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Engranes de Poder
Por Víctor González Herrero / @VicGlezHerrero
El cierre de 2025 deja una lección clara para la política mexicana: gobernar no es lo mismo que ganar elecciones. Durante años, el poder se ejerció desde la inercia, la narrativa o la urgencia del momento. Este año, en cambio, marcó el inicio de una etapa distinta. No necesariamente más brillante, pero sí más ordenada. Menos épica, pero más consciente de sus límites. 2025 fue el año en que el poder dejó de improvisar.
El arranque del gobierno de Claudia Sheinbaum implicó, desde el primer trimestre, una redefinición de prioridades. No hubo eventos espectaculares ni rupturas discursivas, sino algo más complejo: método. Orden administrativo, control político y una lectura clara de que el verdadero reto no era ganar legitimidad —esa ya venía y de qué manera, de las urnas—, sino sostenerla con resultados y gobernabilidad. Ese cambio de lógica permeó gradualmente en el aparato federal y, con distintos ritmos, en los estados.
Morena, como fuerza dominante, también vivió su propio ajuste interno. El partido entendió que ya no bastaba con la cohesión electoral ni con la mística del movimiento fundado por Andrés Manuel López Obrador. Gobernar implica disciplina, reglas internas y una jerarquía más clara. A lo largo de 2025 se observaron reacomodos silenciosos, movimientos quirúrgicos y mensajes indirectos que apuntan a una nueva etapa: menos margen para la improvisación política y mayor exigencia de resultados. No todos lo entendieron al mismo tiempo. Algunos liderazgos locales se alinearon rápido; otros siguen atrapados en inercias que tarde o temprano cobrarán factura.
Este proceso no estuvo exento de tensiones. Gobernadores, alcaldes y cuadros intermedios comenzaron a sentir el peso de un poder central más atento, más evaluador y menos tolerante con el desgaste innecesario. La pluralidad interna de Morena —que fue fortaleza en campaña— se convirtió en un desafío de gobernabilidad. El reto no fue callar voces, sino ordenarlas. Y en política, ordenar siempre implica incomodar.
En el plano institucional, 2025 también fue un año de decisiones complejas. Seguridad, economía y programas sociales siguieron siendo los grandes ejes de evaluación ciudadana. No hubo soluciones mágicas ni resultados inmediatos, pero sí una narrativa distinta: reconocer que los problemas estructurales no se resuelven con consignas. Ese reconocimiento, aunque políticamente costoso, marca una diferencia relevante frente a etapas anteriores. Gobernar con expectativas realistas es menos popular, pero más responsable.
La relación entre el poder federal y los estados se redefinió en este contexto. El mensaje fue claro: respaldo sí, pero con responsabilidad compartida. El cierre de 2025 deja ver un mapa desigual. Hay entidades que aprovecharon el orden federal para fortalecer su gestión y corregir rumbos; otras quedaron expuestas por su incapacidad para adaptarse a una lógica menos permisiva. La política ya no se mide sólo por cercanía, sino por desempeño.
En paralelo, la oposición cerró el año sin hechos sólidos. Fragmentada, reactiva y atrapada en el pasado, no logró construir un contrapeso real. Esto no significa que el oficialismo tenga el camino libre, sino que la disputa política se trasladó hacia dentro del propio poder. Cuando no hay adversario externo fuerte, las tensiones internas se vuelven el principal campo de batalla.
2025 dejó claro que los conflictos más relevantes no están en el discurso público, sino en las decisiones internas.
Otro rasgo que definió el año fue el cambio en la comunicación política. Menos confrontación abierta, más control del mensaje. No siempre más claridad, pero sí más cuidado. El poder entendió que cada palabra tiene costo y que la saturación discursiva desgasta. Este ajuste, aunque todavía en proceso, apunta a una comunicación más institucional y menos reactiva, algo indispensable para la etapa que viene.
El cierre de 2025 también obliga a mirar hacia adelante. El orden que comenzó a construirse este año no es un fin en sí mismo, sino una condición para enfrentar lo que viene: un 2026 de acomodos políticos y un 2027 plenamente electoral. Lo que hoy se está midiendo no es popularidad, sino resistencia. Quiénes tienen estructura, resultados y capacidad de operar sin improvisar. Quiénes entienden que el poder ya no se ejerce con ocurrencias, sino con estrategia.
Desde Engranes de Poder, vale subrayar una idea central: 2025 no fue un año de grandes luces, fue un año de decisiones. Decisiones que no siempre se aplauden, pero que definen el rumbo. El poder maduró a la fuerza, empujado por la realidad y por el desgaste natural de gobernar. Falta mucho por corregir, mucho por demostrar y mucho por consolidar. Pero algo cambió: la política comenzó a tomarse en serio a sí misma.
El verdadero balance de 2025 no está en los aplausos ni en las críticas fáciles. Está en el tránsito de un poder que entendió que improvisar cuesta caro y que gobernar exige algo más que voluntad. El cierre del año deja una pregunta abierta: ¿será capaz el sistema político de sostener este orden cuando la presión electoral vuelva a dominar la agenda? La respuesta empezará a escribirse muy pronto.
Por ahora, 2025 se despide como el año en que el poder dejó de improvisar. Y eso, en un país acostumbrado a la urgencia, ya es un cambio profundo.
Al tiempo.
Desde esta columna, les deseamos que sea un excelente 2026 para todos.






