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* Pretender que un corrupto cacique y ex panista recalcitrante se convierta de la noche a la mañana en hombre de izquierda, resulta una tomadura de pelo que Tulancingo rechaza por completo ya que el ex alcalde, Julio César Soto, busca utilizar las siglas de la 4T como simple salvavidas para saciar su eterna hambre de presupuesto; en su historial, arrastra una administración marcada por la prepotencia y desfalcos que continúan vigentes en la impunidad y hoy secundado por su propia familia que sabotea obras y agita ejidos, controla redes de chantajes y el manejo hídrico, corrupción y artimañas que la ciudadanía conoce perfectamente, lo mismo que su doble juego de simulador disfrazado de congruencia que solo persigue el botín político, pensando que será fácil tomarle el pelo a la militancia y simpatizantes de Morena
Por Antonio Ortigoza Vázquez / @ortigoza2010
Especial de Expediente Ultra
A ver si nos entendemos sin rodeos. Querer venderse como morenista de cepa y un hombre de “convicciones” de izquierda, cuando se carga en la bolsa trasera del pantalón un negro historial de panista recalcitrante y un expediente de cacique de pueblo, es una tomadura de pelo monumental, diríamos, falta de respeto a la elemental inteligencia de la militancia y simpatizantes de Morena.
Hay que ser “caradura” para situarse frente al micrófono para trasmitir una postura de adalid de la congruencia, mientras por debajo de la mesa opera el chantaje político, la extorsión vial y el negocio familiar.
Julio César Soto Márquez se paró en la radio, Ultra Digital, a regalar un auténtico catálogo de maromas mentales y elementales contradicciones. El ex alcalde —el mismo que gobernó Tulancingo, entre el 2012 y 2016, a garrote limpio y amenaza de ventanilla contra la sociedad—, quiere subirse al tren de la Cuarta Transformación como «candidato externo», minimizando con una ligereza insoportable que se pasa por el arco del triunfo los estatutos y la militancia.
Dice muy suelto de cuerpo que lo suyo es un mero «trámite». Cree que las puertas del movimiento se abren a la mala solo porque un expanista urgido de nómina decide perdonarle la vida a su propia historia para autoproclamarse de izquierda.
“Soy un candidato externo, no tengo la afiliación en Morena, pero tengo la identificación política con los principios y valores que pregona el partido”. Veamos si le ajusta el tema de los principios de no mentir, no robar y no traicionar al pueblo. Y recordémosle a este farsante y derechista de corazón, cuando reprimió al pueblo por los cobros ilegales de sus exorbitantes recibos de agua.
En sus declaraciones ante los micrófonos, se enredó en su propia telaraña al intentar justificar el chapulinaje. Salta del PRD al PAN —ahí están para el recuerdo las viejas postales de su paso blanquiazul haciendo mancuerna con Sinuhe Jorge Aldrete y presumiendo camisetas con su propio apellido impreso—, gobernó bajo esas siglas, hoy coquetea con el poder en turno y mendiga cobijo guinda argumentando que él, fíjese usted, es un hombre de convicciones inquebrantables. ¡Faltaba más!
¡Cínico, a más no poder, el tipo!
La congruencia no es una playera de poliéster que se dobla y se acomoda según sople el viento del presupuesto, pues el propio Soto confesó al aire que en 2018 quiso subirse al barco guinda y lo bajaron a periodicazos por acuerdos cupulares; hoy, ahogado por la irrelevancia, recurre a la vieja treta: inventarse un romance ideológico que nadie, absolutamente nadie en Tulancingo, le compra.
Pero en medio del rollo mareador, soltó el verdadero interés que lo mueve a retornar a la ubre del presupuesto, cuando se puso a cuestionar los 25 mil millones de pesos invertidos por el gobierno de Julio Menchaca y exigió que a la metrópoli le deben tocar 2,500 millones.
Al decir lo anterior, no estaba haciendo un análisis técnico ni buscando el bien común; tiraba una andanada de fuego amigo para posicionarse como el único gallo «valiente» capaz de retar al Palacio de Gobierno de Plaza Juárez. Y, de paso, frotarse las manos con un botín millonario que, olvida el peregrino panista, debe pasar por el Congreso y no por los planes personales de un neoliberal de pueblo.
Utiliza el dolor real de los baches, los accesos destrozados y las broncas del sector salud —como el oportunista que se cuelga del conflicto del IMSS para pescar en río revuelto— para erigirse en el gran gestor salvador, ocultando torpemente que su única meta es usar la confrontación como ariete político; pero el problema para este simulador profesional es que el discurso de demócrata conciliador se le desmorona en cuanto choca con la realidad de sus actos, pues no hay que rascarle mucho para ver de qué cuero salen más correas.
Ahí está grabado a fuego, el video de su gobierno municipal (2012-2016) donde encaraba a vecinos desesperados que le exigían sus escrituras y, con una prepotencia insoportable, les soltó la amenaza de que su firma no saldría si se atrevían a «denostar a la administración». El cacique con fuero que confunde el erario y ley con su hacienda particular no se extingue solo porque se ponga un chaleco de otro color, ni porque diga que suda una camiseta pintada de izquierda.
¿Ya olvidó cuando quemaba incienso a Fox, Calderón y otros tantos panistas que saquearon y destrozaron el bienestar de millones de familias en el país?
A esa estampa de porro con corbata se le suma la pesada losa de sus desfalcos. ¿Cómo olvidar los 25 millones de pesos desparecidos del proyecto de la Planta Tratadora de San Nicolás Cebolletas —cuyo expediente sigue abierto y cojeando en los cajones de la impunidad—, los 16 millones de desfalco a 40 mil usuarios de la CAAMT por solapar tarifas abusivas a colonias que ni agua tenían, y la policía municipal mandada a garrotear a los ciudadanos que osaban exigir servicios básicos?
Por si faltara ADN colectivo en la dinastía Soto, ahí está la reciente farsa de Jaltepec. Mientras su padre, Pedro Soto Ortega —denunciado públicamente por los propios habitantes de Pantaleo por pretender despojarlos de su cancha de fútbol y apropiarse de la parcela escolar— agitaba el ejido por fuera, y hoy, su hermano Pedro Hiram cobra como síndico hacendario, boicoteando desde su silla, y orquestando desde el cabildo un rechazo absurdo a millones de pesos en obra real (concreto hidráulico de primera y banquetas) ofrecidos por el Ayuntamiento Municipal.
¿Por qué rechazaron la pavimentación? Simple y sencillamente porque la obra pública les importa un bledo; su negocio es mantener el conflicto vivo para defender las aduanas clandestinas de agua en el Rancho San Andrés y proteger el manejo hídrico que opera su chalán Sergio Flores.
Julio Soto se despide en la radio repitiendo como letanía su frase de campaña: «Juntos somos más». Y tiene toda la maldita razón… juntos están los operadores del chantaje, los parásitos del presupuesto, los dueños de pozos de agua y los tránsfugas profesionales que pretenden secuestrar las siglas de la 4T para garantizar su supervivencia personal.
Y por si fuera poco, en su disparata nigromancia da por un hecho que habrá una gran coalición con el PT de los Sosa Castelán, incluido. ¿Qué dirán de sus desvaríos Citlalli Hernández y Ariadna Montiel? ¿Quién se cree este ex panista de quinta para dictar reglas y autorizar coaliciones en Morena?
A los Soto y sus “aliados”, Tulancingo ya los conoce de sobra. Al pan, pan; al vino, vino; y al manipulador una patada por el trasero, con su expediente en la mano.






