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SOBRE EL TRUEQUE EN TIEMPOS DE COVID-19

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Por David Berruecos Ortigoza/@davidberruecos

Del 15 al 19 de marzo vi delante de mi cómo el día más soleado en el Pacífico oaxaqueño se convertía en un éxodo de turistas extranjeros. Escuché cómo el guía de turistas anticipaba en convertirse nuevamente en pescador y cómo la mesera tendría que encontrar otra manera de subsistir en una ciudad dependiente del turismo.

En una bahía de 6 hoteles, 3 cerraron en 48 horas. Los camastros tendidos en la arena eran testigos mudos de la migración de los ‘snowbirds’ canadienses, parecían las lápidas bien formadas del turismo agonizante del que depende el 10% del mundo.

El 19 de marzo, es el momento en que se fracturó la confianza de ser colectividad, ahí empezó para mí la pandemia y comprendí con el taxista los rudimentos de la subsistencia.

En el camino al aeropuerto el gentil chofer rompió el silencio sobre mi origen y el suyo, y el impacto en la economía del infame virus en nuestros deberes. Los visitantes se habían ido en el pináculo de la bonanza. Era inédito, un mal presagio para el verano que venía. (Los pájaros también vuelan ante el peligro).

Ni ͏modo ͏a͏m͏i͏g͏o, ͏qué ͏se ͏le ͏v͏a ͏a ͏h͏a͏c͏e͏r, ͏a͏q͏uí ͏e͏n ͏Hu͏a͏t͏u͏l͏c͏o ͏l͏a ͏g͏e͏n͏t͏e ͏e͏s ͏t͏r͏a͏b͏a͏j͏a͏d͏o͏r͏a ͏y ͏l͏o͏s ͏q͏u͏e ͏s͏o͏n ͏d͏e ͏a͏q͏uí ͏e͏s͏t͏a͏m͏o͏s ͏i͏m͏p͏u͏e͏s͏t͏o͏s ͏a͏l ͏t͏r͏u͏e͏q͏u͏e, ͏c͏o͏n ͏l͏o͏s ͏m͏u͏n͏i͏c͏i͏p͏i͏o͏s ͏a͏l͏e͏d͏añ͏o͏s ͏c͏a͏m͏b͏i͏a͏m͏o͏s huevos, ͏t͏o͏m͏a͏t͏e͏s ͏y ͏f͏r͏i͏j͏o͏l ͏p͏o͏r ͏p͏e͏s͏c͏a͏d͏o; ͏q͏u͏e͏s͏o ͏y ͏l͏e͏c͏h͏e ͏p͏o͏r ͏h͏a͏r͏i͏n͏a, ͏y ͏a͏sí ͏e͏r͏a ͏p͏r͏i͏n͏c͏i͏p͏a͏l͏m͏e͏n͏t͏e ͏e͏n ͏l͏o͏s 80’͏s.

En Tijuana l͏a ͏a͏c͏t͏i͏v͏i͏d͏a͏d ͏e͏s ͏m͏u͏y ͏i͏n͏d͏u͏s͏t͏r͏i͏a͏l ͏y ͏d͏e ͏s͏e͏r͏v͏i͏c͏i͏o͏s, ͏h͏a͏g͏o ͏p͏a͏r͏t͏e͏s ͏p͏a͏r͏a ͏a͏v͏ió͏n, ͏n͏u͏e͏s͏t͏r͏o ͏s͏e͏g͏m͏e͏n͏t͏o ͏e͏s ͏p͏a͏r͏a͏l͏e͏l͏o: ͏s͏i ͏n͏o ͏h͏a͏y ͏t͏u͏r͏i͏s͏m͏o, ͏n͏o ͏h͏a͏y ͏a͏v͏i͏o͏n͏e͏s, ͏e͏s ͏m͏u͏y ͏s͏i͏m͏p͏l͏e. ͏En ͏Eu͏r͏o͏p͏a ͏y͏a ͏e͏s͏tá͏n ͏e͏s͏t͏a͏c͏i͏o͏n͏a͏d͏o͏s ͏e͏l 40% ͏d͏e ͏e͏l͏l͏o͏s.

Y así se fueron los minutos con anécdotas de la tarifa controlada del servicio de taxi y el orgullo de su ciudad por ser de las más seguras de México y la mía la más violenta.

Mi vuelo de salida tenía una expectativa muy distinta a la de mi llegada, bastante incierta, si algunos pasajeros llevaban cubre boca era el indicio de que esto era real y peligroso, pero admito que sentí tristeza por todo el gremio, porque algunos sectores serían los primeros afectados (y los primeros en recuperarse), y en ese tsunami de imprecisiones, lo único que quedaba era la fe. La fe de que las cosas obrarían para bien, de que no sería ni la primera ni última crisis que habríamos de vivir, y que en medio de ellas, la actitud del taxista sería la que me ayudaría a vivir esta pandemia un día a la vez: un pescado, un tomate, un kilo de café, un kilo de manteca, un kilo de harina, un kilo de queso, todos permutando lo que mejor sabían hacer.

‘Trueque milenario que expone talentos a cambio de otros, trueque de supervivencia de hoy y siempre.’

Cada día como si fuera el último, y para cada uno un sólo afán.

En la bahía de Tangolunda se espera un milagro, en las fábricas de Tijuana se aguarda otro. Y ese también es trueque, es un intercambio tácito económico, todos estamos conectados, este virus nos separó, pero en su lado ‘B’ nos juntó. Lo importante hoy es sobrevivir, amarrar bien nuestra red para nuestra abundante pesca venidera.

PD Ya mero llega el café de Don Alberto desde lo más alto de Oaxaca.

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