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UNA MURALLA ALREDEDOR DE LA CASA BLANCA

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WASHINGTON, DC - NOVEMBER 02: The south side of the White House is seen behind layers of fencing less than 24 hours before Election Day November 02, 2020 in Washington, DC. Extra layers of fencing have been in place for several months around the White House after the violence that followed George Floyd's murder by police in Minneapolis earlier this year. Chip Somodevilla/Getty Images/AFP

WASHINGTON, DC.- Menos de la mitad de los votantes estadunidenses (46%) cree que el triunfo del candidato presidencial que no es el suyo merece el respeto y apoyo de todos los ciudadanos del país, y casi una tercera parte de ellos (32%) atribuye a la corrupción la eventual derrota de su propio candidato (encuesta de USAToday, 2/IX/2020).

Gane quien gane los comicios de hoy, Estados Unidos dará un paso más en el camino de una división social que ha venido fermentándose desde hace un cuarto de siglo. Un país en el que la mayoría de los electores de 44 de los 50 estados casi siempre vota en el mismo sentido, lo cual deja que sólo seis tengan la llave para definir la elección.

Una polarización que ha impactado al periodismo. Basta ver las cadenas CNN y Fox News durante cinco minutos para entender que la información sin adjetivos está herida de muerte.

La desaparición de los votantes indecisos en la campaña que llega este martes a su fin es la muestra de que los argumentos ya no importan. Los ciudadanos se han alineado detrás de una visión de país que nada tiene que ver con la otra.

Incluso es difícil encontrar politólogos que expliquen desapasionadamente por qué pudo llegar Donald Trump a la presidencia del país más poderoso del mundo, una figura de la farándula y los negocios sin experiencia política.

Y tan no hay voluntad de entender qué pasó con la clase gobernante y cambiarlo, que el Partido Demócrata presentó a Joe Biden, uno de los peores candidatos que pudo encontrar, cuyo triunfo sólo se explicaría por los tropiezos de su rival.

Estados Unidos emergerá de esta elección, no sólo como un país en el que una tercera parte de sus habitantes desconfía de la mitad de sus compatriotas y no acepta las reglas básicas de la democracia, también lo hará muy debilitado ante el mundo, donde China, la potencia emergente, no pierde el tiempo peleando sobre la legitimidad del voto.

¿Quién dará la cara por los valores sobre los que se construyeron las sociedades occidentales, como los derechos humanos? Estados Unidos ya no tiene la autoridad moral para alegar que los representa ni tendrá la fuerza para pelear por ellos.

Si gana Trump, esa será la menor de sus preocupaciones; si lo hace Biden, será el presidente estadunidense más débil en muchas generaciones, al que Pekín no dudará en retar a la primera oportunidad, como parecen predecir los continuos vuelos militares chinos sobre el estrecho de Taiwán que han ocurrido en el último mes.

La política de la polarización puede ser redituable electoralmente en el corto plazo. Pero renunciar a la promoción de una visión compartida de nación lleva, en última instancia, a un malestar interior y a una devaluación hacia fuera.

Qué emblemático signo del deterioro al que ha llegado Estados Unidos es la muralla que se erigía anoche en torno de la Casa Blanca, en previsión de la violencia que podría ocurrir la noche de la elección, algo nunca visto en la historia moderna de este país.

La Casa Blanca es el lugar más seguro de Estados Unidos. El que el Servicio Secreto haya tomado una medida de este tipo envía una señal muy preocupante, lo mismo que la decisión de miles de negocios en muchas ciudades del país, incluida esta capital, para tapiar ventanas y accesos.

Al momento de escribir estas líneas, la retórica iba en una espiral ascendente. La mayor muestra de fortaleza de una democracia es que la elección de su máxima autoridad sea rutinaria y no una cuestión de vida o muerte, como es la cita de hoy con las urnas que tienen millones de estadunidenses.

El sistema electoral de este país se construyó sobre la confianza y la buena fe. Estados Unidos no tiene un equivalente a nuestro INE ni padrón nacional ni credencial para votar. La desaparición de las reglas para sufragar de manera anticipada, en medio de la pandemia, llevó a una participación inusitada (casi 100 millones ya ejercieron su voto) pero pocos se preocuparon por definir cuándo y cómo se contarán esas boletas, creando un embudo que ahora se aprovecha para desconocer el proceso.

En estas horas, EU es víctima de la incertidumbre, no sólo sobre el resultado electoral, sino también sobre el futuro. No hay otra forma de verlo, sino como una herida autoinfligida.

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