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MI PRIMERA NOVELA: LAS MELODYS

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POR ELVIRA HERNÁNDEZ CARBALLIDO 

(SemMéxico, Pachuca, Hidalgo)

“Somos Las Melodys, nada puede quebrarnos”, dice, con seguridad y absoluta certeza en la fuerza de la amistad, una de las personajas que forman parte de mi primera novela, que este mes ha salido a la luz editada por Elementum, gracias a la generosidad de Mayte Romo.

Oscilando en el peligro y el atrevimiento de no ser investigadora porque escribo como periodista, pero tampoco considerarme como tal porque jamás fui reportera de diario, ahora me animo a entrar al mundo literario y luego de haber publicado algunos cuentos doy un salto al cuadrilátero literario para aguantar doce rounds, característica esencial de la novela como señalaba Julio Cortázar, y sin guantes de box, pero sí con dos manos que brincan retadoras en el teclado de una computadora, deseosas de compartir una historia.

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Quizá decidí atreverme porque me gusta escribir y en estos tiempos de confinamiento, cautiva en casa, solamente me quedaba eso, escribir. Posiblemente lo intenté porque ya había cursado varios talleres literarios y quienes los impartían consideraron que no lo hacía tan mal. Tal vez porque al inscribirme con el gran escritor Elmer Mendoza atisbé su generosidad al motivarnos a narrar, sin calificar ni descalificar, simplemente con la esperanza de hacer escuchar estas historias que deseaban salir del fondo de nuestra alma. Sin duda, configuré personajes porque mi amado maestro y amigo Agustín Cadena me obligaba a tallarlos no solamente con amor, sino con los tonos y voces que provoca la alegría de inspirarse ante una pantalla en blanco. Kyra Galván con mirada experta señalaba y corregía para dar ritmo a esa historia donde había destellos de vivencias, pero también el mundo que podía arreglar o desarreglar a mi gusto. Con absoluta sencillez me acerqué a Gloria G. Fons que cada noche de viernes escuchaba mi lectura en su Taller de Escritura Creativa para acentuar algunas frases, para hacerme distinguir las formas literarias que podía aprovechar y quien después de varias semanas me preguntó cómo se llamaba mi futura novela y le respondí que no tenía nombre todavía. Ella, maravillada con los personajes, sugirió que le pusiera como esa película a la que la protagonista hacía una referencia representativa: “Melody”. Sí, que se llame “Las Melodys”, dijo con total seguridad mi admirada profesora.

Así, encerradita en casa, cada mañana me levantaba para decidir el futuro de esas niñas bautizadas como “Melodys”. Es cierto, las cinco tienen el nombre de mis mejores amigas de la secundaria. Es verdad, los rasgos de su personalidad son lo que logro evocar de ellas en esa década de los setenta cuando nos conocimos. A veces, corrí el riesgo de magnificar un momento, de exagerar un carácter. Otras, de que lo imaginado pueda confundirse con la realidad. Sin embargo, supe que las quería ver en ese escenario y hacerlas vivir algo que nunca nos pasó pero que tiene que ver con los temas, situaciones y compromisos que la vida me fue compartiendo mientras me voy convirtiendo en una señora de seis décadas: la amistad, el amor, la familia, el feminismo, la sexualidad, nuestro cuerpo, la doble moral, el aborto, la decisión de ser quienes deseamos ser.

Es así como a lo largo de 125 páginas la protagonista llamada Sara nos invita a conocer sus travesuras e ingenuidades, sus verdades y sus miedos. Una niña de clase media, rodeada de cariño, aunque también de conservadurismo y modos de ser mujer muy tradicionales. Ella descubre con sus amigas a las parejas que clandestinamente se cuelan a los hoteles de Tlalpan y poco a poco comprende el significado del sexo, de las decisiones, de los silencios, pero también de la fuerza de la amistad porque sus amigas siempre estarán ahí, siguen ahí, muy cerca de ella.

Instalada en mi rol de escritora, quise aprovechar los mejor posible las evocaciones y los lugares con las situaciones que coincidían ante un momento real e irreal, la ficción y la realidad, todo revuelto y sumado para reiterar que entre las mujeres podemos querernos, ser diferentes, pero comprender el momento justo donde una necesita a la otra.

Es así como Regina, Martha, Lucy Lupita, Tere y Elizabeth pueden caminar abrazadas a Sara para recorrer calzada de Tlalpan, para enfrentar a alguna profesora déspota, para compartir secretos y para descubrir la vida que los adultos luego no quieren explicar, sobre todo en los temas relacionados al sexo y al cuerpo, desde la primera menstruación hasta la manera de evitar un embarazo no deseado. Adultos que pueden ser aliados y a veces desconocidos lejanos, que se detienen un momento para explicar detalles de la vida y que otras veces esperan que sus hijas las descubran lo menos dolorosamente posible.

Sara puedo ser yo, pero hago trampa al hacerla sentir y reaccionar como nunca he podido lograrlo. Sara no soy yo, pero me hubiera gustado mucho serlo. Estoy en ella, por absoluta sororidad. Soy ella, pero nos reflejamos en una espejo donde cada una reconoce la distancia necesaria. Están mis amigas, que son y no son ellas, pero confío en que comprenderán que las ubiqué en un escenario que nunca vivimos, pero que si hubiéramos vivido de seguro no habría grandes diferencias al que inventé en esta novela. Quise hacer un homenaje a esa amistad, a los momentos que sí vivimos, a los que nos faltan todavía por vivir.

Pero, además de la amistad en esta novela hay también un reconocimiento a la ciudad de México que conocí y viví en esa época, limpiecita y llena de suaves aromas, todavía segura, que me permitió andar en bicicleta con mis amigas, irnos de pinta a la Cineteca Nacional o patinar por los pasillos de Gigante Taxqueña sin imaginar jamás que algo podría pasarnos por ser niñas, por ser mujeres.

Un amigo me dijo que esta historia también es muy sonora, se puede escuchar la voz de Janis Joplin o de Hellen Ready, de los Bee Gees y de los Osmond, comprender la letra de esas canciones que se escuchaban en Radio Éxitos, atrapadas en esos discos de 45 revoluciones o en formato LP.

Está un patio escolar que sí existió, pero visto desde mi propia miopía y cariño, un amor juvenil lleno de ingenuidad y una complicidad con los hombres que por amarme y amarlos, me hacen tener la certeza que soy independiente, pero que es un privilegio saberlos a mi lado.

“Las Melodys”, dice mi editora en la contraportada “es una ficción que trata de un grupo de amigas que fueron adolescentes cuando iniciaba el último cuarto del siglo XX. Quienes hayan sentido nostalgia por sus días de secundaria encontrarán en estas páginas una carta de amor, libre y sin angustias, a la persona que fue”. Quienes la han leído aseguran haber visto a esas seis niñas caminar felices por calzada de Tlalpan, han ido a asomarse a la calle 20 de agosto y decidieron buscar sus viejos discos para escuchar a The Carpenters o The Eagles.

Yo solamente deseo que lean esta primera novela y palpen la posibilidad de una gran amistad, los aromas de una ciudad, las canciones que se escuchaban en los setenta, lo que ha cambiado esta sociedad y lo que nos falta por cambiar. Que se identifiquen con cada una de esas niñas, que palpen las preocupaciones de una mujer madura que cree en el feminismo, que cree en si misma, que encontró en la literatura una forma de expresarse con más libertad, sin el rigor que exige la academia, sin la objetividad a la que aspira el periodismo.

“Las Melodys”, mi primera novela, espera ansiosa su mirada generosa. Pueden solicitarla  a editorialelementum@gmail.com

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