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LA ENFERMEDAD POLÍTICA DE NUNCA ACEPTAR UN ERROR

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Tiempo de lectura aprox: 3 minutos

Por Víctor González Herrero / @VicGlezHerrero

Hay algo que cualquier asesor político serio aprende muy pronto —y que muchos políticos insisten en ignorar—: la gente puede tolerar un error, pero difícilmente perdona la simulación. Sin embargo, en la práctica, ocurre exactamente al revés.

Cuando un funcionario público se equivoca —porque se equivoca, todos lo hacen— rara vez opta por la ruta más corta: reconocerlo, corregir y seguir. En su lugar, activa un protocolo casi automático que parece aprendido en algún manual invisible del poder: negar, matizar, culpar, distraer… y, si es necesario, doblar la apuesta hasta el absurdo.

Eso No es casualidad. Es cálculo.

Durante años, la lógica dominante en la comunicación política ha sido simple: aceptar un error equivale a debilidad. Y en un entorno donde la competencia es feroz, donde la oposición y la opinión pública están listas para amplificar cualquier tropiezo, y donde los ciclos mediáticos pueden devorar carreras en cuestión de horas, muchos optan por resistir… aunque la realidad ya los haya alcanzado.

El problema es que esa lógica ya no está alineada con el mundo en el que vivimos. Hoy, la conversación pública no la controla un comunicado, ni una conferencia de prensa, ni siquiera una estrategia bien diseñada. La controlan miles —o millones— de ojos que documentan, capturan y redistribuyen todo. La evidencia no desaparece. Se acumula. Y cada intento de “explicar” lo inexplicable no hace más que alimentar una percepción peligrosa: la de que el poder no solo se equivoca, sino que además cree que la gente no se da cuenta o de plano es tonta.

Ahí es donde empieza el desgaste real. Porque hay una diferencia clave que muchos subestiman: el error es un evento; la mentira o la maroma, en cambio, es una narrativa sostenida. Y las narrativas, cuando se vuelven recurrentes, terminan definiendo a un personaje público más que cualquier logro.

Desde la lógica de un asesor político —de los que entendemos cómo se gana y cómo se pierde— el dilema no es si se debe aceptar un error, sino cuándo y cómo hacerlo sin regalar la agenda.

Aceptar un error mal manejado puede abrir flancos innecesarios. Pero no hacerlo, en un contexto donde la evidencia es pública y verificable, suele ser peor. Mucho peor.

Porque entonces el costo deja de ser coyuntural y se vuelve estructural.

Empieza con un video o un audio incómodo. Sigue con una contradicción evidente. Después vienen los memes, los comentarios, la conversación digital que crece como bola de nieve. Y lo que pudo resolverse con una declaración clara se convierte en una crisis extendida que desgasta credibilidad día tras día.

En ese punto, el problema ya no es lo que ocurrió, sino lo que la gente cree que eres.

Y en política, la percepción es destino.

Ahora bien, tampoco se trata de romantizar la autocrítica. Hay políticos que han caído en el extremo opuesto: pedir disculpas por todo, reaccionar con exceso de sensibilidad o sobrerreaccionar ante cualquier presión mediática. Eso tampoco funciona. Un liderazgo que transmite inseguridad constante termina generando desconfianza.

El equilibrio está en la inteligencia estratégica y un buen operador, sabe distinguir entre errores inevitables, errores graves y ataques fabricados. No todo amerita una disculpa pública, pero lo que sí la amerita, debe atenderse con claridad, sin rodeos y, sobre todo, sin subestimar a la audiencia.

Porque hay algo que rara vez se dice con suficiente fuerza: la ciudadanía no espera perfección. Espera coherencia. Y cuando esa coherencia se rompe, lo que más irrita no es la falla en sí, sino el intento de encubrirla con mentiras y explicaciones forzadas.

Desde esta lógica, vale la pena poner sobre la mesa algunas recomendaciones básicas que muchos en el poder siguen ignorando:

Primero: reconocer a tiempo reduce el daño. Cada hora que pasa intentando sostener una versión insostenible amplifica el costo.

Segundo: la forma importa tanto como el fondo. No es lo mismo una disculpa leída, fría y genérica, que una explicación directa, concreta y sin tecnicismos.

Tercero: aceptar implica corregir. Si no hay consecuencias o ajustes visibles, la disculpa se percibe como simulación.

Cuarto: no todo es crisis. Hay errores que, bien manejados, incluso fortalecen. Humanizan. Acercan. Rompen la barrera entre el poder y la gente.

Quinto: la soberbia comunica más que cualquier discurso. Y casi siempre en contra.

Por supuesto, todo esto tiene riesgos. Siempre habrá adversarios listos para explotar cualquier reconocimiento. Siempre habrá quienes interpreten una disculpa como debilidad. Eso no va a cambiar.

Lo que sí está cambiando —y muchos aún no terminan de entender— es el estándar con el que la ciudadanía evalúa a quienes gobiernan.

Quizá el mayor error de quienes nunca aceptan que se equivocan no es el error original, sino es creer que pueden sostener indefinidamente una versión que ya nadie cree.

Al final, el poder no se erosiona solo por lo que hace mal, sino por la manera en que decide enfrentar —o esconder— sus fallas.

Y en tiempos donde todo se sabe, todo se graba y todo se comparte, la pregunta ya no es si conviene aceptar un error. La pregunta es, cuánto cuesta no hacerlo.

Porque, visto desde la fría lógica de quienes asesoramos para ganar, hay una verdad incómoda pero contundente:

“No hay nada más caro en política que defender lo indefendible”.

Al Tiempo.

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