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VIAJERA DEL 8 DE MARZO

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Elvira Hernández Carballido

Para conmemorar este día de la mujer, un sencillo homenaje a las mujeres que nos han inspirado para expresarnos, para decir quiénes somos, para viajar…

El don lo había heredado gracias a la magia de las mujeres de su familia materna, todas de sangre oaxaqueña y alma zapoteca.

La primera vez que se lo dijeron, se río. Creyó que era un juego, cosa de viejitas locas. El rostro serio de la anciana mayor fue la primera advertencia. Iba en serio. La sonrisa de su madre fue de verdadera complicidad. La abuela Tere, siempre sabia, se arrodilló ante ella y musitó unas palabras que le llegaron al corazón:

El tiempo es un remolino.

El aire te lleva al ayer, donde nos encontramos, donde nos rescatamos.

No hay ahora, solo quizá y tal vez.

Viajera por siempre.

Tú eliges el momento, el instante te atrapa, la historia es tuya. Escríbela.

Somos viajeras, horas revueltas nos bendicen, días gozosos nos esperan.

No pactes con los guardianes, nosotras somos del tiempo.

Ellos son el destiempo.

Nosotras escribimos nuestra historia, ellos borran la suya.

No era necesario recurrir al aquelarre, comprarse una varita mágica, hacer una ceremonia especial o esperar que la madrugada se coloreara de violeta. Bastaba con sentarse en cualquier lugar, estirar las piernas cuan largas son y leer, sí leer. Un libro de poemas, una novela histórica, un periódico amarillista, la revista preferida, el volante de la oferta de hoy. El primer párrafo leído era la llave segura al escape maravilloso. Para regresar bastaba con leer dos veces el mismo párrafo. De nuevo en casa, todo seguiría igual, quizá.

La primera vez que lo intentó fue en su clase de literatura. No hubo mareos, ni laberintos o rayos atravesándola. En un abrir y cerrar de ojos, sí, ahí estaba, en el ayer. Decidió visitar el convento de San Jerónimo. Pudo platicar con la monja, vivió unos meses con ella. Antes de despedirse le regaló su propio poema:

Yo, la peor de todas, confieso cada palabra que invento para no decirme/ Envuelvo en frases brumosas la imagen del hechizo que más quiero/ Redacto inspirada pues me burlo fugitiva para enamorarme luego/ Lo hago para bendecir a hombres necios que me hacen creer en el amor eterno/ Para describir a mujeres necias que luchan para hacer realidad nuestras utopías/ En cada párrafo altero mi risa con el llanto, como toda amante anónima/ Argumento contra injurias que consiguen matarme pero gracias a mi alma nunca logran vencerme/ Y escribo cada día, diversa de mí, para confesar que soy/somos/son como me gusta imaginarlo/ Así escribo cada día, cada noche, cada hora…

No quiso abusar del don. Hasta cinco  años después lo probó nuevamente. Esa vez aprovechó para ir a la Casa Azul. Por supuesto, la mujer que esperaba hallar pintaba y pintaba. No quiso interrumpirla, solamente la espió durante varios meses. Antes de marcharse, le dejó una notita:

Juntas y separadas, reconociéndome diferente pero no ajena, descubriendo en mi espejo lo que eres y lo que yo he querido ser. Hoy estás mis paredes porque me ayudas a ocultar las grietas de mi soledad. Te atrapo en mis aretes porque necesito el murmullo de tu voz que me aconseja a no confiar en mis pies pero sí a tejer alas para volar. Nos unimos en un abrazo para oír tu vida, palpar la mía y valorar nuestras vidas.  Me has permitido reconocerme como mujer angustia y como mujer trigal. Me obligas a creer que estamos rodeadas de estrellas de la buena suerte y a ser fuertes a pesar de las angustias.

Nunca quiso viajar a esas fechas marcadas como importantes en el calendario. A veces solamente se le antojaba caminar por la calzada de los muertos de Teotihuacan, subir a la pirámide de la luna y glorificar a las princesas para volverlas diosas no fragmentadas. Le gustó cuando esperó ansiosa, detrás de la catedral, a las primeras periodistas del siglo XIX que ese día imprimieron el número uno del semanario “Violetas del Anáhuac”. Le fascinó unirse a las mujeres que en la década de los veinte se cortaron las trenzas y reía provocativa cuando les gritaban: “así pelona ya no te voy a querer”. Ellas se querían y eso les bastaba.

Nunca lo dijo a sus abuelas pero en cada viaje le gustaba traerse un recuerdo pequeño: el pincel usado, el caracol musical, la pancarta hecha a mano, los cascabeles de una diosa, un mechón de cabello trenzado.

Y por eso, la descubrieron. Fue así como una tarde, en su parque favorito, se preparaba para su próximo viaje pero un olor a tabaco no la dejaba concentrase. Intentó ignorar al hombre cuyo humo la envolvía y la distraía. Era un guardián del ayer que iba por ella, decidido a detenerla. Cada objeto traído al presente rompía corazones en el ayer. No podía ya tolerarlo.

Pese a la presencia incómoda, ella leyó las primeras palabras pero él la interrumpió al lanzarle unas ramitas.

Quiso ignorarlo, retornó a la lectura, pero ahora le aventó dos piedritas.

Molesta, prefirió interrumpir la lectura para enfrentarlo. Altanero se presentó. Arrogante le exigió devolver lo robado. Amenazó con hacer un embrujo para impedir sus viajes.

Mientras el hombre hablaba y hablaba. Ella vio de reojo el periódico que seguía en sus manos. Y encontró el párrafo preciso, corto y puntual, breve y atinado. Ese encabezado de augurio:

“Nosotras escribimos nuestra historia”, notas de mujer suicida en el manicomio.

La leyó una vez, él la acusaba de ladrona, debía ser castigada.

La leyó otra vez, y los gritos del hombre se hicieron murmullos.

Así llegó al momento que deseaba llegar. Se recostó debajo de la sombra del gran árbol de la vida, cortó una manzana y la mordió con atrevida delicia. Se llevó de recuerdo una costilla.

Mientras tanto, en el parque, el guardián del ayer fumaba y fumaba cada vez más desesperado. Abatido borraba su historia. Siempre negó que no pudiera detenerla.

Viajera sigue de viaje, robando piezas del ayer para romper más corazones. Espera sin prisa heredar el don para viajar y escribir más historias. El verdadero don que nos heredó a todas.