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VIGGIANO Y SU FORTUNA «GANADA A PULSO»

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* Con el sello fresco y la firma de la registradora pública suplente de San Miguel de Allende, Guanajuato, Magdalena García Méndez, el certificado de gravámenes con fecha del 22 de septiembre de 2026 echa por tierra las mentiras de la senadora priista Carolina Viggiano, pues ahora resulta que la inmaculada senadora es dueña indiscutible del lote 12 en la manzana 7 del exclusivo fraccionamiento Zirándaro, demostrando que mientras cientos de comunidades hidalguenses cargan con la miseria heredada por el tricolor, su cúpula colecciona propiedades de ganga increíble.

Por Antonio Ortigoza Vázquez / @ortigoza2010

Especial de Expediente Ultra

Dime de qué presumes en la tribuna del Senado y te diré qué certificado del Registro Público te desmiente con notaría y firma oficial. En la larga y penosa agonía del tricolor, las posturas de falsa beatitud y los gritos de indignación de su cúpula ya no engañan ni a los correligionarios más despistados.

La historia de los gangazos inmobiliarios de Alma Carolina Viggiano Austria ya no es un secreto a voces ni un invento de café; los documentos oficiales hablan por sí solos y no admiten pataletas de «campaña en su contra». Gracias al certificado de gravámenes expedido por la Secretaría de Gobierno de Guanajuato, el rompecabezas de su opulencia sumó su prueba reina: el documento con folios y sellos de la Tesorería estatal que confirma la propiedad del lote ubicado en el fraccionamiento Zirándaro, en San Miguel de Allende.

A lo largo de sus 312.24 metros cuadrados de superficie registrados, el complejo ofrece amenidades dignas del jet set… lagos artificiales, áreas verdes, academia y un campo de golf de nueve hoyos donde la senadora decidió plantar parte de los frutos de su supuesta «austeridad». La adquisición, hecha a precio de liquidación simulada al igual que sus triquiñuelas catastrales en el Club de Golf Pachuca, exhibe una vez más el abismo entre el discurso oficial y la realidad de los bolsillos priístas.

Pero la señora jura y perjura que todo es fruto de treinta años de un supuesto trabajo incansable —Qué cómoda narrativa—. Habría que preguntarle a los millones de mexicanos que doblan el lomo en talleres, surcos y changarros por el salario mínimo si alguna vez han visto los frutos de esas tres décadas reflejados en una mansión de cuarenta millones en Las Lomas de Chapultepec, un nidito con viñedos y campo de golf en Guanajuato, propiedades en Texas y parcelas en Tepehuacán. En el México real, amasar semejante emporio con sueldos del erario solo tiene un nombre, y no es precisamente el esfuerzo.

La incongruencia raya en el cinismo más descarado, pues mientras la plana mayor del PRI se despacha con la cuchara grande los casi mil millones de pesos al año que el INE les regala vía prerrogativas —mientras el partido agoniza sin militantes ni estructura real—, sus jerarcas andan buscando en qué rincón del país invierten el excedente.

Y cuando la prensa seria y los documentos oficiales sacan a la luz los folios, la reacción inmediata es la misma pataleta, la de gritar a los cuatro vientos que se trata de una persecución orquestada desde el gobierno de Hidalgo. Se sienten perseguidos cuando las propias oficinas registrales de otros estados se encargan de firmarles el recibo de sus transas inmobiliarias.

La opulencia, al igual que el hilo negro de la corrupción, jamás se puede disimular con discursos de sobremesa; y menos cuando los sellos oficiales del Registro Público de la Propiedad terminan por demoler el discursito barato de la honestidad valiente que tanto cacarean.

Si de verdad le sobra congruencia —haciendo honor de dientes para afuera a las viejas siglas de su partido de «revolucionarios»— y le duele el atraso de su tierra natal, esa misma Huasteca y ese Mezquital que el tricolor dejó en los huesos durante setenta años de hegemonía caciquil, que organice su propia «reforma agraria» desde la notaría… que remate su lote de Zirándaro, sus mansiones y sus departamentos a precio real, y devuelva en efectivo a las comunidades marginadas lo que el erario les escatimó.

Pero no nos hagamos falsas ilusiones. Al buey se le conoce por el yugo y a los políticos de su calaña por el tamaño del portafolio. Las escrituras no mienten, los notarios firman y los operadores del viejo régimen se retratan solos cada vez que intentan vender su pureza con chequera ajena.

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