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Engranes de Poder
Por Víctor González Herrero / @VicGlezHerrero
México ganó el partido inaugural y la euforia mundialista ya tomó al país. Las calles se llenaron de banderas, los grupos de WhatsApp revivieron, los expertos de ocasión aparecieron por todas partes y las redes sociales encontraron un nuevo tema dominante. Durante los próximos días hablaremos de futbol en la oficina, en la escuela, en la comida familiar y hasta en la fila del supermercado. Discutiremos alineaciones, cambios, estrategias y posibilidades. Nos emocionaremos con cada resultado y sufriremos con cada error.
Y la verdad es que está bien. Muy bien. Los mexicanos también tenemos derecho a celebrar. Durante años hemos escuchado discursos que parecen condenar cualquier espacio de alegría colectiva. Como si emocionarse con el deporte fuera una forma de irresponsabilidad ciudadana. Como si disfrutar un Mundial significara automáticamente renunciar al pensamiento crítico. No considero que sea así.
Las sociedades necesitan momentos de encuentro. Necesitan símbolos comunes y emociones compartidas. Y pocas cosas logran eso con la fuerza que lo hace un Mundial de Futbol.
Lo verdaderamente importante, no es que México esté hablando de futbol sino preguntarnos qué sucede con todo lo demás mientras hablamos de futbol.
Porque en efecto, el Mundial comenzó, pero el país no se detuvo.
Mientras la Selección Mexicana disputaba su primer partido, las manifestaciones afuera del Estadio Azteca-Banorte-Ciudad de México, de la CNTE seguían presentes. Mientras millones de personas celebraban el triunfo, las madres buscadoras continuaban haciendo lo que han hecho durante años: buscar a quienes nadie más ha encontrado. Mientras los 2 estadios mexicanos se llenaban y las cámaras internacionales mostraban la mejor cara de nuestras ciudades, millones de ciudadanos seguían enfrentando problemas cotidianos relacionados con seguridad, servicios públicos, salud, educación y oportunidades económicas.
México no entró al medio tiempo. México sigue jugando. Y quizás ahí está la reflexión que vale la pena hacer en medio de la fiesta mundialista.
Vivimos en una época donde la atención pública se ha convertido en uno de los recursos más escasos. Cada semana surge una nueva conversación. Cada día aparece un nuevo tema. Cada hora existe una nueva polémica. Lo importante dura poco y lo urgente dura menos.
La velocidad con la que olvidamos se ha vuelto tan preocupante como la velocidad con la que nos informamos. Por eso los grandes eventos tienen un efecto tan poderoso. No solamente capturan nuestra atención; también desplazan todo lo demás.
Durante 4 semanas estaremos pendientes de las tablas de posiciones, de los cruces, de los favoritos y de las sorpresas. Y no hay nada malo en ello. El problema aparece cuando comenzamos a actuar como si aquello que no aparece en las pantallas hubiera dejado de existir. Porque los problemas de un país no desaparecen cuando cambian los titulares.
Las demandas sociales no se resuelven porque un estadio esté lleno. Las necesidades de millones de personas no se suspenden porque haya un ambiente de celebración. Y las responsabilidades de quienes gobiernan no deberían disminuir porque la conversación pública esté concentrada en otro tema.
A veces pareciera que en México tenemos la costumbre de movernos de emoción en emoción sin detenernos a resolver los asuntos de fondo. Saltamos de una indignación a otra. De una tendencia a otra. De una polémica a otra. Y ahora, naturalmente, hemos saltado al Mundial.
Pero los temas de fondo siguen esperando: más de 104 mil desaparecidos, los servicios públicos, la seguridad pública, la educación, el empleo, la salud.
Porque esa es la diferencia entre un partido de futbol y los desafíos de una nación.
Uno tiene fecha de inicio y fecha de conclusión. El otro se juega todos los días.
Por eso resulta equivocado plantear una falsa disyuntiva entre disfrutar el Mundial o mantenernos atentos a la realidad nacional. No tendríamos que elegir entre una cosa y la otra. Una sociedad madura debería ser capaz de hacer ambas. Podemos celebrar un triunfo de la Selección Mexicana y al mismo tiempo exigir mejores resultados a nuestras instituciones.
Podemos emocionarnos con un gol y seguir interesados en los problemas que afectan a nuestras comunidades. Podemos sentir orgullo cuando el mundo observa a México y, al mismo tiempo, reconocer que todavía existen enormes desafíos por resolver.
Saldrá un nuevo campeón. Habrá fotografías históricas y recuerdos imborrables. Habrá jugadores convertidos en leyenda y millones de personas guardarán nuevamente las playeras hasta la próxima Copa del Mundo.
Pero al día siguiente, las madres buscadoras seguirán buscando, decenas de manifestaciones seguirán ocurriendo. Los hospitales seguirán necesitando recursos. Las escuelas seguirán enfrentando retos. Los ciudadanos seguiremos esperando respuestas.
Y los gobiernos seguirán teniendo obligaciones que cumplir.
México merece disfrutar esta fiesta. Merece emocionarse con cada triunfo y soñar con cada partido. Lo que no puede permitirse es olvidar que, mientras rueda el balón, existe otro partido que continúa jugándose.
Porque cuando se apaguen las luces de los estadios y el mundo deje de mirar hacia nuestras canchas, los mexicanos seguiremos aquí, enfrentando los mismos desafíos y buscando las mismas respuestas.
Y sobre todo, jugando cada día, el verdadero partido de México.
Al Tiempo.






