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ENGRANES DE PODER
Por Víctor González Herrero / @VicGlezHerrero
Hay una diferencia entre ejercer el poder en solitario y terminar gobernando solo. La primera es una condición inherente al cargo; la segunda, casi siempre, es consecuencia de un gabinete que dejó de entender cuál es su responsabilidad y su trabajo. Ahí comienza una de las mayores vulnerabilidades de cualquier gobierno: la soledad del poder.
Gobernar nunca ha sido una tarea sencilla. Quien ocupa la titularidad de un Poder Ejecutivo, carga con el peso de las decisiones más difíciles, enfrenta el desgaste cotidiano y, al final del día, es a quien la ciudadanía le exige resultados. Así funciona la política y así debe ser. El mandato popular no admite pretextos. Sin embargo, existe una diferencia enorme entre asumir la responsabilidad de un gobierno y verse obligado a cargar también con los errores que otros debieron evitar.
Para eso existen los gabinetes. Los secretarios y secretarias no son figuras decorativas ni voceros ocasionales. Tampoco están ahí para acumular reflectores, alimentar aspiraciones personales o construir una agenda paralela. Fueron nombrados para resolver problemas, anticipar riesgos y generar condiciones para que quien encabeza el gobierno, pueda concentrarse en definir el rumbo de una administración.
Cuando eso ocurre, el gobierno –sea del color que sea– avanza. Cuando no, el gobernador termina presidiendo su administración a la defensiva.
Y es una escena que se repite con demasiada frecuencia en la política mexicana. Un funcionario declara más de la cuenta, otro toma una decisión sin medir sus consecuencias, alguno más, convierte un asunto administrativo en una crisis pública y, horas después, aparece el titular del Ejecutivo intentando aclarar, corregir, matizar o, en el peor de los casos, asumir el costo político y social de algo que nunca debió llegar a su escritorio.
Ese tiempo perdido tiene un precio.
Cada minuto que un gobernador dedica a apagar incendios provocados por su propio equipo, es un minuto menos para construir políticas públicas, atender los problemas verdaderamente importantes o planear el futuro. Poco a poco, la agenda estratégica es sustituida por la agenda reactiva. El gobierno deja de conducir los acontecimientos y comienza simplemente a responder a ellos.
Pero no todo queda aquí, hay un ingrediente adicional que suele agravar este fenómeno. La sucesión.
Como bien saben amigos, los calendarios políticos rara vez coinciden con los tiempos legales. Las aspiraciones aparecen mucho antes que las campañas y los movimientos comienzan cuando todavía faltan años para acudir a las urnas. Es parte de la naturaleza del poder y sería ingenuo pensar lo contrario. El que respira, aspira -dicen por ahí-.
El problema se agrava cuando algunos integrantes del gabinete empiezan a comportarse más como aspirantes que como secretarios de despacho y entonces las prioridades cambian.
Los eventos y reuniones dejan de organizarse pensando en los ciudadanos y empiezan a diseñarse para generar fotografías. Las entrevistas se multiplican. Las apariciones públicas aumentan. Las redes sociales se convierten en una plataforma personal. El posicionamiento político empieza a ocupar el lugar que antes tenía la eficacia administrativa.
Y créame que no hay nada ilegítimo en tener aspiraciones. La política vive precisamente de mujeres y hombres que desean asumir mayores responsabilidades. Lo que sí resulta preocupante es que esas aspiraciones, comiencen a competir con la obligación institucional que todavía tienen frente a los ciudadanos.
Porque mientras unos piensan en la siguiente elección, alguien tiene que seguir gobernando.
Los mejores gabinetes de la historia no fueron necesariamente los más mediáticos. Fueron aquellos que hicieron posible que el gobernador apareciera sólo cuando realmente era necesario. Equipos capaces de resolver problemas antes de que escalaran, de asumir responsabilidades sin trasladarlas al despacho principal y de entender, que la mayor muestra de lealtad no consiste en repetir discursos, sino en hacer bien el trabajo para el que fueron designados.
Por eso resulta indispensable que cada integrante de un gabinete comprenda el tamaño de la responsabilidad que representa el cargo que ocupa. No basta con administrar una dependencia. También se administra una parte de la credibilidad del gobierno. Y esa, una vez perdida, rara vez se recupera por completo.
Existe una máxima que suele repetirse en los círculos del servicio público: el éxito de un secretario consiste en que su gobernador pueda dedicarse a gobernar. Parece una frase sencilla, pero encierra una enorme verdad. Cuando el Ejecutivo tiene que salir constantemente a corregir declaraciones, explicar errores ajenos o resolver conflictos que pudieron evitarse, alguien dejó de cumplir con la función para la que fue nombrado.
Los ciudadanos, al final, no distinguen entre el error de un secretario y el del gobierno. Tampoco separan responsabilidades cuando una administración transmite desorden o falta de coordinación. La factura siempre llega a la misma oficina y termina recayendo sobre la misma persona.
Por ello insisto, en que hay una gran diferencia entre ejercer el poder en solitario y terminar gobernando solo. La primera es inevitable. La segunda, casi siempre es evitable.
Y cuando la soledad del poder deja de ser una condición del cargo para convertirse en consecuencia de un gabinete distraído, desarticulado o demasiado ocupado en sus propias aspiraciones, el verdadero riesgo ya no es para quien gobierna.
Es para los ciudadanos que esperan que alguien, en lugar de pensar en la siguiente posición, siga concentrado en cumplir con la responsabilidad que hoy tiene entre las manos.






