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EL RELEVO QUE VIENE…

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Por Víctor González Herrero / @VicGlezHerrero

En política, pocas cosas son tan delicadas como los relevos que no dependen únicamente de una decisión.

El proceso que se vive actualmente en la sección XV del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación es uno de ellos: un cambio que, aunque forma parte de la vida interna del sindicato, tiene implicaciones mucho más amplias en la estabilidad educativa y política del estado.

Porque aquí no solo está en juego una dirigencia. Está en juego el equilibrio. Se trata de medir fuerzas en muchos ámbitos.

Desde el institucional, el proceso desde luego no pasa desapercibido. Al contrario, se sigue con atención. Particularmente desde el despacho del secretario de Educación Pública de Hidalgo, Natividad Castrejón Valdez, donde se entiende con claridad que cualquier transición en el sindicato magisterial impacta directamente en la gobernabilidad del sistema educativo.

Y no es para menos.

El SNTE ha sido históricamente un actor clave en la operación cotidiana de la educación en Hidalgo: en la interlocución con las autoridades, en la implementación de políticas públicas y, por supuesto, en la estabilidad de las aulas. Un relevo mal conducido no solo genera ruido interno, sino que puede escalar a tensiones innecesarias en el último tercio de la administración del gobernador Julio Menchaca Salazar.

Por eso, lo que se percibe desde el gobierno no es intervención, sino algo más fino: seguimiento cercano, lectura constante del escenario y, sobre todo, cuidado en los tiempos.

Cuidado político.

Del otro lado, al interior del sindicato, el panorama es bastante más dinámico. Lejos de un proceso terso y lineal, comienzan a asomarse las distintas corrientes que buscan influir —o de plano conducir— la nueva etapa. Grupos que, como suele ocurrir, a pesar de su bajo perfil, no han desaparecido, sino que se han replegado estratégicamente esperando el momento adecuado para reaparecer.

Uno de esos grupos es el que encabeza el actual alcalde de Zempoala, Sinuhé Ramírez Oviedo, que busca reposicionarse y recuperar espacios dentro de la estructura sindical. Y claro que no es un actor menor.

Su paso previo por la dirigencia le dejó redes, conocimiento del terreno y una base que, aunque no necesariamente mayoritaria, sí es organizada y persistente. En política sindical, eso pesa. Y pesa mucho.

Lo interesante es que este intento de retorno no se da en las mismas condiciones que antes. El contexto ha cambiado. La relación entre el poder público y las organizaciones ha evolucionado, y las bases magisteriales también son distintas: más informadas, más críticas y menos dispuestas a aceptar decisiones impuestas sin legitimidad.

Ahí está el verdadero punto de tensión.

Porque mientras algunos grupos buscan reconstruir posiciones desde esquemas conocidos, hay también una exigencia creciente de renovación real, de liderazgos cercanos y de representación auténtica. Esa tensión —entre pasado y futuro— es la que hoy define el proceso.

En este entramado, el papel de Juana Márquez Parrasales, actual presidenta del Partido Nueva Alianza Hidalgo, será más que simbólico: su cercanía con el grupo político de Sergio Hernández Hernández le da margen de operación en un momento donde las alianzas silenciosas cuentan más que los posicionamientos públicos, especialmente frente al desgaste natural que ha venido acumulando Saíd Vargas Sáenz, cuya conducción, si bien ha mantenido estabilidad, comienza a enfrentar el inevitable ciclo de deterioro que acompaña a todo liderazgo prolongado en un contexto cada vez más exigente y competido.

Por ello, el papel del gobierno estatal será determinante, aunque no protagónico. La línea es clara: respeto a la vida interna del sindicato, pero sin perder de vista que la estabilidad educativa es una prioridad. Y eso implica, necesariamente, estar atentos.

No se trata de decidir, sino de entender. No de intervenir, sino de evitar escenarios de conflicto que puedan afectar a miles de estudiantes, docentes y familias. Porque si algo ha demostrado la historia del SNTE en Hidalgo es que cuando el sindicato se fragmenta, las consecuencias trascienden lo gremial.

Llegan al sistema. Llegan a la política. Llegan a la vida pública.

Por eso, el relevo que viene no debe leerse únicamente como una disputa interna, sino como un momento clave de definición: qué tipo de sindicato quiere ser el magisterio hidalguense en los próximos años.

Uno que mire hacia atrás para reorganizarse. O uno que mire hacia adelante para transformarse.

En esa decisión —que no se tomará en un solo día ni en un solo evento— se juega mucho más que una dirigencia. Se juega la capacidad de construir acuerdos en un nuevo contexto. Se juega la relación con el poder.

Y, sobre todo, se juega la posibilidad de que el sindicato siga siendo un factor de estabilidad… o se convierta en un espacio de disputa permanente. Por lo pronto, el proceso avanza sin estridencias, pero con señales claras para quien sabe leerlas.

Porque en Hidalgo, como en toda buena política, lo importante no siempre es lo que se dice. Sino lo que ya se está moviendo.

Al tiempo.

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