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EL PAÍS QUE NECESITABA Y MERECÍA UNA FIESTA

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Engranes de Poder

Por Víctor González Herrero / @VicGlezHerrero

En esta columna también seguimos en ambiente mundialista. Sería imposible ignorarlo. Las conversaciones giran alrededor del fútbol, las calles se llenan de colores, los restaurantes y plazas públicas vibran con cada partido y, por unos días, la fiesta futbolera se convierte en el idioma común de millones de personas.

Y qué bueno. Porque hay imágenes que explican mejor a un país que cualquier encuesta, que cualquier discurso o que cualquier posicionamiento. Y esta semana vimos algunas de ellas.

Miles de personas reunidas en el Ángel de la Independencia. Familias enteras ocupando plazas y calles en la Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey. Mexicanos abrazándose con desconocidos después de un gol. Colombianos celebrando como si estuvieran en su  casa. Turistas de todos los continentes compartiendo comida, canciones, fotografías y emociones con quienes apenas unas horas antes eran completos extraños.

México ganó el partido inaugural, siguió su racha contra el equipo de Corea del Sur, un partido que mantuvo al aficionado al borde de su silla, un gol, una salvada magistral del portero mexicano y la euforia se desbordó.

Y justamente el mundo vio que las imágenes más importantes del Mundial 2026 no están dentro de los estadios. Están afuera. Están en las calles, en las plazas públicas, en las oficinas y en las escuelas.

Porque lo que estamos viendo va mucho más allá del fútbol. Vemos un país que necesitaba una fiesta. Que le urgía celebrar algo sin colores partidistas, sin divisiones y polarizaciones políticas. Y sí, después de mucho tiempo, México también la merecía.

Hay quienes creen que el Mundial se juega únicamente en la cancha. Se equivocan rotundamente. Los goles generan felicidad, pero son las historias las que construyen memoria. Lo que estamos viendo en las calles de México no es producto de la casualidad: es la fuerza de una narrativa capaz de unir a millones alrededor de un mismo símbolo, una misma emoción y esperanza. Al final, los países también se construyen así: con relatos compartidos que nos recuerdan quiénes somos y quiénes queremos llegar a ser.

Sin embargo, el Mundial también nos está mostrando una realidad que debería invitarnos a reflexionar.

Porque mientras millones de personas observan al país, las ciudades sede lucen espectaculares. Diversas calles y avenidas rehabilitadas. Espacios públicos renovados. Operativos coordinados. Movilidad reforzada.

Podríamos decir, a simple vista: Una imagen moderna, vibrante y funcional de México frente al mundo.

Y qué bueno que así sea.

México tiene TODO para mostrarse orgullosamente al planeta.

Lo incómodo es que estas imágenes también provocan una pregunta inevitable. ¿Por qué sólo cuando el mundo nos está viendo?

Porque basta alejarse un par de calles de las rutas turísticas para encontrarse nuevamente con los pendientes de siempre. Colonias olvidadas, infraestructura deteriorada, servicios públicos insuficientes y espacios urbanos que durante años han esperado la misma atención que hoy reciben las zonas que aparecen en las transmisiones internacionales.

No es una crítica al esfuerzo realizado. Al contrario. Es el reconocimiento de que cuando se quiere, sí se puede.

Y justamente por eso resulta imposible no preguntarse por qué muchas de esas acciones parecen acelerarse únicamente cuando existe una fecha límite, una cámara internacional o millones de espectadores observando.

El Mundial está exhibiendo la mejor versión de nuestras 3 ciudades mundialistas.

La pregunta que podemos hacerle a nuestras autoridades, es si tendremos la voluntad de conservarla cuando los reflectores se apaguen. Porque los ciudadanos no deberían recibir una mejor ciudad sólo cuando llegan visitantes de otros países. Tendrían que recibirla todos los días.

Podemos decir, que posiblemente esa sea la mejor lección de estas primeras jornadas mundialistas. No la victoria de México. No la fiesta en el Ángel. No las postales que recorren el planeta.

La verdadera lección es descubrir que seguimos teniendo una enorme capacidad para unirnos alrededor de algo positivo.

En tiempos donde la indignación parece dominar la conversación pública, ver a miles de personas celebrando juntas se convierte casi en un acto de esperanza.

Y claro, como la vida, el Mundial pasará y los estadios volverán a la normalidad. Las cámaras de televisión internacionales se irán y cada una de las selecciones regresarán a casa. Los influencers, tiktokers y youtuberos cambiarán de tema.

Pero ojalá algo permanezca. Que todos los mexicanos recordemos que, detrás de nuestras diferencias, existe un país mucho más grande que cualquier debate político, mucho más fuerte que cualquier coyuntura y mucho más generoso de lo que a veces creemos.

Porque al final, las imágenes que quedarán en la memoria no serán únicamente las de los goles. Serán las de un pueblo que volvió a sonreír, celebrar y abrazarse al mismo tiempo.

Y quizás, eso era exactamente lo que México necesitaba. Una fiesta.

Pero también un recordatorio de todo lo que es capaz de lograr cuando decide jugar en el mismo equipo. Y si, ¿sí?

Al tiempo.

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