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PROHIBIDO PROHIBIR

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Foto especial

En una conferencia de prensa, durante el movimiento estudiantil francés de 1968, el líder del sindicato de profesores, Alain Geismar, fue interrogado sobre la expulsión del país de su amigo Daniel Cohn-Bendit, activista de nacionalidad alemana, a quien se prohibió regresar a Francia luego de su continua participación en actos de protesta.

“Debiera estar prohibido prohibir”, sentenció.

La frase défense d’interdire se convirtió en uno de los emblemas del Mayo Francés, sobre todo después de que alguien la escribió sobre un muro de la calle Ulm, en el barrio universitario de La Sorbona, donde la pinta fue captada e inmortalizada por un fotógrafo. “Prohibido prohibir” es la consigna de un movimiento contestatario, no la descripción de una de las funciones de un gobierno.

De acuerdo con el catedrático estadunidense Michael O’Hare, de la Universidad de Berkeley, los tipos de acción de un gobierno se dividen en directos e indirectos. Entre los primeros están hacer, comprar, obligar y prohibir. Entre los segundos están gravar, subsidiar, informar y apremiar.

Al hablar sobre el papel de su gobierno, el presidente Andrés Manuel López Obrador se ha pronunciado en contra de obligar a los ciudadanos a realizar determinadas acciones, así como de prohibirles otras. Lo ha dicho con especial énfasis en estos tiempos de pandemia, en que gobiernos de diferentes partes del mundo han adoptado medidas coercitivas para frenar los contagios.

Esta semana, al reaparecer en las conferencias mañaneras, luego de recuperarse de covid-19, el mandatario insistió en que a su juicio no debe haber medidas de carácter obligatorio para hacer frente a esta enfermedad infecciosa. Y, en respuesta a la pregunta de un reportero, subrayó el tema del cubrebocas, prenda que él se resiste a portar y que, dijo, no debiera ser adoptada a la fuerza.

“En México no hay autoritarismo, está prohibido prohibir, todo es voluntario, lo más importante es la libertad y cada quien debe de asumir su responsabilidad”, dijo en su conferencia del lunes. “En México no ha habido toque de queda como en otras partes ni se ha obligado a nada, es una decisión de cada persona”, agregó. “¿Qué es lo que se ha venido recomendando? Cuidar la sana distancia, el no hacer actos masivos, el cuidarnos incluso hasta de reuniones familiares, cuando participan muchas personas, eso básicamente”.

Que cada quien haga lo que quiera –“todo es voluntario”– parece más un postulado de una utopía anarquista que de un país de leyes, en el que el gobierno debe preservar el orden y prevenir amenazas que afecten a los gobernados.

Decir que en México a nadie se le obliga a nada es una ficción. Quien tiene ingresos paga impuestos y si no lo hace y lo pescan, es sancionado. Se pueden buscar eufemismos a los impuestos –como “contribuciones”–, pero eso no les quita su carácter coercitivo. Del mismo modo, hay muchas cosas que se tienen que hacer a fuerza, aunque no gusten.

Las obligaciones y las prohibiciones están en las leyes, que el Presidente protestó cumplir y hacer cumplir el día que tomó posesión.

“Nada es voluntario en el derecho”, me dijo ayer mi compañero de páginas José Elías Romero Apis, abogado constitucionalista. “Lo poco que queda al gusto de cada quien se llama discrecional, en el caso del gobernante, y potestativo, en el caso del gobernado. En ambos casos, es distinto que voluntario”.  

El cubrebocas ha sido señalado por incontables investigaciones científicas como el medio más eficaz para contener la propagación del coronavirus, por lo menos hasta que no haya una vacunación masiva y conozcamos sus resultados. Por otro lado, no se le conocen efectos nocivos, por lo que portarlo no hace daño a nadie. 

Por razones que sólo podemos adivinar, al Presidente no le gusta dejarse ver con cubrebocas, aunque haya tenido que ponérselo, por reglamento, en vuelos de aerolíneas comerciales. Si él aceptara que fuese obligatorio para todos –mediante un decreto, por ejemplo–, eso lo forzaría a hacer algo que no quiere.

El problema es que al no usar él el cubrebocas y decir que su uso es voluntario –aún más: que no es necesario ponérselo–, López Obrador está, en los hechos, dando su aval a que la gente no lo porte. La única “libertad” que produce eso es que unos mexicanos contagien libremente a otros.

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