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DIOSAS, VÍRGENES Y MUJERES LIBRES. UN LIBRO DE MARCO LEVARIO TURCOTT

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PRÓLOGO

Entiendo prologar un libro como armar una invitación, una suerte de seducción para abrir el apetito, una aperitivo. Sin embargo, hay personas como Marco, que escriben como respiran y que tienen una estela de lectores que están ávidos de conocer su visión política, artística, literaria, etcétera. Como su lectora frecuente y como una amiga de palabra, atesoro Diosas, vírgenes y mujeres libres porque tengo la impresión de escuchar al mejor Marco; es decir, al periodista escritor que nos invita a conocerle como si fuera entrar en un museo. Así, nos internamos por las galerías de su memoria para recorrer, como cómplices, sus aficiones, sus obsesiones y hasta sus pecados: “En las salas se entrecruzan los siglos y las corrientes culturales y técnicas, pero ese desorden les da mayor impacto a las sorpresas”, anota en uno de los textos.

No se trata de una confesión, sino de las palabras de un guía comprometido que nos invita a internarnos en las cámaras secretas de sus opiniones, que no pueden, en ningún momento, despojarse de la marca del individuo. Son historias y viñetas que respiran con el valor de lo estético, posturas provocadoras a momentos, con algunas concesiones nostálgicas, pero todas ellas con la honesta valentía de aceptar la coordenada única: la del contador de historias que transita por sí mismo y por su tiempo.

Podríamos jugar a hacer una lectura experiencial, invitar al lector a que, como el legendario Triptofanito del doctor Julio Frenk, nos introduzcamos por el torrente sanguíneo de un vividor —uso este vocablo en un sentido absolutamente positivo: me refiero a un ser humano que vive intensamente y lo desborda en palabras.

Obedeciendo a mi alegoría, se entra en Diosas, vírgenes y mujeres libres a través de la vista para hallar un conjunto de ensayos guía que nos conducen a un periplo por museos diversos y nos sitúan ante obras específicas. En lo personal, siempre he admirado al guía de turistas que logra entretener al paseante mediante la narración particular de la calle, del cuadro, de la naturaleza. Así, los ensayos de Marco son eso y también la invitación de buscar la obra aludida para visitarla con él y revisar nuestras propias opiniones. Vamos vistiendo la desnudez de las diosas y las ninfas con los atributos del artista, el que pinta y el que escribe; se trata de revestimientos lúcidos que, como reflector o linterna, descubren un muslo, una pincelada original o un concepto únicos: “Me place andar entre los muslos esculpidos y las sonrisas traviesas, entre los velos de la inocencia o la purificación pagana y cristiana, entre diosas y vírgenes. Imagino la retribución a esas mujeres libres. Ando entre cuerpos turgentes y rostros sonrientes, sonrojados…”.

Paseamos por el arte y por las partes femeninas, miramos y discutimos el placer del intercambio, la doble moral que apunta a la libertad de cobrar o la sumisión de pretender. En todo caso, la apuesta está en develar la penetrante y erótica misión del creador y de su musa, el poder de seducción de una para inspirar, del otro para plasmar y todos, como voyeurs, excitados al mirar. Pero acaso el intercambio simbólico que se cifra en un monto determina la agencia para ser un objeto o determinar un objetivo: ¿arriba o abajo? ¿Me coges o te cojo? Hasta la guerra más cruenta se dirime en porcentajes, pero mientras, junto con el escritor, recorremos voluptuosidades excitantes.

De las formas pasamos a las letras. Vamos de la mujer quijotesca, avatar de Flaubert, a las mujeres que, disfrazadas de hombre, pudieron escribir. Me parece adivinar, colgadas como prendas exhibidas, los ropajes del seudónimo y los sombreros femeninos del escritor que buscó dibujar a la mujer que se vende y se enamora, hasta morir por no haber podido conciliar estos negocios. De pronto, en medio de la sala nos posicionamos en Times Square y aparece la instantánea, la foto gigante de un beso: hemos entrado en la modernidad, el arte fotográfico y la nota periodística. Vamos de “Emma: resistirse a ser tratada como trofeo de guerra o pieza de exhibición…”, a las mujeres que roban el beso famoso de un marinero.

En un viraje violento llegamos al recinto del feminismo: Marco exhibe su postura sin miedo; en un estriptis de razones, se pronuncia:
(…) La violencia se impuso contra la mujer y la ignorancia se impuso sobre todos… (…) no se les puede evaluar con la sola conseja puritana de “no pinten las paredes” (imaginen ustedes el dolor de padres que han perdido a su hija porque fue asesinada por el solo hecho de ser mujer). Hay que comprender que estos movimientos son expresión de la impunidad que generan el Estado y los gobiernos contemporáneos (…) Junto a lo anterior, claro está y para no dejarse llevar por la ola catártica o el oportunismo, también hay que anotar la ignorancia que priva en estos movimientos contestatarios, su falta de sentido y orientación, tan lejanos de Émilie, la compañera de Arouet, y tan cerca de proclamas que culpan de todo al falo…

En la comparsa que se une en el recorrido entre el autor y el lector, se materializan los artífices de la admiración: Émilie y Arouet, seguidos de manera cercana, pero discreta, por la marquesa de Châtelet; Gabo o los chicos del barrio, la putita adolescente pelona y condescendiente, se acercan a los cuadros o a las páginas curiosos, expectantes del recorrido. Saltan personajes de las pantallas y los calendarios, Popeye y Vampirella; se materializan los sueños lúbricos de Bettie Page en el centerfold, y las pesadillas que, como presagio, desnudan la muerte: la propia y la ajena, célebre y pedestre. Dos antorchas nos guían: las pasiones de la carne y los amores quevedianos, resistencias a claudicar, pretextos para escribir, para viajar o para pecar:

Yo no me enamoro de la inteligencia humana sino de la piel y los ojos que la sostienen, la procacidad y el deseo, el cabello y la opulencia, en particular las sinuosidades glúteas. Ya luego deposito en la razón la posibilidad de trascender esos besos con los que estoy dispuesto a arder en las llamas del infierno.

María Magdalena en la gruta (1876), Jules Joseph Lefebvre

Paseamos también entre películas y reseñas: nuestro guía nos recomienda y nos abre el apetito, busca la comunicación, la biblioteca borgeana que se comunica con otros textos y también escuchamos. Sí, la música no falta y las notas nos acompañan, por lo que Diosas, vírgenes y mujeres libres es un libro en todos y para todos los sentidos, una experiencia que, sin acudir a los artificios de prestidigitador, de escritores sofisticados, hace que al lector le crezca la curiosidad por ver, leer, escuchar, por merodear por la cultura entre las risas de Mad y las canciones de Celia Cruz o Freddie Mercury.

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Sólo algo hermoso podría surgir de Bartók, Debussy y Stravinsky, en particular de la veta impresionista, folclórica de Europa central y sinfónica: se llama rock progresivo y es, además, uno de los referentes cúspide del compromiso con la creatividad y la ejecución virtuosa, tanto que el mismo (sub)género nos impide una definición más precisa, salvo que desmenucemos periodos, estilos y regiones.

Marco es escritor, pero hoy lo defiendo periodista, la profesión más peligrosa, “la mejor del mundo”, vocación de valientes que se atreven a clamar por la libertad de expresar, disentir y provocar. Su lenguaje es erudito, pictórico, procaz, visual y hasta aromático. Son palabras explosivas que estallan en las nalgas o se erecta como falo o clítoris, pero ascienden a la mente y abren el discurso porque nos invitan a discutir, a cifrar y pronunciarnos, inquietados. Palabras que surcan el tiempo, geografías que están hechas de sangre y piel:

…puedo asegurar es que buena parte de los periodistas actuamos como si fuéramos el centro del universo, que somos poco proclives a la autocrítica y que, a veces, la soberbia nos lleva a enarbolar, junto con Gabriel García Márquez, que desempeñamos el mejor oficio del mundo. Por mi parte, declaro mi ignorancia como para expresar una proclama así; lo más que puedo decir, en todo caso, es que para mí el mejor oficio del mundo es saberse aprendiz de todo y, dentro de ello, vivir la aventura de reventar el grano de elote en su punto exacto o de tallar el contorno de una Venus de alabastro.

Por Regina Freyman


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