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¡Bang, bang, estás muerto!…
POR EDUARDO GARCÍA GARCÍA
“Cada sociedad tiene el tipo de delincuente
que se merece”
Robert Kennedy
El incremento de la violencia e inseguridad que se vive cotidianamente en las calles de nuestro país, en su mayoría adjudicados al crimen organizado, se ha traducido en los ámbitos informativos (periódicos y telediarios), plataformas y redes sociales, en la proliferación y circulación abundante de imágenes y videos que dan cuenta de esos hechos terribles.
Ante esta realidad, algunos políticos y funcionarios públicos han expresado su “preocupación” ante la extensa difusión de este tipo de material ultra gráfico.
Tan solo recordemos que el domingo 22 de febrero, tras el abatimiento de El Mencho, el narcoterrorista más peligroso del mundo, en Jalisco se vivió una jornada violenta sin precedentes, en el que murieron 58 personas entre fuerzas federales e integrantes del Cartel Jalisco Nueva Generación (CJNG).
Durante todo ese día, a través de la televisión, plataformas noticiosas y redes sociales (repletas de fake news), en tiempo real fuimos testigos de cómo varias regiones de ese estado y algunas más en el país (por lo menos en Guerrero y Michoacán), los narco-bloqueos, vehículos y negocios incendiados, las explosiones, saqueos y balaceras desataron el terror entre la ciudadanía.
Y no solo eso.
Aunque fueron algunas zonas de estas tres entidades las que se convirtieron en un escenario de guerra, ante el vacío de información oficial todo el país estuvo prácticamente convulsionado por lo que estaba sucediendo.
Y es que lo vivido ese día no fueron hechos aislados ni casualidades, sino una respuesta perfectamente orquestada por la estructura criminal del CJNG, del cual era líder El Mencho, que fue capaz de secuestrar la paz de toda una nación.
MÉXICO EN LLAMAS
Previamente, a principios de febrero, y mientras entusiasmada exponía los últimos índices trimestrales sobre la “reducción” de criminalidad en la Ciudad de México, la jefa de gobierno, Clara Brugada, se enfrentó al hecho de que los chilangos advertimos que “sus datos” no tienen relación alguna con la realidad que estamos viviendo.
Vamos, que no le creemos.
En rueda de prensa, detalló que esto se debe a que más del 60 por ciento de la población se entera de temas de seguridad por medio de la televisión, lo que “eleva la percepción” de “inseguridad”.
“Si tenemos canales que se dedican a estar hablando del tema de inseguridad (en alusión directa al popular C4 de Carlos Jiménez, del canal 6), pues, ¿qué estamos generando a la población? Ni siquiera son las redes. La gente se entera por la televisión sobre el tema de seguridad. Entonces, influye mucho. En todas las alcaldías hay una disminución del delito. ¿No va igual con la percepción? No, ese es un gran reto”, comentó.
Es decir, en su opinión, la extensa e insistente difusión televisiva de actos criminales cotidianos o como los del domingo 22, genera en la ciudadanía una preocupación “desmedida”.
Por ello, señaló que sería bueno crear un gran acuerdo con los medios de comunicación para “bajarle” a los contenidos de nota roja y hechos violentos, con el propósito de mejorar la percepción de inseguridad no solo en Chilangolandia, sino en todo el país.
Dicha propuesta, por supuesto, de inmediato encendió las alarmas de diversas organizaciones y periodistas tras filtrarse una supuesta intención oficial de “matizar”, es decir, censurar, las noticias sobre delincuencia e inseguridad.
Sin embargo, Brugada aseguró que su gobierno respeta la libertad de expresión y que la relación con los comunicadores se basa en el diálogo y la transparencia, no en la imposición de una agenda editorial.
Pero insistió en que “sería muy bueno un gran acuerdo con todos los medios de comunicación (para) que le bajáramos a la nota roja, porque sabemos que es lo que atrae (a la gente)”, aseguró la funcionaria.
¡Caracoles!
El punto es que al igual que ella, mucha gente considera que documentar, registrar y difundir hechos violentos y criminales, ya sea mediante fotografías o videos, es promoverlos y elogiarlos.
Nada más irreal.
Antes de responsabilizar a la fotografía, los videos y a los medios de comunicación, el gobierno y la sociedad en su conjunto deberíamos asumir nuestra responsabilidad ante lo que estamos viviendo. Los fotógrafos, camarógrafos, ciudadanos y medios, ponen las imágenes, pero no los crímenes ni los muertos.
Es decir, la tarea de todos ellos, es denunciar y ser testigos, más no ser hacedores de la historia.
Sin embargo, independientemente de este hecho, debemos manifestar que los ciudadanos no somos los únicos que desconfiamos de los datos oficiales sobre la disminución de los delitos, sino que existen organizaciones no oficiales que de igual forma mantienen esta percepción.
En lo personal, créanme que cada vez que he intentado verificar dichos datos, por ejemplo, en el INEGI, no es fácil, pues acabo más confundido que nunca.
La manera en que hoy en día organizan dicha información no permite tener una percepción clara de lo que está realmente sucediendo.
Por ello, es más sencillo consultar el portal de la Global Initiative Against Transnational Organized Crime (GIATOC), que a principios de este año publicó el Índice Global de Crimen Organizado 2025, en cuyo informe destaca a México como el Tercer país con los mayores indicadores de criminalidad.
Según esto, la calificación alcanzada en dicho informe supera los índices expresados en sus anteriores reportes, cuando alcanzó calificaciones de 7.56 sobre 10 en 2021 y 7.57 en 2023.
De acuerdo con esta información, México alcanzó en el informe 2025 una calificación de 7.58 en las puntuaciones de criminalidad mundial, dejándolo así en el tercer país peor puntuado en el mundo y el segundo de los 35 países calificados en el continente americano.
Bajo su índice, nuestro país queda debajo de Birmania, hoy Myanmar, emplazado en el número uno del conteo, con una puntuación de 8.08, mientras que el lugar número dos es Colombia, con un índice criminal de 7.82.
Con todo, de acuerdo con la presidenta Claudia Sheinbaum, la violencia letal en México durante su primer año de gobierno ha mostrado una reducción significativa.
Por ejemplo, asegura que los homicidios dolosos bajaron 37 por ciento entre septiembre de 2024 y octubre de 2025, lo cual atribuye a su estrategia de seguridad y coordinación con los estados.
En paralelo, también se reporta una disminución en los casos de extorsión, que bajaron 14 por ciento entre julio y octubre de este año.
“Una mentira repetida mil veces se convierte en verdad”: Joseph Goebbels, ministro de propaganda de Hitler.
Por su parte, María Elena Morera, presidenta de la organización civil Causa Común, ha insistido en que la violencia en México ha alcanzado niveles nunca antes vistos, con instituciones debilitadas y cifras manipuladas que ocultan la magnitud real de la crisis que se vive en nuestro país.
“Medir el éxito en seguridad únicamente por cifras de homicidios es engañoso. La seguridad va emparejada con muchos otros delitos como desapariciones, extorsiones, robo de vehículos, etcétera. Detener a más de 29 mil personas exige también que el Fiscal informe sobre el estatus de las investigaciones”, insiste Morera.
¡Recórcholis!
La importancia de las imágenes fijas o en movimiento en general, y de las de violencia en particular, radica en que, como lo señala David Freedberg, historiador del arte estadounidense, en cuyo libro El poder de las imágenes: Estudios en la historia y Teoría de la respuesta (1989), las imágenes operan en el ánimo, las emociones y las actitudes del espectador, de ahí su utilidad en los campos propagandísticos, publicitarios, periodísticos o artísticos.
Entonces, en ese sentido, las imágenes influyen en las actitudes y acciones del espectador, el cual evalúa las situaciones y los poderes en pugna en función de su percepción de los hechos.
Sin embargo, la percepción del ciudadano está filtrada por los medios de comunicación y las redes digitales, y la realidad representada por estas imágenes de violencia está recortada, manipulada por los encuadres, enfoques, tomas y, en el caso de la televisión y las redes, por la edición y la musicalización, lo que produce la construcción de una subjetividad en la mirada.
Esta manipulación técnica de las imágenes, limitadas por los alcances de cada medio, provoca se obtenga una espectacularización de la realidad, lo que a su vez genera una complicación para distinguir lo que es real de la fantasía.
Recordemos el célebre caso de la transmisión por televisión del atentado a las torres gemelas en Nueva York, el 11 de septiembre de 2001, que fue interpretada por muchos televidentes, lo mismo que lo sucedido el 22 de febrero en Jalisco, “como de película”. La realidad imitando a la ficción, un fenómeno que, algunos teóricos lo llaman hiperrealidad.
Por ello, no debe extrañarnos que las imágenes de violencia sean un negocio lucrativo para algunos medios de comunicación, tanto impresos como visuales.
Y de igual forma, la amplia explotación comercial de estas imágenes de violencia puede darle a la gente la sensación de vivir en un mundo cada vez más peligroso e inseguro. La seguridad es una preocupación muy grande en la ciudadanía, por lo que estas representaciones y sus relatos son también una herramienta de poder político para los medios de comunicación, ya que su exhibición o dosificación puede repercutir negativa o positivamente en la percepción que se tiene del control y la paz social que debe garantizar el Estado, así como del poder y efectividad de las fuerzas que se le oponen.
“EL HORROROSÍSIMO CRIMEN DEL HORROROSÍSIMO HIJO QUE MATÓ A SU HORROROSÍSIMA MADRE”
Retomando las palabras de la jefa de gobierno de la Ciudad de México, en las que “invita” a los medios a que le “bajen” a la Nota Roja, porque además de que por alguna razón le es muy atractiva a la mayoría de la población, también le genera más ansiedad y le hace incrementar su percepción de que todo está cada día peor en términos de seguridad.
¿Será?
Intentando aproximarnos al tema, lo cual no es nada sencillo, pues es avasallante, demos solo constancia de la perdurabilidad de un género periodístico especializado y brutal, pero que le resulta muy atractivo a la sociedad.
Hablamos de la nota roja, que es considerada un subgénero periodístico centrado en cubrir hechos delictivos, violentos, accidentes, asesinatos, desastres, horóscopos, deportes y, por supuesto, chismes de la farándula.
Se caracteriza por el uso de un lenguaje directo, coloquial, gráfico o visual, a menudo asociado con la prensa sensacionalista o amarillista (en Chilangolandia tenemos a los muy populares El Gráfico y el Metro), con el objetivo de relatar sucesos que impactan la seguridad cotidiana y producen un efecto en la sensibilidad de quien la experimenta.
En nuestro país, los primeros cultivadores de la nota roja fueron los autores de corridos y los artistas grabadores. En la Ciudad de México durante la época de la dictadura porfiriana, el grabador José Guadalupe Posada (1868-1913) convierte los crímenes más notorios en expresión artística y ve en los hechos de sangre los cuentos de hadas de las mayorías.
Claro que no retoma la historia de El Gato con botas o La bella durmiente, sino El horrorosísimo crimen del horrorosísimo hijo que mató a su horrorosísima madre. En las gacetas callejeras, que hoy en día aun circulan en colonias populares tras hechos violentos, Posada transforma esos incidentes de la naturaleza social en sensaciones. Así, el horrible asesinato de una mujer que mató a su compadre de diez puñaladas porque él no quiso acceder a sus bajas pasiones.
De ahí que los títulos hayan sido, y sigan siendo, una parte esencial y una medida exacta del morbo.
“¡Horribilísimo y espantosísimo acontecimiento! Un hijo infame envenena a sus padres y a una criatura en Pachuca (1906)” o bien “De tres tiros que le dieron nomás cinco eran de muerte (1900)”.
La Gaceta Callejera del impresor poblano Antonio Vanegas Arrollo (1852-1917), publica a diario corridos (novelas comprimidas en verso), noticias sensacionalistas y jocosas complementados por los grabados de Posada, quien es fidedigno y creativo, pues dialoga desde sus imágenes con su público y deja de lado las moralejas, lo fundamental es la imagen diabólica, el instante de una muerte.
Es decir, en la nota roja la tragedia se vuelve espectáculo y es un manual de costumbres y exorcismo contra la violencia. En las primeras décadas del siglo XX, son escasas las posibilidades competitivas de la nota roja. Pues, ¿quién podría destacar los asesinatos individuales en la furia de batallas torrenciales, fusilamientos, asonadas, asesinatos a mansalva, duelos, ferocidades de cantina, ciudades tomadas, celadas y secuestros que se vivieron previo, durante y posterior al periodo revolucionario?
Todo lo cubre el manto trágico de la Historia, siendo el episodio policiaco más famoso de la Ciudad de México ya revolucionaria, la Banda del Automóvil Gris (1915), que fascina por razones que incluyen el nombre concedido por la voz popular, en donde medran los militares que, sin contradecirse, representan la ley y patrocinan el hampa.
En 1915, en la Ciudad de México que es tomada por los Convencionistas, se inician las actividades de la Banda, delincuentes disfrazados de militares que asaltan residencias.
Al entrar a México el ejército de Venustiano Carranza, irrumpe también un estilo de vida, muy ostentoso, abiertamente corrupto, donde lo común son las fiestas con champaña, los generales en los camerinos de actrices de teatro frívolo como Celia Montalbán, cantando el cuplé Mi querido capitán.
El punto es que con el carrancismo vuelven los ladrones con atavío militar y se solidifica el pacto entre algunos generales y los hampones de la Banda del Automóvil Gris que les entregan joyas y dinero a cambio de protección.
Entre 1920 y 1940, y no obstante la amplísima excepción de los crímenes políticos (entre ellos el de Álvaro Obregón), todo se centra en las condiciones de la seguridad pública. No habrá desarrollo de las instituciones sin afianzar pese a todo el vínculo de policía y sociedad. Y al disiparse “la amenaza” de los ejércitos campesinos, como cuando las tropas zapatistas entraron en la Ciudad de México en 1914, se incrementa el placer por la nota roja y sus “perversas” narraciones.
Otra de las preferidas de la década de los 20, fue la del criminal “que mató hasta el perico”. El 17 de abril de 1929, Luis Romero Carrasco, de 21 años de edad, asesina a sus dos tíos, a dos empleadas domésticas (una anciana y una niña de diez años) y, para acallar su ánimo parlanchín, al perico de la casa.
Sin esforzarse, los abogados defensores alegan que el asesino, un mariguano pertinaz, padecía de manías alucinatorias. Se le condena a muerte y, camino a las Islas Marías, se le aplica la cotidiana “ley fuga”, como lo narra José Revueltas en su novela Los muros de agua (1941).
“ME SUICIDO PORQUE AYER FUE DOMINGO Y ESTOY DE BUEN HUMOR”: LUIS MONCADA IVAR, EN SU CUENTO SUICIDIO MÁRTIR (1950)
Alarmadas y complacidas, las multitudes se detienen como ante un escaparate: allí a su alcance la dotación de ríos de sangre, traiciones, iniquidades, perversiones, robos.
En América Latina la nota roja arraiga a sus adeptos al iluminar, bajo ángulos sensacionalistas, detalles de su vida cotidiana, desapariciones, cárceles, estafas, despojos, puñaladas, riñas, asesinatos porque sí, por ser la violencia un lenguaje muy reconocible.
Pero la prensa, con aspavientos que mal disfrazan el entusiasmo, promueve estos comportamientos orgánicos y los sitúa en otra perspectiva: ¡Qué torvo sujeto! ¡Qué bacanal de sangre! Y la falsa contrición es, inevitablemente, un saludo simbólico al morbo que suplanta la moral.
Desde la década de los 20 los sectores ilustrados o semi ilustrados condenan las publicaciones de nota roja, no por sus errores (deformación ilimitada de los hechos, manipulación de la ignorancia, prosa de noticieros del fin del mundo, endiosamiento del prejuicio), sino por sus consumidores más notorios, los pobres, a quienes suponen complacidos en su degradación: Eso leen porque eso les da gusto.
Según esta perspectiva, los lectores, en su gusto por lo sanguinolento, se vierten en relatos pavorosos e imaginan los instantes climáticos (la víspera de los velorios) cuando se derrumban los miedos al castigo. Y se extiende el mensaje: el lector (hoy el televidente o el comentarista gratuito) se alegran: ellos siguen vivos, libres y más o menos ilesos.
En la sucesión de adjetivos límite (“escabroso, monstruoso, tétrico, vomitivo, macabro, repugnante, pavoroso, atroz”), la reseña convulsa triunfa sobre el genuino horror moral. Día a día, la nota roja populariza la intuición de Thomas de Quincey en su ensayo Del asesinato considerado como una de las bellas artes (1827), en el que pone a competir a víctimas y asesinos.
“Una vez pagado el tributo de dolor a quienes han perecido, escribió, y en todo caso, cuando el tiempo ha sosegado las pasiones personales, es inevitable examinar y apreciar los aspectos escénicos de los distintos crímenes…”.
¿Quién murió con gesto más horrendo? ¿Quién sufrió peor: la amante acuchillada o la prostituta estrangulada?
Como si se tratase de un deporte, los lectores examinan y comparan estadísticas, y atienden a los detalles pintorescos o grotescos. Al final, solo se retiene lo memorable: los grandes psicópatas, los asesinos en serie, los reconocidos capos, la cantidad de sangre derramada.
“Siguiola, jalola, saqueola,
La jaló, la pateó, escupiola,
Tirola, la jaló, la pateó,
La tirola
Con una pistola…
Alarma, Alármala de tos,
Uno, dos, tres,
Patada y cos…”
Letra de Alármala de tos,
interpretada por Café Tacuba.
En la década de los 30 la primera revista de éxito es Magazine de Policía del periódico Excélsior, que dura hasta 1969 y lo que sigue es un semanario discreto o, por lo menos, no solicita emociones crispadas. Pero en los años sesenta, la revista Alarma! adquiere con rapidez un público e incluso se procura una “estética” al darle rienda suelta al amarillismo. Sus titulares se vuelven célebres: “Violóla, matóla, enterróla”, “La inmoral madre llevó a sus hijas a la senda de la perdición”, “Muerte a las Poquianchis!”, “Amante celosa se volvió cadáver” y los estremecimientos verbales ilustran las fotos.
Todo para la imagen: los cadáveres hacen alarde de su abandono o pudrición, las sexo servidoras se enfrentan a la cámara que es la mirada reprobatoria, los criminales se dan tiempo para elegir su pose más temible, los trasvestis ríen o se apenan entre risitas. En Alarma! se conjuntan el interés por asomarse a la mala suerte y la “voluptuosidad” de lo horripilante.
En medios pequeños que son sujetos a las verificaciones punitivas del chisme, el gusto por la nota roja viene de la tradición de los relatos abiertos donde, a propósito del origen de las tragedias, ninguna hipótesis convence y todas persuaden.
Un ejemplo macabro por excelencia es el de la señora Trinidad Ruiz Mares, que, en 1971 mata con un bate a su amante, el peluquero Pablo Díaz Ramírez, porque maltrataba a sus hijos. Luego lo descuartiza, y vende tamales con su carne.
A principios de siglo el escándalo hubiese detenido la vida social, pero en 1971 se lee con interés y no mucho más.
Trinidad declaró:
- Cuando ya él estaba frío y no respiraba, le corté las piernas.
- ¿Qué instrumento utilizó para mutilarlo?
- El hacha.
- ¿Y la cabeza?
- También se la corté con el hacha.
El caso fue tan emblemático y popular en la nota roja de la época, que en 1993 el grupo de rock Las Víctimas del Doctor Cerebro lanzó la canción La tamalera, en la que hacen referencia a María Trinidad.
“Ella vendía a su marido hecho pedazos
Por portarse mal y no darle para el gasto…
Tamalera…
Y yo comía los de dulce sin preocupación cuando
Pasó algo que me causó horror…
Me comía yo la mano de un pobre señor y
Nos fuimos asustados a la delegación”
De igual manera, en 1994 Juan López Moctezuma dirigió la película El alimento del miedo, inspirada en el caso. Lo mismo que en 2008, cuando Televisa lanzó un muy popular capítulo de la serie Mujeres asesinas.
En la sociedad de masas, los procesos meramente individuales son vistos con creciente desinterés. De acuerdo al criterio estadístico, una o dos víctimas son casi ninguna y no se pierde el tiempo enterándose de las pequeñas manías del celoso (entre las que figura el ahorcamiento de la infiel), o comentando el extraño caso del compadre muy macho que mató a su machísimo compadre porque no cedió con la prontitud debida a sus más machas intenciones.
Lo morboso va más allá de lo sexual. Se trata de ese impulso por ver imágenes con contenido violento, conocer problemas personales de las celebridades o indagar en los detalles de una tragedia.
Lo cierto es que el morbo, puede tener tanto aspectos saludables como destructivos. Su connotación depende del contexto, la intensidad con la que se sienta y cómo se manifiesta en nuestros actos.
Este concepto se asocia por lo general a lo sexual. De ahí que se mencionen las miradas y las insinuaciones morbosas. Sin embargo, el morbo abarca una gama más amplia de significados.
Por ejemplo, hay una que define al morbo como atractivo de lo turbio, prohibido o escabroso. Y entonces se puede definir también como el deseo de ver, sentir, oír, oler o interactuar de alguna manera con lo que se cataloga como censurado o proscrito.
Vamos, es el interés o la fascinación hacia temas perturbadores, inusuales o tabú en los que se logra placer a través de la trasgresión. En el caso específico del gusto por la nota roja, el morbo se centra en la vida privada y circunstancias dramáticas o trágicas de otras personas.
Por otro lado, y gracias al narco, la nota roja se masifica. Pero el tema es inagotable y cualquier pretensión de abarcarlo tiende a la descripción parcial, pues estimula el ejercicio de la crueldad. El contagio de la violencia no se produce por los telediarios y los programas sensacionalistas (en todo caso allí se aprenden estilos de teatralizar la delincuencia), sino por el abatimiento del valor de la vida humana que el narco genera.
A diario continúan las matanzas, los asesinatos y los hechos escalofriantes: feminicidios por todo el país, personas desaparecidas, huachicol fiscal, tráfico de fentanilo, incursiones en bares donde se asesina a los asistentes, ejecuciones en sitios públicos a plena luz del día, delincuencia exagerada y juvenil, balaceras, extorsiones.
La información, al igual que las imágenes de carácter violento se deben publicar y difundir, el límite es un asunto de buen gusto. Fuera de eso, no veo por qué no deban mostrarse. El riesgo es que se banalicen los hechos, pero eso no es culpa de los ciudadanos, la obligación de los medios es informar.
Por ejemplo, la foto de una cabeza cercenada dejada en una hielera o el video de una persona arrastrada por un auto hasta su muerte, no son imágenes precisamente de buen gusto, pero sí ilustra muy bien los extremos a que ha llegado el crimen en general, organizado o no organizado.
Que al publicarlas se esté haciendo publicidad al crimen es una mentira. La criminalidad en su conjunto se ha convertido en el principal problema político del país, y por supuesto se le tiene que dar cabida a la nota roja, pues, aunque terrible, incorrecta, despreciable y desquiciada, también es, vista en contextos actuales, ingenua y hasta entrañable.
Insistimos, el tema es inagotable.
El que muere al último todavía no ha nacido.
Hoy toca y García García sufre. Adieu.
Un poco más de siete años para desmantelar los pocos contrapesos e instituciones democráticas que se lograron establecer. Un poco más de siete años para destrozar lo que tomó más de treinta construir.






