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ROSARIO CASTELLANOS, SIEMPRE RECORDADA

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Elvira Hernández Carballido

La noticia que sigue doliendo: 7 de agosto de 1974, Tel Aviv, Israel, una ambulancia avanza a gran velocidad, lleva de emergencia a una mujer que sufrió una fuerte descarga eléctrica. Está grave, casi agonizando, esa mujer es la poeta mexicana Rosario Castellanos.

Ay Rosario querida, me duele pensarte tan sola en ese momento, tenías solamente 49 años. Podría enojarme contigo como Jaime Sabines, que en un poema titulado “Recado a Rosario” te llora y te reclama, te extraña y te comprende. Con ironía advierte:

Sólo una tonta podía morirse al tocar una lámpara, retonta por desvalida, por inerme, por estar ofreciendo tu canasta de frutas a los árboles, tu agua al manantial, tu calor al desierto, tus alas a los pájaros.

Y no me queda más que repetir este poema que él te escribió llorando y hablando a la nada, aunque él sabía que se estaba dirigiendo muy en serio a ti. Por eso te confesaba cuánto te quería y cómo le dolía pensar que traían tu cuerpo. Y melancólico preguntaba:

¿Dónde dejaron tu alma? ¿No es posible rasparla de la lámpara, recogerla del piso con una escoba?

Sabines lamentó en su poema que su amiga sea ahora tan honrada y reconocida, pero al final del poema le confiesa que ya no está enojado y que “la próxima vez que platiquemos te diré todo el resto. Ya no estoy enojado”.

Podría llorar como el gran dramaturgo Emilio Carballido, que el día lluvioso del entierro te lloró al compás de la lluvia. Con él estudiaste en la universidad y conversabas siempre llena de cariño mientras caminaban rumbo al bello edificio de Mascarones, en San Cosme, para estudiar Filosofía y letras.

Posiblemente con este leal amigo compartiste los primeros poemas. Quizá él te hubiera respondido a las preguntas de tu poema Amanecer, esas temibles interrogaciones que te hacías a ti misma en torno a la muerte:

¿Qué se hace a la hora de morir? ¿Se vuelve la cara a la pared? ¿Se agarra por los hombros al que está cerca y oye? ¿Se echa uno a correr, como el que tiene las ropas incendiadas, para alcanzar el fin? ¿Cuál es el rito de esta ceremonia?

¿Quién vela la agonía? ¿Quién estira la sábana? ¿Quién aparta el espejo sin empañar?

Podría extrañarte, como siempre lo ha hecho tu amiga de siempre, la poeta Dolores Castro, con quien también estudiaste en la universidad, con quien viajaste a muchos lugares, con quien debes haber compartido secretos y verdades, poemas y decepciones. Posiblemente fuiste directa y dura, pero ella siempre quiso ser tu amiga, aunque no creyeras mucho en la amistad entre mujeres. Bien advertiste en tu poema “Autorretrato”:

Amigas…mmm… a veces, raras veces y en muy pequeñas dosis. En general, rehúyo los espejos. Me dirían lo de siempre: que me visto muy mal y que hago el ridículo cuando pretendo coquetear con alguien.

Podría evocarte como seguramente lo hace tu hijo Gabriel, ese hijo también presente en tus poemas, el mismo que nos describiste con verdadero amor maternal: Soy madre de Gabriel, ya usted sabe, ese niño que un día se erigirá en juez inapelable y que acaso, además, ejerza de verdugo. Mientras tanto, lo amo.

Y al enojarme, al llorarte, al extrañarte, al compartirte mi corazón desordenado, al evocarte y al sufrir tu muerte, no me queda más que rendirte un homenaje, este homenaje.

Fue en la universidad cuando escuché hablar de ti. En la clase de literatura me dejaron leer tus novelas. Luego tuve que pasar a tu poesía. Memoricé muchos de tus poemas, me identifiqué con aquellos donde te delatabas simplemente como mujer. Fuiste tan fiel a ti misma que lograste trazar un auténtico autorretrato de tu propia alma:

Escribo. Este poema. Y otros. Y otros.

Hablo desde una cátedra.
Colaboro en revistas de mi especialidad
y un día a la semana publico en un periódico.

Vivo enfrente del Bosque. Pero casi
nunca vuelvo los ojos para mirarlo. Y nunca
atravieso la calle que me separa de él
y paseo y respiro y acaricio
la corteza rugosa de los árboles.

Sé que es obligatorio escuchar música
pero la eludo con frecuencia. Sé
que es bueno ver pintura
pero no voy jamás a las exposiciones
ni al estreno teatral ni al cine-club.

Prefiero estar aquí, como ahora, leyendo
y, si apago la luz, pensando un rato
en musarañas y otros menesteres.

Sufro más bien por hábito, por herencia, por no
diferenciarme más de mis congéneres
que por causas concretas.

En la materia de géneros de opinión consulté la antología “El uso de la palabra” que asila todos tus artículos publicados en el periódico Excélsior durante la década de los sesenta y setenta. En uno de tus escritos explicaste amenamente cómo, a invitación de don Julio Scherer, director en la década de los sesenta del periódico Excélsior,  aceptaste colaborar cada semana en el citado diario, aunque desde un principio dudaras sobre la forma en que te ibas a dirigir a tu público:

“¿Cómo voy a presentarme por primera vez? ¿Pedante? Muy bien, me encantaría serlo y presumir que mis insomnios se deben a que cierto pasaje de Aristóteles… ¿Cuál pasaje? Si me tomo la molestia de buscarlo tengo tan mala pata que seguramente es el único que se considera equívoco. Ni modo. Hasta para hacer el ridículo se necesita preparación especial. ¿Solemne? Ah, no, eso

sí que no. ese es el monopolio del estado de ánimo poético espontaneidad.

Eso nunca falla. Y mi primer artículo fue tan espontáneo que parecía grabado a cincel en una piedra volcánica”. Julio me tuvo paciencia y acabé por agarrar el paso y ahora me siento de lo más cómodo platicando con usted de esto y de aquello y de lo de más allá. Y comentamos los acontecimientos e intercambiamos puntos de vista y, ¿lo ve usted?, somos amigos, antes puntuales ahora intermitentes, pero siempre    amigos”. (El escritor como periodista, 10 de enero de 1972)

En 1989 recibí un premio con tu nombre. Cuando estudié en El Colegio de México descubrí a la feminista y a la filósofa, por eso decidí que mi tesina debía ser sobre ti. Es así como pude descubrir que en textos reflexionabas sobre el valor de la maternidad y argumentabas que ésta no era algo instintivo ni natural, por lo que resultaba ser un “atentado” que otros la impusieran. , desde afuera obligatoriamente la maternidad o quieran impedirla, cuando son las mujeres quienes pueden rechazarla si creen “carecer de vocación”, evitarla porque resulta “un estorbo para forma de vida que eligieron”, o ponen en peligro su integridad física. También esribiste sobre el movimiento feminista que empezaba a surgir en Estados Unidos, se apreciaba tu interés y simpatía por el mismo, pero de igual manera cuestionabas lo que podría suceder en México:

“¿Por qué no hemos de imitar ese movimiento? ¿Es que no hay mujeres entre nosotros? ¿Es que el sahumerio de la abnegación las ha atarantado de tal manera que no se dan cuenta de cuales son sus condiciones de vida? (…) A mí no me gusta hacerla de profeta pero esta es una ocasión en que se antoja fungir como tal. (Aparte de que la profecía es uno de los pocos oficios que se consideran propios para señoras histéricas como su segura servidora) Y yo les advierto que las mujeres mexicanas estamos echando vidrio acerca de lo que hacen nuestras primas (…) Quizá no ahora ni mañana. Porque el ser es un parásito (que es eso lo que somos, más que víctimas) no deja de tener sus encantos. Pero, cuando el desarrollo industrial nos obligue a emplearnos en fábricas y oficinas, y atender casa y niños, etc. Entonces nos llegará la lumbre a los aparejos. Cuando desaparezca la última criada, el colchoncito en que ahora reposa nuestra conformidad, aparecerá la primera rebelde furibunda” (La liberación de la mujer aquí, 5 de septiembre de 1970).

Rosario mujer, Rosario poeta, Rosario periodista… tantas formas de evocarte, una sola manera de recordarte cada agosto, mes para hacerte un homenaje eterno.

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