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2026 INICIÓ SACUDIENDO AL MUNDO

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Por Víctor González Herrero / @VicGlezHerrero

Si algo ha demostrado este enero del 2026, es que los años nuevos no traen siempre buenos augurios; a veces traen sacudidas que reconfiguran realidades políticas. Y aunque aún falta mucho por avanzar en cada detalle, lo sucedido en los primeros días del año, ha resultado en torno a dos hechos que están moviendo el tablero mundial: la detención de Nicolás Maduro tras una operación de fuerzas de élite impulsada por Estados Unidos y las reacciones —particulares y contradictorias— de actores como Donald Trump y María Corina Machado.

A comienzos de año, el presidente estadounidense Donald Trump anunció que fuerzas especiales de su país habían capturado al presidente venezolano Nicolás Maduro Moros y a su esposa Cilia Flores. La operación, catalogada por Washington como un golpe exitoso al “narcoterrorismo”, generó celebraciones en algunos sectores de la población venezolana y fuertes cuestionamientos de gobiernos y organizaciones internacionales por lo que implica en términos de soberanía y derecho internacional.

Lo notable no es solo el hecho en sí —un operativo de esta magnitud no visto en años en la región desde la detención de Manuel Antonio Noriega en Panamá—, sino el simbolismo que ha adquirido en distintos polos ideológicos y diplomáticos. Trump, con una lectura geopolítica clara para su base política interna, ha insistido en que la acción no solo distribuyó justicia según la visión de su administración, sino que además posiciona a Estados Unidos como el actor decisivo en la región.

Frente a este escenario, la reacción de figuras como María Corina Machado, ganadora del Premio Nobel de la Paz 2025, ha encendido debates. Machado ha celebrado la salida de Maduro del poder y ha agradecido públicamente a Trump por la operación, calificándola como un paso histórico hacia la libertad y la dignidad para Venezuela, y ha manifestado su intención de regresar al país “lo antes posible”.

Pero su postura ha generado también controversias internas y críticas externas. Por un lado, muchos venezolanos y observadores ponen en duda que el elogio explícito a una intervención militar extranjera sea coherente con la expectativa tradicional de un liderazgo de paz, especialmente viniendo de un Premio Nobel. Por otro, la idea de compartir o dedicar simbólicamente ese galardón a Trump —que Machado ha planteado en entrevistas— ha sido vista por algunos como un gesto que diluye la independencia política, al alinearse con un actor con intereses muy distintos a los de amplios sectores de la sociedad venezolana.

Todo esto ocurre en un contexto en el cual los venezolanos se encuentran profundamente divididos. Hay quienes celebran la caída de Maduro como el fin de décadas de crisis política y económica; otros temen que la intervención de una potencia extranjera complique aún más la reconstrucción del país y amplíe las fracturas sociales. En algunos sectores de la opinión pública, incluso se critica que figuras opositoras hayan celebrado con entusiasmo medidas que, por su naturaleza, implican decisiones de fuerza ajena a procesos internos.

A nivel internacional, las reacciones también han sido diversas y polarizadas. Mientras algunos gobiernos celebran la neutralización de un líder señalado durante años por violaciones sistemáticas a los derechos humanos y corrupción, otros cuestionan la legalidad y el precedente de la intervención. En países de África y EuroAsia, por ejemplo, se han reportado protestas en rechazo a lo que califican como intervención imperialista, lo que subraya que la percepción de este inicio de año no es homogénea.

Lo que está claro, es que este arranque de 2026 ha reabierto preguntas sobre soberanía, legitimidad y el papel de las potencias en la autodeterminación de los pueblos. La discusión ya no es solo sobre lo que ocurrió, sino sobre lo que este acontecimiento significa en términos más amplios: ¿hasta qué punto pueden las acciones extraterritoriales justificar fines que algunos consideran nobles? ¿Cómo se equilibra el derecho internacional con la presión por cambios geopolíticos inmediatos en contextos de claros abusos y crisis prolongadas?

También emerge con fuerza una pregunta interna para América Latina: ¿qué tipo de liderazgo e identidad regional estamos dispuestos a defender cuando se tensionan principios y pragmatismos? Porque esta historia —sin importar cómo se desenvuelva en las próximas semanas— ya está influyendo en narrativas de política externa, alianzas diplomáticas y el debate sobre la soberanía en una región históricamente marcada por intervenciones foráneas.

En resumen, 2026 no apenas comenzó; se aceleró en sus primeros días. El año que parecía prometer transiciones tranquilas ha sorprendido con un movimiento político de alto voltaje. Las consecuencias —políticas, humanitarias, económicas y simbólicas— seguirán desplegándose, y quien pretenda entender el rumbo de este año tendrá que leer mucho más allá de las portadas.

Y ahí reside el desafío editorial para quienes buscamos explicar el presente: no solo qué pasó, sino qué significan los primeros pasos del 2026 para el futuro inmediato del hemisferio.

El mundo no esperó a que terminara enero para recordarlo: la estabilidad ya no es un punto de partida, es una construcción diaria. Y este 2026 empezó dejando claro que nadie tiene garantizado el equilibrio.

Al tiempo.

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