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Engranes de Poder
Por Víctor González Herrero / @VicGlezHerrero
Hay momentos en la política internacional en los que hablar demasiado es tan riesgoso como no decir nada. El inicio de 2026 ha colocado a varios países en ese dilema, y México —una vez más— ha optado por una estrategia que suele incomodar a unos y tranquilizar a otros: el silencio diplomático calculado.
Mientras el mapa político global se ha movido con fuerza en las primeras semanas del año, con tensiones renovadas en América Latina, mensajes duros desde Washington y una narrativa internacional que privilegia la acción por encima de la diplomacia tradicional, México ha decidido no correr, no opinar de más y no colocarse innecesariamente en el centro del huracán. Para algunos, esa postura es tibieza. Para otros, es experiencia.
El contexto no es menor. El arranque de 2026 ha estado marcado por versiones encontradas, declaraciones altisonantes y operaciones que —más allá de su veracidad puntual— han reactivado un debate profundo sobre soberanía, intervención, legitimidad y fuerza. El solo hecho de que se hable con naturalidad de “extracciones”, “acciones directas” o “justicia internacional ejecutada” dice mucho del clima que estamos viviendo. El mundo parece haber entrado en una etapa donde el poder ya no siempre se explica: se ejerce.
No es una postura improvisada. Históricamente, la diplomacia mexicana ha sido construida desde principios claros: no intervención, solución pacífica de controversias, autodeterminación de los pueblos. Principios que, dicho sea de paso, hoy están bajo presión en un sistema internacional cada vez más pragmático y menos romántico. Guardar silencio, entonces, no es evadir; es no traicionar una tradición mientras se evalúan costos y consecuencias.
Pero también hay un factor interno que no puede ignorarse. México entra en 2026 con retos propios: consolidación política, estabilidad económica, atracción de inversión, seguridad y, sobre todo, la antesala de un ciclo electoral que exigirá cabeza fría. En ese contexto, engancharse en debates externos de alta polarización puede ser más rentable para la conversación pública… que para el interés nacional.
Desde Washington, el mensaje es claro: el liderazgo estadounidense vuelve a privilegiar el músculo sobre el consenso. No es una novedad absoluta, pero sí una señal de época. Frente a eso, algunos actores latinoamericanos han reaccionado con aplausos, otros con condenas abiertas. México, en cambio, mide. Sabe que su relación con Estados Unidos es estratégica, compleja y estructural. También sabe que cualquier palabra mal colocada puede leerse como alineamiento automático o como ruptura innecesaria.
En América Latina, la situación no es menos delicada. Las reacciones a los movimientos recientes han evidenciado fracturas internas, liderazgos que celebran lo que otros cuestionan y figuras públicas que, en su afán de capitalizar el momento, han terminado pagando costos de imagen. La política internacional no perdona el entusiasmo mal calculado. Y México, con esa experiencia a cuestas, ha optado por no subirse al aplausómetro ni al linchamiento inmediato.
Porque México entiende algo que a veces se pierde en la conversación pública: no todo posicionamiento suma. Hay momentos en los que hablar no construye, sino que encierra. Y 2026 apenas comienza como para gastar capital diplomático en pronunciamientos que, en semanas o meses, podrían volverse obsoletos o incómodos. Y Aquí se nota la mano fina de don Juan Ramón de la Fuente, el canciller mexicano.
La verdadera pregunta no es por qué México calla, sino qué está observando mientras calla. Y lo que se observa no es menor: un mundo donde las reglas se reinterpretan, donde los premios simbólicos pesan menos que los hechos consumados y donde los liderazgos se evalúan más por su capacidad de ejecutar que por su narrativa moral.
En ese mundo, México sabe que su fortaleza no está en la estridencia, sino en la estabilidad. No en el protagonismo momentáneo, sino en la permanencia. No en la frase viral, sino en la posición sostenible.
Claro que el silencio tiene riesgos. Puede ser interpretado como falta de carácter o como cálculo excesivo. Pero también evita errores que luego cuestan años corregir. Y en política exterior, los errores no se editan: se arrastran.
A medida que avance 2026, México tendrá que hablar. Inevitablemente. Habrá momentos en los que el contexto obligue a fijar postura, a mediar, a asumir liderazgo regional o a defender principios con mayor claridad. Pero hacerlo cuando corresponde, y no cuando la presión mediática lo exige, es parte del arte.
Por ahora, México hace lo que mejor sabe hacer cuando el entorno se vuelve volátil: guardar silencio, observar, evaluar y decidir.
Porque en un mundo que grita, a veces el que calla no se esconde. A veces, se prepara.
Al tiempo.






