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Vanesa Robles y su arte de “tatuar” la crónica en el alma

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Vanesa Robles y sus tatuajes de vida

 

Leer un trabajo de esta reportera, significa escavar el alma de la cotidianidad y la oportunidad de observar suspiros de dignidad y murmullos de emociones; ganadora de varias distinciones padece, sin embargo, los problemas de sobrevivir como periodista independiente, siendo a la vez madre y catedrática

 

Por ELVIRA HERNÁNDEZ CARBALLIDO / Fotos ESPECIALES

 

Sus palabras siempre conmueven, dibujan detalles y te aproximan a escenarios que gracias a ella conocer, te acerca hasta los latidos de cada persona que aparece en sus relatos, te dibuja sensaciones, te denuncia la injustica y palpas todo junto a ella, lo duro y lo cruel de la vida, la esperanza y la inocencia, el ser humano en toda su fragilidad.

Leer una crónica de Vanesa Robles significa escavar el alma de la cotidianidad, representa la oportunidad de observar suspiros de dignidad y murmullos de emociones. Por eso ha sido tan reconocida. En 2000 el premio “Fernando Benítez” de periodismo cultural. En 2001 y 2008, obtuvo los premios Jalisco de Periodismo. El de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, 2002, categoría radio.

Sus fotografías la delatan por igual. Esa mirada suave y solidaria que se integra a los pasillos de una escuela o de una galería. Asomada en un tren como buena soldadera del periodismo. El tatuaje de aves en pleno vuelo. Los ojos cafés que delatan su amor por la vida.

Se ve mucho más jovencita de lo que es, el arete que atrapa el ala de un colibrí o de una paloma con todo y sus caseríos. Sencilla y original, la humildad en el tono de su voz. Sugiere que la entrevista sea en un rincón del boscoso cautiverio del Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Occidente (ITESO) donde estudió la licenciatura y ahora hace la maestría además de dar clases. La suavidad de su voz se une a la de los pájaros que se asilan en el gran árbol que se convierte en testigo de nuestra plática.

Ella es una de las periodistas que entrevisté durante mi estancia en Guadalajara para identificar la situación de las mujeres que se dedican al periodismo en la capital de Jalisco.

CUANDO EL ORIGEN TE MARCA

Yo viví en un barrio que en ese tiempo, los años 70, era de gente migrante. Yo nací en 1973, en Guadalajara, en las orillas de Tlaquepaque. Mis papás son de extracción humilde, campesina. Los dos son profesores normalistas. Mi mamá no nos dejaba acercarnos a las casitas de los demás, ni andar en el patio y menos ir solitas al baño. Nos decía que todo estaba sucio y podía haber piojos o chinches. Yo creo que sospechaba el peligro de algún abuso sexual, era su forma de protegernos, tenernos cerca de ella. No acercarnos a los demás cuartitos, saludar pero nada más a los vecinos. Quizá por eso yo siempre me empezaba a imaginar cómo era el interior de esa moradas tan pobres, me preguntaba cómo vivían mis vecinos. Entonces desde muy pequeña me puse a escribir, yo decía que eran cuentos, pero no, eran historias que yo veía de ese barrio, de esa gente que imaginaba yo su vida. Aunque también recuperaba a mi familia, nuestra vida cotidiana, nuestras historias.

Pero cuando crecí y tenía que decidir a qué dedicarme, qué estudiar, no creas que de inmediato dije periodismo. No. Te digo que la gente de mi barrió me marcó y quise estudiar Derecho para defender a la gente, para protegerlas de la injusticia. Pero en esa carrera conocí el otro extremo social, gente que estaba ahí porque era hijo de alguien importante y ya tenían resuelta la vida y no tenían compromiso. Y sí, me desilusioné mucho.

Un año después, quise regresar a la escuela, pero estudiar algo diferente. Pero mis papás no tenían dinero para poder mandarme a la escuela. Empecé a buscar becas pero también me puse a trabajar. Y el destino te marca. Encontré trabajo como redactora, muy chafa por cierto, en Radio Universidad de Guadalajara. Después, otra vez el destino de mi lado. Una profesora que había tenido en la prepa de la Universidad de Guadalajara, estaba participando en los talleres de periodismo para quienes se iban a integrar a un nuevo proyecto periodístico en nuestro estado, el periódico “Siglo 21”. Ella se acordó de mí y me llamó. Empezaba la década de los noventa. Luego me llevó una periodista, Rosa Esther Juárez, a redactar para la sección de cultura. Después pasé a la sección local que se llamaba Guadalajara. Aproveché entonces para volver a la escuela y estudiar ahora sí periodismo.

REPORTERA QUE HACE CRÓNICAS

Ser ya reportera para mí significaba, yo creo que sin ser falsa, tener la gran oportunidad de mostrar el mundo que yo veía a los lectores, ese mundo que me marcó desde pequeña, lleno de injusticias, de desigualdad social, torcido para la gente pobre pero buena.

Y sin querer, nunca me di cuenta, en lugar de exponer el suceso noticioso yo lo narraba. Aprendí en la escuela los géneros periodísticos, me enseñaron a distinguir las características de la crónica y la nota informativa, pero nunca me propuse practicar alguno de esos tipos de textos o mientras estudiaba, jamás identifiqué mi estilo o en qué género periodístico me acomodaba, Claro que absorbí toda la teoría de cada clase pero no lo aplicaba en mi práctica. Al escribir solamente sentía lo que debía escribir: denunciar.

Y yo comencé a reportear, a buscar la noticia, y llegaba a la redacción con mis notas y me ponía a escribir, nada más. Me di cuenta, cuando alguien me dijo, “tú no publicas notas informativas, tú estás haciendo crónicas”. Fue hasta ese momento que tuve conocimiento de lo que estaba haciendo, de mi lealtad con la crónica, de mi facilidad tan natural para escribirla.

Tal vez se me facilitaba relatar porque me gusta fijarme en cosas que, digamos, algunos compañeros no se fijaban. Por ejemplo, si me mandaban a cubrir una gira de algún político, me parecía chocante, y lo sigue siendo, solamente fijarme en ellos, en los funcionarios. Los mismos que iban a colonias pobres, vestidos con trajes “Armani”, que se tomaban rápido la foto con la señora humilde, que tenían a su gente que llegaba antes que ellos para acomodar a los asistentes y a veces para regañarlos: “señor que se siente”, “no puede acercarse al licenciado”, “luego le damos su lunch, aguante otro rato”. Ellos llegaban a lugares donde la gente, como se dice en el barrio, de mejores zapatos tenía unas chanclas, de esas que se usan para bañarse, y por mejor bolsa la del Aurrera de plástico con sus cositas.

Y los reporteros iban a reportear los discursos, tomaban nota de las cifras y la foto del saludo. Yo no podía hacer eso, yo siempre miraba hacia el otro lado, no donde estaba el escenario de tarimas y flores. Volteaba a ver a la gente, sus rostros, su ropa, su mirada, su puño cerrado, su silencio.

Yo no creo en la objetividad, yo estoy segura que todo periodista tiene una perspectiva, una postura ante la realidad que vamos a recuperar, yo defiendo mucho esa idea. No puedes ser objetivo, pero sí debes intentar ser honesto. Escribir pero sin mentir o manipular, si escribes que en ese lugar había tres gotas de sangre, deben de ser tres gotas de sangre.

Yo escribo con ese compromiso, aunque no imagino si me leen, si soy visible para el público en mis textos. Tal vez por la forma en que nos educan, mucho más a las mujeres, en muy difícil creer que vales algo. Yo a veces me siento transparente, que no me ven los demás.

Me ha costado mucho trabajo creer que mi trabajo es reconocido, que ese montón de premios no te da presencia ni seguridad. Siento que más bien me esfuerzo todos los días por ser yo, porque mi trabajo sea bien pagado y respetado. A mis alumnos es lo que les digo, que deben defender sus derechos, no aceptar jornadas de trabajo que les impiden disfrutar su vida, tener familia, una relación, que no se pierdan en esto.

VER LO QUE OTRO NO LOGRA VER

Yo hago mis crónicas siempre viendo lo que otros no ven, segura de que yo no soy el centro de la historia. No puedo hacer periodismo sentada en un saloncito de prensa con aire acondicionado y confundir mi país con esa comodidad falsa, porque mi país no es una sale con aire acondicionado, es un lugar donde están sucediendo cosas terribles, donde se palpa una desigualdad extrema, donde muchos no tienen voz y aún así se les calla a cada rato. Gente que sufre, personas que desaparecen, familias que sufren buscando a un ser amado que ya no está y no sabes por qué. Hay tantas historias que recuperar, y esa situación es lo que me inspira contar un montón de historias.

Busco sensibilizar esa capacidad de ver lo que parece que no está ocurriendo, de ir con la gente que nadie le pregunta normalmente. No creo en ese periodismo que se hace vocero del poder, del gobierno, de la iglesia, de los empresarios. Creo en un periodismo que volteaba a ver a la gente común, a los pobres, a los sin trabajo, a las mujeres que sufren violencia, a las niñas que son prostituidas, a los niños que alistan en el narco. El periodismo no puede ser atractivo en la medida que no refleje a la gente común. El periodismo no cumple su misión si no logra hacer sentir a sus lectores lo trágico de la situación que se vive en un país, en una estado, en un barrio.

Yo creo que, en el caso de la crónica, es muy importante escribir lo que viste lo más pronto posible. Entre más pasa el tiempo menos puedes recordar y corres el riesgo de adquirir más capacidad de inventar cosas, que tu cerebro rellene ahí con imaginación con lo que no recuerda la memoria. Mejor escribir pronto y ser honesta, puntual, precisa, verosímil.

NO A LA CULPA

Ser periodista es un privilegio en la escala social, la neta. Fui mamá a los 29 años y luego a los 38. He amado y me han amado. Como buena madre, tengo problemas con mi hija pre adolescente, ya se fue a vivir a otro lado. Sé que para Camila fue muy difícil no tener a su mamá todos los días junto a ella. Ahora con Matías me organizo mejor. Intento cumplir ese rol. El otro día, estaba con mi psicóloga y no tenía donde dejar a Matías y me lo llevé. Se quedó en la terapia, creí que no iba a poner atención, en eso le digo a mi doctora que siento culpa porque Camila se haya ido y Matías voltea y me dice; ¡No digas esa palabra mamá, esa palabra no debería existir, la culpa! Y tiene cinco años, creo que entiende mejor muchas más las cosas que yo.

Ahorita, en este momento de mi vida, la verdad me siento cada vez más triste porque nadie quiere comprar o publicar mi trabajo y pagarme. Por eso te digo, que eso de los premios no es garantía de mejorar tu vida.

Ser periodista independiente es muy complicado. Por ejemplo, en un periódico me pagaban a 800 pesos un reportaje que estaba haciendo. En su realización, tenía que viajar a una comunidad, ya me había gastado de mi bolsa 400 pesos de pasaje de ida y vuelta, o sea ya me había gastado lo que posiblemente me iban a pagar.

A veces me veo más valiente de lo que soy. Y así ando, de tesista, de maestra, de mamá, de mujer, de amiga, de cronista, de periodista, con culpas y retos, con culpas y seguridades, mientras mi hijo me insiste en que la culpa es una palabra prohibida en mi diccionario.

Llega la hora de entrar a clase, nos abrazamos como dos viejas amigas. Se va a su salón mientras las aves tatuadas de su brazo parecen seguirla, mil palomas de caseríos que Vanesa Robles visitará para llenarnos de historias, sin culpa.

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