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LA TRAMPA TAMBIÉN SE APRENDE

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Por Víctor González Herrero / @VicGlezHerrero

Todavía recuerdo cuando presenté mi examen de admisión. El estrés, la incertidumbre. Esa sensación de tener una hoja de preguntas y saber que, de alguna manera, buena parte de lo que vendría después, dependía de las respuestas marcadas.

Cuando hice mi proceso para ingresar a la UNAM, no había inteligencia artificial vigilando una pantalla, ni reconocimiento facial, ni plataformas capaces de detectar movimientos sospechosos. Había un gran espacio o si bien nos iba, un salón de clases y miles de aspirantes, un lápiz y una enorme presión.

Pero, sobre todo, había una idea muy clara: demostrar lo que sabíamos y ganarnos un lugar.

Por eso resulta difícil no mirar con preocupación lo que acaba de ocurrir con el examen de admisión de la Universidad Nacional Autónoma de México.

La UNAM decidió llevar por primera vez a gran escala, su examen de ingreso a licenciatura al formato en línea. Participaron 158 mil 712 aspirantes. La Universidad aseguró inicialmente que la plataforma había funcionado perfectamente y que se habían detectado y bloqueado, algunos exámenes por conductas contrarias a la normatividad.

Después comenzaron a aparecer las dudas… y los problemas.

Resultados atípicos, cientos de calificaciones perfectas, denuncias sobre servicios que ofrecían resolver o sustentar los exámenes, posibles suplantaciones y otras irregularidades obligaron a la Universidad a revisar el proceso. Se presentó una denuncia penal y terminó rescindiendo anticipadamente el contrato con la empresa encargada de la plataforma.

Y entonces vino lo que nadie quería escuchar después de publicar los resultados: había que hacer un nuevo examen de control.

La UNAM determinó que alrededor de 58 mil aspirantes presentarían una nueva prueba. Es decir, miles de jóvenes que ya habían pasado por la tensión de un examen de esta magnitud, tendrán que volver a sentarse para demostrar que el resultado obtenido originalmente corresponde realmente a sus conocimientos.

Ahí es donde el problema deja de ser solamente tecnológico.

La UNAM tiene que explicar qué falló. Tiene que revisar sus mecanismos de supervisión, la contratación de la empresa, los controles y las decisiones que llevaron a implementar un proceso que terminó tan cuestionado.

Una institución como la Máxima Casa de estudios de México no puede pedirle a un aspirante honestidad, mientras ella misma no es capaz de garantizar plenamente la certeza de su proceso de selección.

Pero tampoco podemos mirar hacia otro lado frente a la otra parte de la historia.

La trampa.

Porque sería demasiado fácil culpar solamente a una plataforma, a una empresa o a las autoridades universitarias.

Algunos decidieron que el objetivo era entrar a la universidad, aunque para conseguirlo hubiera que encontrar la manera de burlar las reglas.

¿En qué momento dejamos de pensar que hacer trampa estaba mal y comenzamos a pensar en como lograr que no nos descubrieran?

Ese cambio es mucho más profundo de lo que parece. No se trata solamente de un examen. Se trata de la “cultura del atajo”.

Del no pasa nada, todos lo hacen, si no lo hago yo, alguien más lo hará.

Y esa lógica aparece en muchos lugares de nuestra vida pública y privada. Aparece cuando alguien copia en la escuela, cuando compra un trabajo académico, cuando consigue un trámite mediante una mordida, cuando busca una recomendación para saltarse un procedimiento, cuando plagia una idea o cuando justifica una ventaja indebida porque considera que las reglas son solamente un obstáculo.

No significa que México sea un país de tramposos. Mucho menos que todos los jóvenes que presentaron el examen hayan actuado de manera deshonesta.

Hay miles de aspirantes que hicieron exactamente lo que tenían que hacer: estudiar, prepararse, sentarse frente a una computadora y contestar con sus propios conocimientos.

Y son precisamente ellos quienes terminaron pagando parte de las consecuencias.

El joven que estudió durante meses ahora tendrá que demostrar nuevamente que su resultado fue legítimo. El que hizo las cosas correctamente tendrá que cargar con la sospecha provocada por quienes decidieron hacer trampa.

Durante años hemos hablado de corrupción, de impunidad y de instituciones débiles. Pero quizá pocas veces nos detenemos a pensar que la cultura de la deshonestidad también se construye desde abajo, en pequeñas decisiones cotidianas, cuando enseñamos que conseguir el resultado importa más que respetar el camino.

La corrupción no comienza exclusivamente en una oficina de gobierno.

Comienza cuando un niño aprende que copiar es válido si no lo descubren.

Cuando un estudiante entiende que una calificación puede conseguirse sin estudiar.

Cuando un adulto explica que las reglas están hechas para quienes no saben cómo romperlas.

Y entonces llegamos al punto de partida: la UNAM.

La máxima casa de estudios tendrá que responder por sus decisiones. Tendrá que explicar qué ocurrió, quién falló y cómo evitará que vuelva a suceder.

Pero los aspirantes también tienen una responsabilidad.

Porque entrar a la universidad no es solamente conseguir un lugar, significa demostrar que se está preparado para ocuparlo.

Yo recuerdo aquellos nervios de mi examen de ingreso. Recuerdo la incertidumbre de no saber si pasaría. Recuerdo también que al terminar, se vivía con la idea de saber si había contestado bien o mal.

No había una segunda oportunidad para esconder las respuestas detrás de una pantalla.

Y ahora miles de jóvenes regresarán a un salón para demostrar algo que ninguna inteligencia artificial puede acreditar por ellos: que el resultado que obtuvieron es realmente suyo.

Porque al final, el problema de hacer trampa no es solamente que alguien gane haciendo trampa.

El verdadero problema es que obliga a quien hizo las cosas bien a demostrar nuevamente que fue honesto.

Y esa, quizá, es la peor calificación que podemos obtener como sociedad.

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