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LA COLADERA

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Por Pascal Beltrán del Río / @beltrandelrio

De acuerdo con el sitio de viajes kayak.com, sólo hay ocho países en el mundo completamente abiertos al turismo, en los que ni siquiera se requiere que los visitantes porten el resultado de una prueba PCR o de antígeno, que muestre que no están infectados por el virus SARS-CoV-2, realizada antes de llegar al país.

Cuatro de esos países son europeos y cuatro latinoamericanos: Albania, Colombia, Costa Rica, Países Bajos, República Dominicana, Rumanía, Macedonia del Norte… y México. Si usted quiere visitar cualquier otro, enfrentará restricciones.

De acuerdo con la misma fuente, hay un grupo de 75 naciones que están completamente cerradas al turismo. Entre ellas, Canadá, Argentina, Chile, Noruega, Hungría, Senegal, Irán, India, China, Indonesia, Vietnam, Australia y Nueva Zelanda. En otras 137, se imponen condiciones a los visitantes, como presentar una prueba de PCR o de antígeno, evidencia de tener un esquema completo de vacunación y/o someterse a cuarentena, o que están cerrados para algunas nacionalidades.

En México, el gobierno federal ha decidido que estemos en la pequeñísima minoría. ¿Por qué? Vaya usted a saber. Quizá por la política de “prohibido prohibir”. O por la creencia de que los mexicanos somos superhombres y que no nos contagiamos como todos los demás humanos.

Pero no, no somos superhombres. De acuerdo con datos oficiales, uno de cada 48 mexicanos se ha contagiado de coronavirus y uno de cada 533 ha fallecido por la enfermedad. Y seguramente esos datos no reflejan sino una parte de la tragedia que ha representado la epidemia.

El fin de semana, la autoridad sanitaria en la Ciudad de México reveló que la variante Delta del coronavirus ha sido identificada en 60 de cada cien casos positivos en la capital. A nivel nacional, el dato más reciente es el 37 por ciento.

¿Cómo llegó a México esa variante, más contagiosa, causante de terribles estragos en India? Evidentemente, como llegaron todas las demás: en el cuerpo de viajeros internacionales. Si ya se sabía que ésa era la forma en que llegó la forma original de covid —desde Italia o desde los centros de esquí en Estados Unidos—, ¿por qué no se impusieron restricciones para contener el arribo de Delta? Las únicas respuestas son la indolencia o la necedad de repetir una fórmula con resultados devastadores.

Salvo en la frontera con Guatemala, donde el gobierno estadunidense exige que el de México detenga a los inmigrantes no documentados, los puntos de ingreso al país son una coladera. Y no sólo ha sido no exigir ningún tipo de prueba de salud o poner en cuarentena a los visitantes —como los turistas que llegan por aire a Cancún o los estadunidenses que cruzan la frontera por tierra—, sino no actuar a tiempo con medidas de rastreo y de control para evitar la tercera ola de covid en la que ya estamos y que, todo indica, está empujando Delta.

Como en todo, hay excepciones, pues cuando se detectó esa variante en San Luis Potosí, a principios de marzo, traída por una persona de nacionalidad india que vino a dar un curso de capacitación en una empresa, las autoridades potosinas actuaron rápidamente y lograron contener el brote.

Para que los contagios por Delta hayan llegado a representar 60% de las muestras estudiadas, las autoridades migratorias y sanitarias tuvieron que haber sido extraordinariamente laxas. En Puebla y Torreón, entre otras ciudades, se han detectado brotes por esa variante, originadas por turistas —generalmente jóvenes que celebraban su graduación— que viajaron a Los Cabos, Mazatlán y Cancún, entre otros destinos de playa.

¿Cuándo se piensa advertir a los mexicanos sobre lo que está pasando? Al contrario, se está enviando un mensaje muy irresponsable: gracias a que 20 millones de mexicanos —de 126 millones— tienen un esquema completo de vacunación, los daños que provoque por esta tercera ola serán menores. ¿Y las personas que aún no han sido vacunadas? ¿Y las secuelas que deja covid incluso en los asintomáticos?

Por desgracia, el gobierno federal está repitiendo la misma política que llevó a que murieran 236 mil mexicanos en cifras oficiales y probablemente más de medio millón en cifras reales.

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