodistas violentadas, desaparecidas o asesinadas a consecuencia de su trabajo profesional, habría que aclarar de qué hablamos y por qué las diferenciamos. Las mujeres en el mundo patriarcal viven lo que conocemos como la subordinación y discriminación de género; somos víctimas de una cultura patriarcal o machista que está presente en todos los ámbitos, espacios públicos y privados; es verdad que las mujeres estamos excluidas, discriminadas y violentadas. Esto dificulta la aspiración de la igualdad y la democracia, limita el ejercicio de los derechos humanos. Sabemos que las mujeres constituimos la mayor parte de la población oprimida en todo el mundo. En cualquier espacio donde las mujeres se desarrollan, su actuación está necesariamente vinculada a su condición de mujeres. No podría ser de otra manera en el mundo de la prensa y la comunicación. De ahí que señalemos que la libertad de expresión no tiene sexo, aunque los agravios sean diferenciados o así se identifican. La condición de mujeres lleva a suponer que a ellas les duelen más sus hijos que a los hombres; se parte de la idea de que mancillar el cuerpo femenino con una violación puede ser más atroz que aplicar choques eléctricos en los testículos de los hombres. También se parte de la idea errónea de que las mujeres son más débiles y vulnerables que los hombres. Los ataques a periodistas han sido documentados por la CNDH, por Amnistía Internacional o por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Allí se reportan ataques directos a los inmuebles de empresas de los medios donde son mujeres las directivas o dueñas. Otra forma de “censura” o presión es promover juicios administrativos a esas empresas. No importa si quien preside o dirige sea hombre o mujer. Pero, ¿por qué permanecieron ocultas solamente ellas en muchas recomendaciones de la CNDH?

Qué triste, nuestro periodismo tan lejos del reconocimiento y tan cerca, todavía, de la violencia.

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