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MORELOS: EL RAYO DEL SUR

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* El cura incendiario, a 216 años de la gesta de Independencia…

Por Eduardo García García

Al igual que Hidalgo, Juárez y figuras menores como Zapata, Villa y Cuauhtémoc, José María Morelos y Pavón forma parte de esa trinidad casi indestructible que existe en la historia de México.

En torno a la guerra civil de Independencia, iniciada el 16 de septiembre de 1810, por supuesto que Hidalgo sigue siendo el protagonista principal. Y así seguirá siendo por los siglos de los siglos, pues, aunque dejó mucho que desear como ideólogo o estratega militar, es sumamente interesante como personaje histórico o de carne y hueso.

Y en ese sentido, Morelos e Hidalgo son personajes muy distintos. José María es menos interesante como ser humano, porque es más transparente, pero se lleva de calle a Hidalgo por su impacto histórico. Así que, de los dos, el verdadero revolucionario fue Morelos.

Como sucede con Hidalgo, todo en México es Morelos. Los dos apellidos históricos y celebérrimos se disputan la popularidad en el país y no hay a cuál irle.

Morelos son rancherías, pueblos, ciudades, conjuntos habitacionales, avenidas, bulevares, paseos, callejuelas cerradas. Sólo en el área metropolitana de la Ciudad de México, según datos del INEGI, existen cerca de 600 vialidades con el nombre de Morelos.

A nivel nacional, “Morelos” es el segundo nombre de calle más común en México, con 35,857 registros en todo el país, solo detrás de “Hidalgo”. Claro, el número puede variar un poco si además se cuentan avenidas, bulevares, calzadas, bares, restoranes, cafeterías, misceláneas, accesorias, escuelas, estadios, aviones, el primer Sistema Satelital mexicano, lanzado en 1985, etcétera y más etcétera.

Hay timbres postales de todos los tiempos con la efigie de Morelos. Y escudos. Y monedas. Y billetes. El peso mexicano fue muchas veces Morelos, al igual que billetes.

Por supuesto, Morelos también es un estado de la República.

De Morelos, de José María Teclo Morelos y Pavón, ha escrito todo el mundo biografías y ensayos políticos e históricos.

Pintores y escultores abruman con sus versiones del héroe inmarcesible, visto casi siempre con el paliacate. Diego Rivera lo repitió a cada rato en sus murales como si pintara su autorretrato. También lo pintaron Siqueiros, Orozco, O’ Gorman, González Camarena, Luis Arenal.

De estatuas, ni se diga. Hay un Morelos de mármol en la Columna de la Independencia y otro en la Ciudadela. Janitzio es todo un monumento a Morelos. Y en el estado que lleva su nombre para siempre está la estatua monumental de Olaguíbel, conocida popularmente como “El Morelotes” en un costado del Palacio de Cortés, colocada en 1946.

El punto es que por dondequiera hay Morelos en busto o de cuerpo completo y resultaría imposible consignar siquiera una tercera parte. Pero ahí están estatuas y pinturas.

En el cine, Miguel Contreras Torres tuvo el atrevimiento de filmar dos películas sobre Morelos que resultaron, lógicamente, demagógicas. En 1942: El padre Morelos, con Domingo Soler, un año después, en El rayo del sur. Para enmendarle la plana a Contreras Torres, Julio Bracho realizó un corto metraje con el excelso Luis Aragón disfrazado del prócer: Morelos, siervo de la nación (1965).

La cinta Morelos, el espíritu que liberó a un pueblo, un drama de mejor factura, realizado por Antonio Serrano, fue estrenada en 2012. En ella retrata los últimos años de vida de José María (1812-1815). Fue la secuela de Hidalgo: la historia jamás contada (2010).

De igual forma, en sus telenovelas históricas de los años setenta, Ernesto Alonso se dio vuelo caricaturizando a Morelos: unas veces con Sergio Bustamante, otras con Narciso Busquets.

Y también abordaron locamente en el teatro (años ochenta) los momentos en que Morelos, acosado por sus captores, amenazado de excomunión, temeroso de irse al infierno, no solo renegaba de toda su gesta guerrera, sino que delataba a sus compañeros, aun en combate; sin embargo, ante protestas de agrupaciones cívicas balines (porque se trataba de “un atentado en contra del honor y la gloria del fundador de la patria”), la UNAM , donde se estrenaría, decidió frenar la representación de el Martirio de Morelos, de Vicente Leñero.

EL SIERVO DE LA NACIÓN

En tierras de lo que hoy es Michoacán, nació y creció José María Teclo Morelos y Pavón. De origen humilde y con una pizca de sangre negra, dicen. De niño y de chamaco trabajó como un arriero realizando largos recorridos por el sur del país. Pero no buscaba a su padre.

Ojo alegre desde chamaco, anduvo tras los huesitos de una linda muchacha que se llamaba Francisca Ortiz. Era sobrina del hacendado Antonio Ortiz, con quien el joven Morelos trabajaba con los animales del campo y haciendo cuentas. También enamoraba a Francisca un tal Matías Carranco, amigo de Morelos y dependiente de una tienda. Entre Matías Carranco -un personaje siempre presente en la vida de Morelos- y el joven elegido por el destino para convertirse en héroe, la canija muchacha repartía ojitos. Era alegre, coqueta, y poco casquivana y al parecer se decidió por José María.

Le prometió ser su novia y andando el tiempo, le dijo, si su tío Gómez Ortiz lo aprobaba, matrimoniarse con él. Pero se le adelantó Matías Carranco cuando un mediodía, mientras la gente del lugar celebraba en Ahuacatitlán una merienda con el pretexto de ir a cortar nanches, unas frutitas chiquitas, amarillas y redonditas que tienen un sabor agridulce muy fuerte, y darse a la bailada, apareció de repente el mentado Matías Carranco. De un jalón agarró a la chica, la trepó a su cabalgadura y se la llevó. La raptó, dijo la gente, o la muchacha se dejó raptar. El caso es que el maldito Matías Carranco se la llevó en directo a vivir allá por Chichihualco, en lo que hoy es el estado de Guerrero.

Cuando lo supo el joven Morelos, se cimbró de indignación, juró vengarse, pero en realidad no hizo nada.

Agobiado por la decepción de haber perdido al amor de su vida, pero también por las súplicas de su madre, Juana María Pavón, quien instaba a José María para que se hiciera sacerdote y conseguir con ello los derechos monetarios de una capellanía que le había heredado su abuelo, Morelos decidió irse a Valladolid y estudiar para sacerdote en el Colegio de San Nicolás, donde le dio clases el mismísimo rector don Miguel Hidalgo y Costilla. Se llevaron bien alumno y maestro. Tenía veinticinco años. Corría el año 1790.

Ya convertido en cura de Carácuaro y Necupétaro, tenía relación con un hombre importante, Mariano Melchor de los Reyes, cuya ama de llaves es sobrina de éste y se llamaba Brígida Almonte. A pesar de ser una chiquilla de catorce años, el cura Morelos, picarón, empieza a cortejarla con el pretexto de prepararla para su primera comunión. Más temprano que tarde, Morelos se ayunta con ella tan frecuentemente -siempre teniendo fantasías sexuales con la ingrata Francisca- que le engendra dos hijos en dos años: Juan Nepomuceno y Eligio. A ambos los bautiza con el apellido Almonte de la madre.

Años más tarde, al escuchar en Carácuaro la resonancia del grito de Independencia, se encendió el ánimo de Morelos, quien dejó a Brígida Almonte y a su templo y se fue corriendo tras la ruta de Hidalgo, su viejo maestro. Lo encontró en Charo.

  • ¿Qué quieres? -le preguntó Hidalgo.
  • Unirme a ustedes, maestro.
  • Cómo qué.
  • Como capellán de su ejército.

Hidalgo lo miró en silencio.

  • Tú tienes más tipo de general -le sonrío Hidalgo-. Forma un ejército y vete a combatir por el sur.

Morelos regresó a Carácuaro. Reunió a veinticinco voluntarios y dieciocho días después ya tenía a dos mil hombres avanzando por el sur. Según apunta José Antonio Crespo en su libro Contra la historia oficial (2009), Morelos intentaba, como Hidalgo, hacer de la revolución de Independencia una cruzada religiosa. Así lo fundamentó en los Sentimientos de la Nación -subraya Crespo- cuando decretó a la religión católica como la única religión permitida en el país “sin tolerancia de ninguna otra”. También propuso que el sello oficial del Congreso de Chilpancingo -que le acrecentó las jaquecas que padecía- fuera la imagen de la Guadalupana.

Como un hábil cura guerrillero, además, Morelos se propuso no cometer los errores de Hidalgo, en eso de contener a sus turbas lanzadas sin decoro a los saqueos y a las matanzas feroces luego de 300 años de esclavitud y sojuzgamiento.

El punto es que Morelos se convirtió pronto en un militar del primer mundo, tanto que hizo exclamar a Napoleón -eso dicen- que con diez generales de la estatura de Morelos él sería capaz de conquistar el mundo entero.

Gracias al Rayo del Sur, el ejército insurgente tenía por fin organización, disciplina, estrategia, ideología. Soportó durante setenta y dos días el sitio de Cuautla que le planteó el virrey Calleja como problema geométrico y militar, y en su tercera campaña Moleros logró victorias impresionantes, como la toma de Acapulco.

No luchaba solo. Tenía a un par de generales de excepción: al bronco Hermenegildo Galeana y al intelectual Mariano Matamoros.

Galena fue el encargado de descoyuntar un destacamento realista para romper el sitio de Cuautla, y solo hasta la batalla de El Veladero flaquearon sus fuerzas, su esperanza. Lo venadearon. Trató de huir. Cayó del caballo. Y un soldado realista lo degolló.

Matamoros era teólogo de la revolución como su prócer. Como parte principal del ejército de Morelos ganó batallas con facilidad, peleó cara a cara con el enemigo, hasta que se topó con el doble-cara de Agustín de Iturbide, quien lo hizo polvo en la hacienda de Puruarán. Ahí lo agarraron preso y fue llevado a los calabozos de la Inquisición en Valladolid.

Cuando Morelos se enteró de que su brazo derecho estaba a punto de ser mutilado, trató de negociar con el implacable Calleja. Le ofreció dejar libres a 200 soldados realistas a cambio de la vida de Matamoros. Calleja dijo no y dio la orden de fusilarlo luego de ser juzgado, degradado y condenado por las autoridades eclesiásticas.

Morelos encolerizado, y en represalia fúrica mandó degollar de inmediato a los 200 prisioneros. Sin piedad.

Ahora Morelos estaba manco. Le habían cortado sus brazos. Lo habían dejado solo.

“MORIR ES NADA CUANDO POR LA PATRIA SE MUERE”

Como a todos los héroes, le llegó su hora al generalísimo José María Morelos. Muy pronto quizá: en noviembre de 1815, cuatro años después de andar en la insurgencia jugándose la vida para fundar una nación.

En Tezmalaca lo arrestó su viejo rival en amores: Matías Carranco, quien, ofendido en su honor, se pasó del lado de los realistas y ayudó a su emboscada. Lo llevaron a la Ciudad de México. Lo encerraron en la Ciudadela, luego en las cárceles de la Inquisición juntito a los evangelistas de la plaza de Donceles.

Tuvo miedo. Se retractó. Delató a sus compañeros de armas. Se confesó como un buen cristiano.

Punto aparte. Era tanto el miedo y el odio que le tenían sus enemigos, que el virrey dispuso que fuera fusilado en un paraje público, para que su muerte sirviera como “útil escarmiento” a los demás insurgentes. Para Calleja, la ejecución de Morelos se convirtió en asunto prioritario y personal.  Cuando lo tuvo en sus manos, lo enjuició, lo humilló, lo atormentó sicológicamente con el temor a la condenación eterna, hasta que finalmente lo doblegó y le quitó la vida. Nunca le perdonó la derrota que le infringió en Cuautla.

Sin embargo, muy a pesar de las notables cualidades que el “siervo de la nación” tenía, pese a sus grandes virtudes como militar y como estadista, lo que perdió a Morelos fueron sus pasiones y sus defectos, que fueron aprovechados por sus enemigos para tenderle la trampa que les permitió atraparlo.

De todo era capaz, pero al mismo tiempo, era capaz de perderlo todo cuando estaba de por medio una mujer, pues en ese momento abandonaba su carácter de generalísimo de la insurgencia, de estadista, de “siervo de la nación” y hasta de sacerdote, con tal de conseguir los favores y caricias de aquella con la que se había encaprichado.

¿Cuántas fueron las mujeres de las que Morelos se apasionó? Nadie podría decirlo con seguridad, pero baste con recordar a cuatro de ellas: a Brígida Almonte, ya mencionada líneas arriba; a Manuela de Aponte, a Juana Rodríguez y otra más, Francisca Ortiz, llamada la “orquídea del sur”, quien en Oaxaca le dio un hijo cuando ya Morelos era el generalísimo.

Y como también ya lo mencionamos, esa mujer fue la causa de su desgracia, pues se enamoró perdidamente de ella, quien finalmente, y pese a estar casada con Carranco, accedió a los deseos de Morelos y se convirtió en su amante.

Ya en este punto, y a pesar de todas las humillaciones y de que lo habían despedazado moralmente, Morelos fue condenado a muerte. Y Calleja, que tenía la facultad de concederle el indulto y conmutarle la pena por la de prisión perpetua, se negó a ello.

Así que la mañana del viernes 22 de diciembre de 1815, Morelos fue conducido al poblado de San Cristóbal de Ecatepec. Llegaron cerca de la una de la tarde. Como tenía hambre, le sirvieron de comer un caldo de garbanzos. Fumó un puro de hoja, como era su gusto después de comer.

Ajustándose su traje talar dijo que su sotana sería su mortaje, pues no había otra cosa con qué envolver su cuerpo. Se negó a que le vendaran los ojos. Se puso de rodillas. Una sola recarga bastó para matarlo.

Su cuerpo fue sepultado de inmediato sin decapitarlo como una última gracia concedida por Calleja, quien, como un único acto de respeto a su rival vencido, no quiso exponer su cabeza a la expectación pública.

Muchos años después, cuando fueron a buscar sus restos, no los encontraron. Pero se sabe que fueron exhumados de San Cristóbal Ecatepec en 1823 y trasladados a la Catedral Metropolitana de México, para ser sepultados, junto con los de los otros próceres de la Independencia, bajo el Altar de los Reyes. Allí permanecieron hasta el año de 1865 cuando desaparecieron.

¿Quién los tomó? De acuerdo con investigaciones del historiador Luis Reed Torres, en su libro Episodios desconocidos de México (1999), fue su hijo mayor, el general Juan Nepomuceno Almonte, quien en ese entonces se desempeñaba como ministro de la Casa Imperial de Maximiliano. Con ese cargo, Almonte aprovechó alguna oportunidad y se quedó con los restos de su padre.

¿Pero, y por qué? Algunos dicen que Almonte le tenía una especie de rencor a México y hacia el hombre que le había dado la vida, pero no el apellido. Sabido es que Almonte fue un eterno pretendiente a la presidencia de la República y que utilizó siempre en su beneficio el ser el hijo bastardo del más grande de los insurgentes. Quizá quiso vengarse de su padre y vengarse de los mexicanos, arrebatándoles los restos sagrados del Siervo de la Nación.

El caso es que, en su maleta diplomática, cuando Maximiliano lo designó embajador en Francia, Almonte se llevó los restos de su padre a Paris, con la idea de depositarlos en alguna iglesia y posteriormente en su misma sepultura, en su mismo ataúd.

Almonte murió en 1869 y sus restos ahora reposan en el cementerio parisino del Pere Lachaise. En 1991 se abrió su tumba. Ahí se encontró el cuerpo del hijo del caudillo en perfecto estado de conservación, pero no se halló vestigio alguno de los restos de su padre.

Varias hipótesis surgieron para determinar el paradero de los restos de Morelos. Pudo ser, primero, como dice Luis Reed, que Almonte los arrojara al mar, en su rencor por la paternidad no asumida por su padre. También cabe la posibilidad de que los hubiese depositado en la iglesia de Saint Phillippe du Roule, donde Almonte había sido sepultado inicialmente. Pero si ese fue el caso, los restos de Morelos ya se perdieron para siempre, debido a que el cementerio anexo a esta iglesia fue destruido durante la Segunda Guerra Mundial.

También se ha aventurado la hipótesis de que Almonte, al extraer clandestinamente los restos de su padre, los haya sepultado junto con los de madre, Brígida Almonte, para reunir en la misma tumba a sus progenitores, en Carácuaro o en Nocupétaro, en Michoacán, pero al caso es lo mismo dado que los cementerios antiguos de esos dos poblados han desaparecido.

Es decir, lo único cierto es que los restos de Morelos no están donde deberían estar, la Columna de la Independencia, y que de él solo nos quedan sus ideas, magníficas, por cierto, y aun vigentes.

Desde la cárcel, pocos días antes de morir, Morelos escribió a su querido hijo Juan Vicente, el que engendró con Francisca Ortiz, una carta que resume su pensamiento y su dolor final.

“Morir es nada cuando por la patria se muere”.

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