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SPUTNIK, SIN ATAJOS

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En el verano de 2010, Rusia hizo un anuncio al mundo: su Centro Científico de Virología y Biotecnología Véktor había concluido la elaboración de una vacuna contra el virus de la inmunodeficiencia humana y estaba listo para iniciar sus pruebas en voluntarios humanos.

La noticia causó sorpresa, pues a casi 30 años de la aparición del primer caso de VIH en el mundo, los intentos por producir una vacuna habían sido infructuosos. Rusia batallaba con una epidemia de sida, generada, principalmente, por el uso de drogas inyectables, y llevaba años ensayando con medios para prevenir la enfermedad.

Véktor era el escenario de ese esfuerzo. Creado durante la era soviética, ese centro de investigación –con sede en Kóltsovo, en el sur de Siberia– fue el sitio donde se desarrollaron armas químicas y biológicas en la Guerra Fría, pero también donde se hicieron importantes avances en la lucha contra la viruela.

La Unión Soviética preparó a varias generaciones de reputados virólogos y genetistas, labor que ha continuado desde la fundación de la Federación Rusa. Sin embargo, en la comunicación de los logros científicos de ese país no han faltado falsedades, inconsistencias y exageraciones. Un ejemplo es el desarrollo de la vacuna contra el sida, que, una década después de aquel anuncio, aún no ve la luz.

Esa y otras historias son la base del escepticismo con que ha sido recibida en Occidente la noticia sobre el desarrollo de la vacuna rusa contra el coronavirus.

El anuncio, en agosto pasado, de que Rusia era el primer país del mundo en desarrollar la vacuna contra el covid –llamada Sputnik V– se realizó sin haber acumulado la información que la mayoría de los gobiernos del mundo exigirían para otorgarle una autorización de emergencia.

Luego, en noviembre, los rusos entraron en una competencia propagandística con otras vacunas, asegurando que la suya era más segura. Después de que Pfizer dio a conocer que su vacuna contra el covid tenía una efectividad de 90%, el Instituto Gamaleya, creador de la Sputnik V, proclamó que la de ésta era de 92 por ciento. “Parece que vieron los resultaron de Pfizer y simplemente le agregaron dos puntos”, dijo a la revista Science la abogada moscovita Svetlana Zavidova, presidenta de la Asociación de Organizaciones de Ensayos Clínicos, que monitorea el desarrollo de vacunas en Rusia.

A la fecha, la Sputnik V cuenta con registro en 13 países, además de Rusia. Entre ellos están Argentina, Bolivia y Venezuela.

Su comercialización se ha enfrentado con la falta de información exigida por la comunidad científica. Se ha cuestionado su seguridad, su eficiencia y los atajos que Gamaleya ha tomado en la fase de pruebas, así como la ausencia de una revisión de pares y su divulgación en revistas científicas reconocidas. 

En Argentina –donde han llegado 300 mil dosis–, el diario La Nación publicó ayer un reportaje en el que muestra la secrecía con que el gobierno del presidente Alberto Fernández ha manejado los datos provenientes de Rusia en su apuro por obtener la vacuna y comenzar a aplicarla.

Hay expertos que afirman que el proceso de elaboración de la vacuna –que se basa en dos tipos de adenovirus, el Ad26 y el Ad5, diseñados para invadir las células humanas, sin replicarse, y plantar en ellas un gen de la proteína de la espiga del coronavirus que provoca una respuesta inmune– es ingenioso y que la vacuna parece segura.

Sin embargo, la especialista en vacunas Julie McElrath, del Centro Fred Hutchinson, de Seattle, coescribió un artículo en la revista The Lancet, en el que alega que el Ad5, incluido en la segunda dosis de la Sputnik V, fue la causa del fracaso de una vacuna contra el VIH hace 13 años, pues sus recipientes tuvieron una mayor tasa de infección que a quienes se aplicó un placebo en la fase de ensayos.

En todo caso, se requiere más información sobre la Sputnik antes de comprometernos como país a adquirir 24 millones de dosis –como acordaron los presidentes Andrés Manuel López Obrador y Vladimir Putin en una llamada telefónica el lunes–, de las cuales 200 mil llegarán la próxima semana.

Laura Palomares, del Instituto de Biotecnología de la UNAM, me dijo ayer en radio: “La información sobre la vacuna no está completa. Ojalá que el Consejo Asesor Científico en Vacunas tenga acceso a todos los datos antes de que reciba una autorización de uso de emergencia por parte de la Cofepris”. Agrego yo: ojalá que por consideraciones políticas no se tomen atajos en la validación de esos datos.

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