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SIN ARGUMENTOS, CAROLINA VIGGIANO RECURRE A LA FURIA LEGISLATIVA CONTRA SIMEY OLVERA

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*  Tras el desplome electoral que redujo a su partido a un raquítico 4.7 por ciento en Hidalgo, Alejandro Moreno y Carolina Viggiano optaron por gobernar sobre escombros para monopolizar prerrogativas; hoy, mientras la Secretaría General del CEN pierde los estribos en el Senado tras ser encarada por el nepotismo y la debacle de su partido, abandonando a su suerte a los comités estatales. En Hidalgo, el tricolor es entregado sin resistencia a la gerencia de Marco Antonio Mendoza para administrar la liquidación final

Por Antonio Ortigoza Vázquez / @ortigoza2010

Especial para Expediente Ultra

En la política, cuando se terminan las ideas, los argumentos y la legitimidad social, solo queda el recurso de la ira y prueba de esto es el bochornoso espectáculo protagonizado en el Senado de la República por la senadora y Secretaria General del CEN del PRI, Carolina Viggiano Austria,  porque lo suyo no fue un exabrupto aislado, más bien la radiografía exacta de una cúpula acorralada que perdió la brújula y el temple, pues sin la menor compostura ni decoro parlamentario, Viggiano invadió la curul de la legisladora hidalguense Simey Olvera para descargar su frustración con reclamos viscerales y amenazas de vecindario.

¿La razón del arrebato? No soportó que en su propia cara le recordaran la verdad incómoda que circula en todo el país: que ella, su esposo y su camarilla están acabando con el PRI a fuerza de nepotismo, soberbia y acumulación de poder.

Las escenas registradas mostraron a una senadora Viggiano tratando de desviar la atención sobre los avances en Hidalgo lanzando cuestionamientos sobre seguridad. La respuesta Simey Olvera fue lapidaria cuando le recordó que los males del estado son herencia directa de casi 80 años de gobiernos del PRI-

Esos saldos negativos que acrecentaron la pobreza, el desfalco presupuestal, el enriquecimiento ilícito y el abandono social que alimentó problemáticas como el huachicol y la migración.

Pero lo que dio la puntilla y terminó por encolerizar a Viggiano fue que Simey Olvera le recordara los desvíos detectados en el Consejo Nacional de Fomento Educativo (CONAFE) durante el periodo 2012-2015, periodo en que la cónyuge de Rubén Moreira estuvo al frente del organismo educativo donde pasó sin pena ni gloria, pero con unos ceros más en su cuenta bancaria.

La Secretaria General del PRI no encontró argumentos para debatir con ideas y hecha una furia, se enfiló al escaño de Simey Olvera, lanzando gritos e improperios y amenazando a su paisana con demandas legales.

Pero lo que terminó por sacar de sus casillas a la candidata perdedora a la gubernatura de Hidalgo, fue que Olvera se mantuvo ecuánime y le lanzó la frase exacta: «si le queda el saco, es su problema».

Cuando llegó el turno de responderle desde la tribuna para alusiones personales, Simey Olvera, le dejó bien claro a la priísta: la Cuarta Transformación no le teme a las amenazas del viejo régimen.

Desde los escaños, Carolina Viggiano resoplaba como astado en redondel cuando Simey le colocó las banderillas:

«Con todo gusto nos vemos en tribunales y en las urnas, donde les vamos a volver a ganar; no tenemos miedo. El pueblo de Hidalgo por décadas estuvo amenazado por este priismo, pero hoy las cosas cambiaron», acotó la también senadora.

Y ya con las orejas y el rabo, cerró su faena legislativa al asegurar que  frente a la estridencia de la oposición, en Hidalgo hay resultados tangibles gracias a la estrategia de seguridad de la Presidenta Claudia Sheinbaum y del Presidente Andrés Manuel López Obrador, así como a la inversión histórica, obras e inclusión social emprendidas por el gobernador Julio Menchaca Salazar, cuyo gobierno mantiene un alto respaldo popular.

Argumentos sólidos, producto de política públicas a favor del pueblo. Y ni qué decir en defensa de los desteñidos tricolores:

La escena en la Cámara Alta confirmó que el gangsterismo legislativo es un sello de familia, lo que Viggiano ejecutó frente a Simey Olvera es una calca de las bravatas de su marido, Rubén Moreira, quien en la Comisión Permanente ha convertido la tribuna en una arena de lucha libre cada vez que se queda sin saliva para defender su turbio pasado, sin duda alguna, la incapacidad para debatir con altura desnuda a una élite priista que pretende suplir con amedrentamiento y prepotencia lo que no pudo ganar en las urnas.

Esta pérdida de control no es casualidad; es el síntoma de una agonía anunciada, la debacle del instituto político que durante décadas hegemonizó la vida pública hidalguense.

Desde finales de 2025, cuadros con trayectoria interna y voz propia advirtieron que la permanencia de Alejandro (“Alito”) Moreno Cárdenas al frente del CEN garantizaría la liquidación total de las siglas rumbo a 2030 y lejos de corregir el rumbo o abrir espacios a la autocrítica, el grupo dominante prefirió atrincherarse en sus cotos personales, bloqueando cualquier rendición de cuentas para asegurar el paso libre y sin competencia hacia las diputaciones plurinominales.

La magnitud de este colapso territorial quedó al descubierto en las cifras oficiales. La entrega del bastión histórico se consumó mediante acuerdos en lo oscurito; debemos recordar la contienda por la gubernatura de 2022, mientras Morena consolidaba su avance con más de 554 mil votos para llevarse el triunfo con Julio Menchaca, el PRI lograba aportar de manera individual 246 mil 355 sufragios.

Sin embargo, en lugar de cuidar ese capital político, la imposición de decisiones cupulares y la entrega del partido a una candidatura bajo las siglas del PAN fracturó los cimientos de la militancia regional y pavimentó el camino hacia la ruina definitiva.

Las matemáticas del Instituto Estatal Electoral de Hidalgo (IEEH) no mienten: en los comicios para ayuntamientos de 2024, Morena obtuvo por sí solo el 37.84 por ciento de la votación con 559 mil 968 sufragios, ganando 53 municipios. Por su parte, el PRI firmó su sentencia de muerte al desplomarse a un raquítico 4.7 por ciento de los votos —apenas rebasando los 70 mil sufragios— y reduciendo su presencia a ganar un solitario ayuntamiento de los 84 en disputa. Una cifra humillante que puso al tricolor al borde de perder el registro local, confirmando que mientras las bases eran barridas del territorio, la dirigencia cobraba sus dividendos y se repartía el botín de las plurinominales.

Frente al hundimiento de las trincheras locales, cualquier directiva con vocación de poder desplegaría una agenda de presencia permanente en los municipios, sin embargo, Viggiano decidió ignorar la operación cotidiana y el rescate de los comités estatales, ya que la secretaria general del CEN prefiere la frivolidad de las redes sociales, grabando videos de coyuntura para simular una oposición digital que no existe en las calles, mientras elude su responsabilidad directa en la ruina de la estructura partidista.

El tufo que rodea a esta dirigencia nacional se siente con fuerza en el Congreso de la Unión; la postura de Rubén Moreira quedó al desnudo cuando, incapaz de sostener el debate en tribuna, reaccionó con rabia desenfrenada cuando le mostraron un video donde su propio hermano, Humberto Moreira, los calificaba a él y a su esposa como verdaderos «mafiosos».

La indignación de Don Rubén no fue por decoro, sino porque la memoria histórica le pesó en la espalda, los señalamientos sobre los años de violencia en Coahuila, las fosas clandestinas y la permisividad para que el grupo criminal de Los Zetas convirtiera a la entidad en un infierno —con atrocidades como la masacre de Allende en marzo de 2011— son estigmas de los que nunca han podido limpiar su expediente. De eso, por supuesto, Viggiano no produce ningún video estelar para sus redes.

Para el manejo operativo de esta liquidación en Hidalgo, la cúpula requería de un Administrador dispuesto a avalar cualquier desastre. Ese papel recayó en Marco Antonio Mendoza, quien conduce la dirigencia estatal en sintonía servil con el centro. Sin el menor rubor, el dirigente local ha declarado públicamente que su gestión logró «mantener a flote» al partido tras la estampida masiva de militantes, presentando los paupérrimos resultados electorales como un «logro contundente» de resurgimiento.

En complicidad con Jenny Márquez en la secretaría general estatal, la dirigencia local modificó la integración del Consejo Político Estatal, reduciéndolo a un cuórum maniatado de tan solo 127 consejeros; un contraste drástico y deprimente frente a los 800 consejeros acreditados que solían sesionar en años pasados.

El tramo final de este proceso confirma a una camarilla aferrada a las prerrogativas presupuestales y a los privilegios estatutarios, mientras los operadores locales administran los escombros del membrete tricolor para negociar sus futuras candidaturas.

Al entregar el territorio a cambio de impunidad y cuotas cupulares, Alejandro Moreno, Carolina Viggiano y sus alfiles sellan el epitafio de unas siglas devoradas por su propia soberbia, confirmando que para esta élite, el PRI nunca fue una causa política; fue, simplemente, un negocio en liquidación.

Las y los priístas ya no solo carecen de militantes y argumentos, ahora quedan huérfanos de la mínima decencia política. Las pruebas están ahí y son irrebatibles…

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