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LOS CARNAVALES: TRADICIÓN, DESENFRENO Y LIBERTINAJE

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Foto especial: TKP-CARNAVAL-RIO

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“Si el amor es fantasía, últimamente me encuentro

en pleno carnaval”

               Vinicius de Moraes, músico y poeta brasileño,

               autor, junto con Antonio Carlos Jobim, de la

               extraordinaria Chica de Ipanema (1962).

POR EDUARDO GARCÌA GARCÍA

Como bien sabemos, por estas fechas los carnavales son una cita ineludible en medio planeta, un gran negocio turístico y la excusa perfecta para viajar con destino a la fiesta orgiástica y al desenfreno permitido.

Fiestas bulliciosas y bullangueras que se distinguen no sólo por sus animados y espectaculares desfiles, bailes trepidantes, fuegos artificiales, máscaras y disfraces –que en ocasiones duran hasta dos semanas, sino por su desenfreno sexual.

Antiguas prácticas paganas, carnavalescas como las grandes comilonas o bacanales romanas, que los seres humanos explotan, en previsión de una sórdida y triste Cuaresma (periodo de abstinencia que conmemora el retiro de Jesús en el desierto y que empieza formalmente el Miércoles de Ceniza), en una reivindicación sacrílega y brutal de los placeres mundanos.

Del desfiguro y exhibicionismo sexual más duro y callejero a la elegante seducción del baile, así han sido y son los carnavales.

Como es bien sabido, las fechas del Carnaval dependen de las de Semana Santa que, a su vez, se siguen rigiendo por la luna llena. Y la luna llena coincide siempre con esta época, de ahí que oscile en un margen de 28 días, entre mediados de marzo y mediados de abril. Sin embargo, cada localidad tiene sus propias características.

La celebración del Carnaval tiene su origen probablemente en fiestas paganas, como las que se realizaban en honor a Baco, el Dios del vino, las saturnales y las lupercales romanas, o las que se realizaban en honor del Buey Apis en Egipto. Según algunos historiadores, los orígenes de estas fiestas se remontan a las antiguas Sumeria y Egipto, hace más de 5 mil años, con celebraciones similares en la época del Imperio Romano, desde donde se difundió la costumbre por Europa, siendo traída a América por los navegantes españoles y portugueses a partir del siglo XV. Y de ahí, pa’l real.

Para quienes no tenemos la fortuna de vivirlos y sentirlos en carne viva, aquí les presentamos un recorrido por algunos de los más famosos, populares y calientes del mundo.

RÍO DE JANEIRO: ORGÍA SIN CONTROL

Es el carnaval lujurioso por excelencia. Lujo, sexo y violencia colisionan durante cinco días en una liturgia exacerbada que no reconoce clases, orígenes ni colores. Los brasileiros se dedican, durante once meses, a diseñar sus trajes alucinantes y a ahorrar para, en unos días, reventar tanto dinero como el que necesitan para vivir un año entero.

Con todo, para los turistas no todo es posible: algunos bailes están completamente cerrados a los extranjeros, y otros sólo son asequibles a los más pudientes. Para los amantes del colorido espectacular y populachero está el famoso y concurridísimo sambódromo -desfiles, trajes increíbles, concursos y batucada día y noche; para los canallas con poco dinero, la calle. Humedad a flor de piel.

Según los que han estado en él, el término ligar carece ahí de sentido, pues simplemente ocurre. En el Carnaval de Río manoseas, te manosean, besas, fajas y bebes alcohol como cosaco. No se debe llevar nada encima que brille o parezca susceptible de ser robado, porque te lo roban. De dinero, lo justo.

Eso sí, si llevas pareja no te molestes si le meten mano o se le arriman impúdicamente, pues es lo normal. Por eso, los celos están prohibidos hasta el final del carnaval. Y, sobre todo, no vayas disfrazado el Miércoles de Ceniza, pues está prohibidísimo y se paga con la cárcel.

Durante esta temporada, el gobierno carioca suele regalar millones de condones, pues los contagios siguen estando a la orden del día. No hay que ir sin ellos. 

SALVADOR DE BAHÍA: LIBERTINAJE CALLEJERO

Es uno de los más reputados y exóticos, además de ser uno de los más baratos del mundo. Quizá el más popular y uno de los más bullangueros si lo que se busca es lascivia ilimitada. Fiesta continua en las calles donde se liga con furor y se ama con pasión efímera y morbosa, pero hay que andarse con cuidado, sino hasta los zapatos pierdes; alcohol a raudales y sexo ilimitado dibujan el paisaje carnavalesco de esta ciudad brasileña, alegre y sensual dividida entre el confuso núcleo urbano -encima de la loma- y la playa.

La bacanal se encuentra día y noche, en ambos entornos. Erotismo garantizado. Carnaval de Bahía significa pachanga, baile desenfrenado y sexo en estado salvaje en las mismas calles.

Es el único que permite a los extranjeros desfilar en medio de los carros alegóricos sin previa autorización. Lo que hay que hacer para entrar en promiscuidades sin contemplaciones es subirse a ellos y mezclarse descaradamente con las chicas medio desnudas (o de plano encueradas, pero con el cuerpo coloreado) que van allí bailando, lujuriando y, cuando hace falta, hasta de plano en plena acción sexual. Simplemente hay que liberar la mente, las manos y todos los sentidos.

NUEVA ORLEÁNS: DEPRAVACIÓN A RITMO DE JAZZ

El Mardi Gras -Martes Gordo o martes previo a la Cuaresma– de Nueva Orleáns, es probablemente, el espectáculo multitudinario más fuerte, demoledor y pervertido que se pueda ver en estos días en los Estados Unidos, si es que se consigue estar lo suficientemente sobrio en uno de los ambientes más alcohólicos y desenfrenados.

Es el carnaval ideal para los borrachos de hueso colorado. Cargado de un fuerte simbolismo vestimental que va desde los más enloquecidos disfraces paganos hasta los pintorescos negros disfrazados de indios americanos o los desfiles zulús; navega entre lo lujoso y lo naïf y se prolonga desde el sábado hasta el martes con desfiles llenos de color al lado del río, en Canal Street y, sobre todo, en el French Quarter.

Bandas de jazz, fuegos artificiales, comida cajún y lujuria sin freno por todos los rincones, evidenciada en la costumbre de las mujeres de mostrar los senos al público que se agolpa en los viejos balcones del barrio francés esperando el tradicional regalo de collares de cuentas de colores que les arrojan -por las que se vuelven locas y luchan encarnizadamente, pues luego las pueden intercambiar por chelas. No hay acceso a las bacanales privadas si no se conoce a la gente de billete de la localidad.

El domingo de carnaval es la gran fiesta de las Drag Queens (travestis u hombres disfrazados grotescamente de mujer) en la parte francesa, el Quarter, que es también la zona ineludible para vivirla a muerte y ligar. Ahí bulle la animación, la borrachera generalizada y la densa pestilencia a cerveza y orines. Hay vicio y sexo desenfrenado. Se debe tener cuidado, pues hay mucha gente armada. Por supuesto, no es aptoparamentes conservadoras.

SITGES: LOCURA LGBTI+

Al igual que el Carnaval de Sydney, en Australia, el de Sitges, en Barcelona, España, es dedicado desde hace muchos años a sublimar la locura LGBTI+. Abundan los disfraces ranciamente españoles, de cupleteras adornadas excesivamente con mucho lujo y con poderíos arrebatados. Son el telón de fondo de un largo y etílico recorrido que, partiendo del paseo marítimo, pasa obligatoriamente por la zona rosa de la población, ahí donde la noche carnavalesca se funde en un infierno de sexo explícito y orgía sin miramientos. Integrantes de la comunidad y gente común se mezclan en un ritual orgiástico único y salvaje.

Hay que ir disfrazado para evitar pagar a la entrada de los antros. ¿Ligar? ¡Te ligan! -claro, hay que ir solo. Sitges es el más arrebatado y frenético canto a la pachanga LGBTI+ de España.

LA EXQUISITEZ DE VENECIA

Claro está que existen más ofertas interesantes. Tanto por tradición como por su belleza, el de Venecia es el más importante de Europa. Pero todo lo que tiene de exquisitez y diseño, le falta de canallesco, bullanguero y cachondo. Los carnavales de Venecia son bonitos, bellos. Recreaciones deliciosas en las más caras artesanías. Es un carnaval para ver, no para tocar.

Como estos, también los hay en Trinidad, en Martinica y en Cuba, lascivos como todas las fiestas caribeñas; lo mismo en Nueva York, Niza, Tenerife, Londres y Colonia(Alemania), entre muchos otros.

BULLANGUEROS Y LASCIVOS

En México tenemos los populares carnavales de Veracruz, Mazatlán y Mérida, entre otros, que también tienen lo suyo. En su ambiente de locura, degenere y fiesta “tradicional”, todo se vale: disfraces, carros alegóricos, pachanga, música, integrantes de la comunidad LGBTI+, borrachera total y mucha, pero mucha lascivia, incluso en las calles. El de Veracruz es el Mardi Gras mexicano.

Cada año se eligen entre las jóvenes locales a la Reina del Carnaval, que en esencia tiene que estar muy guapa, como lo están todas las jarochas; y, al igual que en Río de Janeiro, eligen un Rey Feo, que tiene que ser feo, simpático, bullanguero y popular.

En Chilangolandia, es decir, la Ciudad de México, se celebran versiones en cada una de sus alcaldías. Sin embargo, hay uno que tiene más de sesenta años de antigüedad y se festeja por las sinuosas calles de la colonia Peñón de los Baños, a un lado del Aeropuerto Internacional Benito Juárez. Originalmente lo protagonizaban únicamente hombres enmascarados y “vestidas” que bailaban solos o en “pareja” al ritmo de una desvencijada tambora; sin embargo, ahora también participan mujeres y niños.

Pese a que con los años se ha ido sofisticando y organizando cada vez mejor, desafortunadamente no deja nunca de haber broncas callejeras y balaceras, gracias a los raudales de alcohol que circulan.

Por supuesto, la ciudad de Pachuca también celebra su propio carnaval. Como siempre, se vive lleno de color, música y tradición, pues lo normal es que participen trajes típicos representativos de regiones como la Huasteca, el Altiplano, el Valle del Mezquital y la zona Otomí-Tepehua, entre otras.

Más de dos mil asistentes vivirán esta riqueza cultural por las principales calles de la capital hidalguense.

En fin, todos los Carnavales son aptos para no dormir, para gozar la vida de lo lindo, soltarse el pelo y evadirse de la triste y cruda realidad en la que vivimos… aunque sólo sea por unos días.

¡Hiiiiiipp! ¡Salud!

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