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Engranes de Poder
Por Víctor González Herrero / @VicGlezHerrero
Hay temas que uno pensaría que ya quedaron en los libros, acomodados entre fechas, nombres y estatuas, pero basta un momento político específico para que regresen, no como historia, sino como emoción. Eso pasó estos días. La visita de Isabel Díaz Ayuso, Presidenta de la Comunidad de Madrid, terminó siendo mucho más que un episodio diplomático: se convirtió en detonador. Y lo que detonó no fue menor.
De pronto volvió al centro del debate la figura del conquistador Hernán Cortés de Monroy y Pizarro Altamirano, con todo lo que arrastra: identidad, agravio, orgullo, incomodidad. Un personaje que en realidad nunca se ha ido del todo, pero que tampoco había estado tan presente en la conversación pública reciente. La presidenta Claudia Sheinbaum decidió entrar a ese terreno. No lo hizo en el vacío. Lo hizo en un contexto donde la narrativa importa tanto como la política pública. Y ahí es donde el asunto se vuelve interesante, porque más allá de posturas, lo que estamos viendo es cómo el pasado se activa en función del presente.
No es la primera vez. Si uno se asoma con calma a la historia, encuentra algo revelador: ni siquiera para Carlos I de España, Cortés fue una figura cómoda. Lo premió, sí, pero también lo limitó, lo vigiló, lo acotó. Había una razón clara: ningún poder central tolera fácilmente a quien acumula demasiado poder en los márgenes. Cinco siglos después, lo que cambia no es el fondo, sino la forma.
Hoy Cortés ya no es un actor político, pero sí un símbolo disponible. Y como todo símbolo potente puede ser leído de muchas maneras. Para algunos representa el origen de una herida. Para otros, el inicio de una identidad compleja, mestiza, inevitable. Y para la política —que rara vez desperdicia símbolos— es una pieza útil. Ahí es donde la conversación se enreda.
Porque la visita de Ayuso no sólo puso sobre la mesa una visión más reivindicativa del pasado español; también evidenció que existen dos maneras muy distintas de narrar la misma historia. No necesariamente opuestas en esencia, pero sí en tono, en énfasis, en intención. Y en medio de eso México vuelve a mirarse a sí mismo.
No es casualidad que estos temas resurjan en momentos de polarización. La historia, cuando se activa desde la emoción, tiene una capacidad enorme para ordenar el mundo en bandos claros. Para decir quiénes somos y, sobre todo, quiénes no somos. El problema es cuando esa simplificación sustituye a la comprensión.
Porque Cortés, siendo objetivos, no fue un personaje plano. Tampoco lo fue el proceso que encabezó. Ni siquiera la relación con España puede entenderse en términos de blanco y negro. Hay contradicciones, tensiones, matices. Hay decisiones políticas, intereses, circunstancias. Hay, en pocas palabras, historia. Y la historia rara vez cabe en un eslogan. Es más, México no existía en aquel entonces.
Quizá por eso el punto no está en decidir si hay que reivindicar o condenar a Cortés. Esa es una discusión que probablemente nunca se cierre del todo. El punto, más bien, es qué hacemos con esa memoria. Si la usamos para entendernos mejor, o para dividirnos con más facilidad.
Porque cuando el pasado se convierte en herramienta política corre el riesgo de perder profundidad. Se vuelve útil, sí, pero también más frágil. Más manipulable. Más inmediato. Y sin embargo también abre una puerta: la de asumir que nuestra historia es compleja, que no siempre es cómoda y que no tiene por qué resolverse en extremos. Que puede, incluso, ser un espacio para construir una conversación más amplia, más madura, menos reactiva.
En ese sentido, quizá valga la pena preguntarnos si estamos discutiendo la historia… o utilizándola. Porque no es lo mismo revisarla con honestidad que activarla selectivamente. Una cosa implica asumir matices; la otra, elegir fragmentos que confirmen una posición previa. Y en política, esa línea suele ser más delgada de lo que parece.
También hay un componente de oportunidad. Los temas que apelan a la identidad profunda difícilmente son neutrales en su efecto. Movilizan, alinean, generan conversación. Pero también desplazan otros debates que requieren atención. No es necesariamente una estrategia equivocada, pero sí una que conviene entender en toda su dimensión.
No es sencillo. Nunca lo ha sido. Pero quizá ahí está la diferencia entre usar la historia… o realmente entenderla.
Al tiempo.






