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“Para ser periodista hace falta una base cultural importante, mucha práctica, y también mucha ética. Hay tantos malos periodistas que cuando no tienen noticias se las inventan”
Gabriel García Márquez
Por Antonio Ortigoza Vázquez / @ortigoza2010
Especial de Expediente Ultra
Desde hace algún tiempo, en particular desde del sexenio pasado, hemos sido testigos de la desenfrenada vulgaridad que se ha apoderado de un sinfín de programas y podcast difundidos a través de medios de comunicación, tanto tradicionales como lo son la radio y la televisión, pero en especial los de las llamadas redes sociales.
Y lo peor de todo, es que la información, debates, entrevistas, imágenes, videos o memes de este tipo han alcanzado una gran popularidad en un corto periodo de tiempo.
Es decir, en el ámbito digital se han hecho “virales”, lo que les ha permitido llegar a ser vistos, compartidos y comentados por no miles, sino millones de personas.
En ese sentido, es muy claro que lo que hoy impera es una férrea competencia no por la calidad y la profundidad, sino por quién termina siendo más agresivo, majadero e insustancial en un abierto desafío a las normas elementales de prudencia, buen gusto y el respeto a los valores y costumbres cívicas.
La viralización en las redes sociales se ha convertido en una especie de tela de araña que permite a los contenidos, del tipo que sea, extenderse rápidamente y captar la atención de una audiencia gigante sin intermediarios, fenómeno que crece gracias a los llamados bots, programas que realizan tareas repetitivas, predefinidas y automatizadas.
A través de estos medios, las agresiones se dan entre ciudadanos; entre políticos; entre ciudadanos y políticos. Pero en especial, entre periodistas y políticos.
Parece que en buena medida ha quedado atrás aquello de que como informador uno debe ser apasionado no solo del rigor periodístico y los datos, sino también de la estética y el uso hermoso del lenguaje en la información.
Porque además de la información es muy importante el “estilacho”, como solía decir coloquialmente el gran maestro del periodismo Julio Scherer García.
Para don Julio, la belleza del lenguaje no era una exquisitez para alimentar nuestro narcisismo, sino para la precisión, don supremo del periodismo, como escribió en el prólogo de El Yunque, la ultraderecha en el poder (2004) de Álvaro Delgado.
Scherer consideraba que un texto bien escrito, severo y dramático no admitía palabras obscenas, ni siquiera las dichas por un entrevistado, pues ensuciaban el escrito, que valía por sí mismo.
El punto es que luego de observar y escuchar un gran número de programas radiofónicos y televisivos, así como plataformas digitales, la conclusión es que están pletóricas de sujetos que no tienen ninguna formación como periodistas o en comunicación social, pero que tienen la capacidad de montar producciones “periodísticas” o de farsa política y presentarse y venderse ante la sociedad digital como tales.
Esta debacle moral e imprudente ha traído consigo el descrédito de este apasionante oficio y su mala calidad, pero es lo que menos importa, pues para ellos es un negocio que les deja beneficios económicos.
Sin embargo, ante la falta de regulaciones, ¡ojo!, que no impliquen censura a la libertad de expresión, como lo han estado promoviendo ciertos gobernantes impresentables, hoy en día resulta relativamente fácil ser estridente, privilegiar la basura como contenido, soltar la lengua sin control, insultar y denigrar al opositor para, quizá, luego negociar. Ésta parece ser ya la regla del juego.
¡Y lo peor es que no hay nada qué hacer!
La presencia de la política en redes sociales, mucha disfrazada de farsa, está alterando profundamente la manera de comunicar, influir y participar en la vida pública.
Y el hecho contundente es que la transformación digital y la popularidad de plataformas como TikTok, X, Instagram, Facebook o YouTube han convertido a la comunicación política digital en un eje central para partidos políticos, dirigentes, gobernantes, ciudadanía y por supuesto, comunicadores.
Pero por igual, son relevantes los riesgos de esta nueva realidad, pues la inmediatez, la “viralidad” y la polarización política y social avanzan al ritmo de la tecnología.
En este contexto, los jóvenes han abandonado los medios tradicionales como la televisión, la radio o la menguante prensa escrita para informarse principalmente a través de las redes y los videos online.
Esta tendencia está obligando a repensar las estrategias políticas y la relación entre las fuerzas vivas y los ciudadanos, pues la desinformación, las llamadas Fake news (Falsas noticias) y la mala información están a la orden del día.
Y para atenuar los impactos negativos de este fenómeno se deben desarrollar dinámicas propias de los tiempos actuales.
La tendencia de los nuevos “periodistas digitales”, en muchos casos tan solo influencers, también conocidos como “creadores de contenido”, es crear polémica y contenido desinformativo y vulgar, que luego comparten en las redes.
Y lo hacen de manera consciente; es decir, tienen la intención de causar algún daño al debate público, ya sea sembrando dudas en la población, mezclando información con objetivos políticos, económicos o sociales.
En ello invierten millones de pesos no solo el gobierno federal, sino los estatales, así como las élites políticas y económicas del país. Es decir, ¡todos!
Lejos quedaron atrás los tiempos en que los periodistas debíamos escribir “a huevo”, mirar el reloj, narrar la historia, sintetizar, nada de dejar llevarse por la lírica, mirar el reloj de nuevo, angustiarse, jalarse los cabellos hasta la calvicie, tomarse un café, hurgar en archivos de papel, periódicos amarillentos con arrugas en las portadas, libros, revistas y expedientes polvorosos, escuchar el tecleo de la máquina como una pequeña ametralladora, en silencio.
Ser periodista era dormir de la patada, cuando se dormía, lanzarse al abismo y cobrar poco.
En sus memorias, Vivir para contarla, publicadas en 2002, Gabriel García Márquez considera románticamente que la ética era el pilar en el periodismo. “La verdad es la única verdad que importa”, afirma en su libro, reconociendo la importancia de la veracidad, la objetividad y la integridad en la labor del periodista.
¿Por qué?
Porque el periodista tiene, decía, el compromiso con la sociedad en la búsqueda del bienestar común y la defensa de valores éticos.
Para él, el oficio era una herramienta para luchar contra la injusticia, para dar voz a los que no la tenían, para denunciar los abusos y defender la libertad de expresión, ahora muy vulnerada en nuestro país por algunos miembros del régimen.
Por supuesto, las reflexiones de Gabo sobre el periodismo siguen siendo relevantes hoy como lo fueron en su tiempo, pero el estado de mal humor, de ira y de polarización política, alimentadas tanto por la corrupción, la codicia y el régimen vigente, así como por la elites económicas y políticas, son tan perturbadoras en el mundo actual que movidos por la rabia, muchos informadores auténticos, en ciertos momentos hemos perdido toda, pero absolutamente toda objetividad, aunque tampoco hemos pretendido ser objetivos nunca, en todo caso “ojetivos” y eso sí, muchos sí lo hemos logrado.
Aun así, en este mundo saturado de información e injusticias, sigue siendo más importante que nunca que los periodistas debemos comprometernos con la calidad, la ética, la veracidad y la búsqueda de la justicia.
El legado de don Julio y Gabo nos invita a ser responsables con nuestras palabras, a defender la libertad de expresión y a luchar por un periodismo contestatario y crítico que sea verdaderamente un servicio a la sociedad.
Para ellos, el comunicador debe reflexionar permanentemente sobre la enorme responsabilidad que tiene. Es decir, la búsqueda de la verdad y la ética son aspectos cruciales en el ejercicio del periodismo para contrarrestar la impunidad del ejercicio del poder.
En la era de Trump, donde la obscenidad ha encontrado un representante que, sin vergüenza, exhibe su naturaleza indecente, la responsabilidad de los medios es más importante que nunca en un contexto donde la verdad se diluye entre mentiras, vulgaridad y manipulaciones.
Debemos entonces, preguntarnos si podemos resistir la tentación de ser cómplices de esta obscenidad moral que se está expandiendo a varias democracias del mundo y en varios medios de comunicación.






