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CUANDO EL PODER SE INCOMODA CON LAS VOCES LIBRES

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Engranes de Poder

Por Víctor González Herrero / @VicGlezHerrero

Hay algo profundamente peligroso cuando desde el poder comienza a crecer la idea de que la crítica incomoda demasiado. Cuando algunos gobiernos, sin importar el color, empiezan a convencerse de que el problema no es la inseguridad, la corrupción, la falta de resultados o la desconexión con la ciudadanía… sino los medios, periodistas o articulistas que lo exhiben. Ahí es donde empieza el verdadero riesgo. Porque seamos honestos, la censura nunca llegará anunciándose como censura.

Jamás aparecerá con uniforme militar ni con un enorme letrero de “prohibido opinar”. No. La censura moderna suele disfrazarse de regulación, de “combate a las fake news”, de protección moral, de control digital, de responsabilidad social o incluso de “defensa del pueblo”. Siempre encuentra una causa noble para justificarse. Siempre intenta venderse como algo necesario. Y justo ahí está la trampa.

México empieza a escuchar cada vez más voces que hablan de controlar contenidos, regular plataformas, limitar discursos o señalar públicamente a medios incómodos. Algunas propuestas vienen desde gobiernos locales, otras desde actores políticos, otras desde sectores radicalizados de redes sociales que creen que callar al que piensa distinto resolverá los problemas del país. Pero no importa de dónde venga. El riesgo es el mismo.

Porque una democracia madura, no se mide por cómo trata a quienes le aplauden. Se mide por cómo tolera a quienes la cuestionan. Y eso es algo que México parece olvidar por momentos.

Lo más delicado es que la tentación autoritaria nunca distingue partidos. Hoy puede venir de un lado ideológico y mañana del contrario. Hoy puede afectar a periodistas críticos de un gobierno y mañana a comunicadores incómodos para otro. La censura no tiene camiseta. Cuando se normaliza, nos termina alcanzando a todos.

La historia latinoamericana está llena de ejemplos donde el poder empezó diciendo “solo queremos ordenar” y terminó construyendo aparatos completos de intimidación mediática. Primero desacreditan a periodistas. Después los exhiben. Luego buscan asfixiarlos económicamente. Más adelante aparecen presiones judiciales, amenazas regulatorias o mecanismos de “verificación oficial”. Todo parece pequeño al inicio. Incluso muchos lo aplauden y se congratulan porque afecta “a los otros”. Hasta que un día, el silencio alcanza a todos.

Y sí, también es verdad que vivimos tiempos complejos. Las redes sociales están llenas de desinformación, noticias falsas, manipulación, campañas negras y desacreditación social. Nadie puede negar eso. El problema es quién decide qué puede decirse y qué no. El problema es la prohibición en si misma. Porque cuando esa facultad comienza a concentrarse en el poder político, la línea entre combatir la mentira y controlar la narrativa se vuelve peligrosamente delgada.

Hay una frase que debería preocuparnos más de lo que creemos: “hay demasiada libertad”. Porque normalmente quien la pronuncia no busca mejorar el debate público. Busca reducir el ruido que le incomoda. Y recordemos que México ya conoce y bastante bien, ese camino.

Durante décadas hubo medios alineados, silencios pactados y críticas selectivas. Hubo periodistas intocables y otros perseguidos. Hubo líneas editoriales dictadas desde oficinas gubernamentales. Muchos de los avances democráticos del país llegaron precisamente cuando esa estructura comenzó a romperse. Por eso resulta tan delicado que hoy existan intentos, discursos o propuestas que quieran regresar —aunque sea parcialmente— a la idea de que el gobierno debe decidir qué se puede comunicar y qué no.

Porque el problema no es solamente político. También es cultural.

Estamos entrando a una época donde una parte de la sociedad ya no quiere debatir: quiere cancelar. Ya no quiere confrontar ideas: quiere desaparecerlas. Ya no busca convencer: busca silenciar. Y eso aplica para todos los extremos ideológicos. El fanatismo digital ha convertido la diferencia de opinión en una especie de delito moral. Si alguien piensa distinto, automáticamente se vuelve el enemigo.

Pero las democracias no se construyen eliminando voces. Se fortalecen soportando incluso aquellas opiniones que incomodan.

Claro que debe haber límites cuando existen delitos reales: amenazas, violencia, difamación comprobable o incitación directa al crimen. Eso ya está contemplado en la ley. Pero una cosa es sancionar delitos y otra muy distinta crear mecanismos de control político sobre la conversación pública. Ahí es donde comienzan los regímenes que después nadie puede frenar.

Y quizá lo más preocupante es que muchas veces el ciudadano común no percibe el peligro inmediato. Porque la censura moderna ya no siempre baja programas de televisión o clausura periódicos. Ahora funciona mediante presión económica, campañas digitales, auditorías selectivas, linchamientos públicos o desgaste judicial. Mucho más sofisticada. Mucho más silenciosa. Mucho más efectiva.

Por eso el debate no debería centrarse en defender medios específicos, periodistas concretos o gobiernos determinados. El verdadero tema es defender el derecho de todos a cuestionar al poder sin miedo a represalias. Porque el día que un gobierno —del partido que sea— logre decidir qué crítica es válida y cuál no, la democracia empieza a convertirse en propaganda.

Y recuperar libertades perdidas siempre cuesta muchísimo más que defenderlas a tiempo.

México necesita mejores medios, sí. Más éticos, más responsables y más profesionales. Pero también necesita gobiernos capaces de soportar el escrutinio, la crítica y la incomodidad pública sin caer en la tentación de querer controlar la conversación nacional.

Porque cuando el poder comienza a sentirse dueño de la verdad, lo primero que intenta desaparecer es la duda. Y una sociedad sin dudas termina siendo una sociedad obediente. Y las sociedades obedientes jamás terminan bien.

Al tiempo.

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