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JOAQUÍN HERRERA Y SU ARTE DE HACER PERIODISMO Y ENTRAÑABLES AMIGOS

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Joaquín Herrera Díaz, Descanse en Paz

*  Descanse en paz uno de los últimos reporteros de la vieja guardia del que en lo personal aprendí no únicamente lecciones de cómo ejercer esta apasionante profesión sino a cultivar amistades para toda la vida

 

Por Antonio Ortigoza Vázquez

Especial de Expediente Ultra

Lo conocí siendo yo un niño. Lo recuerdo en la sala de prensa  del Departamento de Policía y Tránsito (hoy Secretaría de Seguridad Pública) del Distrito Federal (hoy Ciudad de México), en los tiempos del tristemente célebre Arturo Durazo Moreno, cuando mi padre Antonio Rafael Ortigoza Aranda, era jefe de prensa de esa dependencia.

Ahí ví por primera vez  a muchos reporteros que cubrían la nota policíaca, periodistas de garra, pocos nombres recuerdo, algunos apodos como el “tobi”, Joaquin López Dóriga era un joven reporter

Su obra póstuma

o, al güero Téllez Vargas y por supuesto a Don Joaquín Herrera Díaz, “El Juaco”, en ese entonces reportero del diario El Universal.

Asiduo lector de todo tipo, coleccionista de la revista Proceso, autor de muchos libros de personajes políticos, su última obra fue ’Excélsior: un siglo ante el poder y la historia’.

De trato amable, una cultura sin límites, poseedor de una calidad humana sin igual, gran amigo de mi padre, colegas de la legua, cómplices de batallas periodísticas y sobre todo amaba a los gatos.

En los principios de los años 80´s, El Juaco trabajó en el diario Rotativo, ese periódico a dos tintas (negra y naranja), propiedad de Luis Cantón Márquez, el Chino Márquez, en ese periódico mi padre era el subdirector general y por consecuente cubriría la fuente de “presidencia”, no sé el motivo, pero mi padre le cedió la “fuente” a Don Joaquín, así fue como el Juaco conoció todo el territorio nacional  y una infinidad de países.

Un hombre que amó al periodismo

Pocos años después, el diario Excélsior se convirtió en su casa, su guarida periodística. Como olvidar su premio nacional de periodismo ¿qué reportaje fue?, bueno, la vida de los indigentes en la ciudad de México, don Joaquín adoptó la vida de esos olvidados urbanos, vivió con ellos por más de una semana, dormía a su lado para poder sentir la vida azarosa de esas personas que subsisten en el inframundo de la marginación. Sí, don Joaquín le decía a mi padre en tono de broma: “creo que gano más dinero como limosnero que de reportero”.

Claro que por ese reportaje, logró que su foto entre los indigentes apareciera en primera plana de Excélsior. Años después, llegó ser el director de Últimas Noticias de esa casa editorial.

Siempre agradecido con su amigo Ortigoza por ese gesto brindado en el extinto Diario Rotativo, el señor Herrera Díaz no dudaba en tenderle la mano a mi padre, siempre, en las buenas y en las malas; incluso muchos libros de su autoría eran dedicados a mi padre, otros más me incluía en esas dedicatorias.

Pasaron los años, crecí y tuve la fortuna de aprenderle mucho, siempre me dijo: “en el periodismo, siempre busca lo nuevo”, tiempo después comprendí a lo que se refería.

Con mi padre y el inolvidable Joaco

Era colaborador de muchos medios impresos y fue así que volvimos a coincidir en el semanario “Ahí”, propiedad de otro amigo ya fallecido, Armando Vázquez Granados, en ese medio salíamos juntos a reportear, pero también visitábamos, con frecuencia, las cantinas más emblemáticas de la Ciudad de México, algunos bares nocturnos, cualquier pretexto era bueno para decir salud, en ocasiones nos acompañaba mi padre, otras Armando y unas más solo nosotros dos.

Curiosamente su hogar se ubicaba en la colonia Prensa Nacional, sino mal recuerdo en la calle Prensa; ahí guardaba su coche predilecto, un Lincoln Town Car del año 1989, el cual era usado por su gatos  como asoleadero… “Toño, ya no sé qué hacer con tantos gatos, aquí llegan, otros me los dejan, ya son más de 50 gatos que viven en mi casa”.

Podría escribir miles de recuerdos, cientos de anécdotas, pero solo puedo decir que fue mi amigo, un maestro, un compañero y una persona a la que le guardo gran cariño.

Don Joaquín, extrañaré tus platicas, tus consejos, tu cariño y comprensión, tu decencia siempre marcó tu calidad humana, nunca olvidaré lo tanto que me diste, lo generoso que fuiste conmigo; agradezco el cariño que siempre le brindaste a mi padre, las palabras de aliento, la ayuda a cambio de solo la amistad.

Solo puedo decir que el Café La Habana ya no será lo mismo sin ti, la calle de Bucareli es testigo mudo de toda tu vida, de tus logros y derrotas y de lo feliz que fuiste al escribir miles de “cuartillas” que hacían historia en nuestro país.

Descansa en Paz, Don Joaquín, Te voy a extrañar. Gracias, mil gracias.

 

 

 

 

 

 

 

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