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“Yo no tuve nada que ver”: Luis Echeverría

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Muerto Díaz Ordaz, Echeverría buscaba el deslinde

por Marco Levario Turcott

(Con la autorización del autor se reproduce el texto publicado en el portal www.etcetera.com.mx)

Este texto se publicó originalmente el 1 de octubre de 1998 en el número 296 en la época del semanario de política y cultura

 

* El expresidente de México me ofreció algo de beber y pedí agua de jamaica, varios vasos, tres tazas de café y dispuse casi de una cajetilla de cigarros. Está frente a mí y desea seducir, algunas veces lo logra, quiere persuadir, no lo hizo con su interlocutor, en cualquier caso quiere hablar, le gusta –por eso la charla se extendió varias horas.
Como para tomar respiro, luego de una bocanada de humo solté la pregunta ineludible, el motivo central de mi visita: ¿quién ordenó la masacre del 2 de octubre en la Plaza de las Tres Culturas? “Ahí está todo”, dijo Echeverría señalándome el cuarto y quinto informes de gobierno de Gustavo Díaz Ordaz.
¿Fue el Presidente?, insistí. “Sí, hombre, ahí está todo”, respondió mi entrevistado.

 

La entrevista

¿Por qué ahora usted se deslinda tan tajante cuando no lo hizo hace 30 años?

Porque en su momento lo aclaró el Presidente; recuerde que él asumió toda la responsabilidad de esos hechos, y luego yo fui candidato del PRI para ocupar el máximo cargo del país.

¿Entonces no tuvo nada que ver en esa tragedia?

No.

Como secretario de Gobernación, y después como Presidente, ¿qué hizo por los presos políticos?

–En el licenciado Díaz Ordaz estaban esas decisiones, pero cuando asumí el cargo como Presidente fueron liberados 350 de los 400 presos políticos que había; todos ellos pasaron la navidad en su casa. Ello, por cierto, provocó un gran disgusto al licenciado Díaz Ordaz.

¿Él se lo hizo saber?

–No, bueno, se lo comentó a varios funcionarios y ellos me lo dijeron.

Luis Echeverría evocó enseguida algunas de las más destacadas medidas de su gobierno para mantener relaciones con otros países; entre otras actividades diplomáticas habló de su visita a la China de Mao Tse Tung, recordó sus conversaciones con Leonid Brezhnev, sus encuentros con Fidel Castro y su amistad con el presidente Salvador Allende. (Don Luis tuvo la gentileza de ofrecerme una foto para que consideráramos su publicación, en ella están las señoras María Esther Zuno y Hortencia Bussi lanzando al aire una paloma blanca.)

¿Ni un vodkita con el secretario general del PCUS?

–Ni un vodkita.

¿Pero, sí un puro y trago de ron con Fidel?

–No.

Don Luis pidió un poco de tiempo para atender algunos asuntos, considerarla promesa de que regresaría pronto. No pasó mucho tiempo antes de estar de regreso.

La influencia del 68

¿Cuáles cree que son los efectos del movimiento estudiantil de 1968 en nuestro país?

–A mi administración entraron muchos jóvenes con capacidad intelectual, fueron importantes en la modificación de la política exterior –que en ese entonces emprendimos a fondo–, luego se fue concibiendo la reforma electoral, el acrecentamiento de los diputados de partido. Logramos la reducción de la edad para votar o ser diputado, senador o embajador. En mi administración fueron incorporadas personas muy destacadas que habían estado alrededor del rector Javier Barros Sierra.

Y después, sobre todo el régimen del licenciado José López Portillo, comenzó el proceso de reforma electoral culminada ahora con la existencia del pluripartidismo, con el cual vivieron las próximas elecciones, todo eso ha contribuido de una u otra forma.

¿Gracias al movimiento estudiantil se abrió el sistema político tan cerrado hace 30 años?

–En parte gracias al movimiento fueron gente joven, con muchas ideas.

¿Nos enseñaron algo los trágicos sucesos del 2 de octubre?

–Echeverría Álvarez hace una pausa breve, detiene su mirada en una de las varias vasijas de talavera que están sobre una mesa. La grabadora apenas alcanza a registrar sus palabras, se escuchan como un susurro.

Sí, que debe haber más diálogo del Estado y una intención más firme para atender los problemas de la juventud, por naturaleza rebelde, que con un criterio de inadaptación aspira a un mundo mejor, eso es algo biológico y psicológico, no tiene remedio.

En ese entonces la sociedad estaba muy estancada en muchos aspectos, el propio Partido Revolucionario Institucional, mi partido era impermeable a todas esas demandas.

¿Sin influencia?

–Una y otra vez, Luis Echeverría insiste en que, como corresponde a un expresidente, él no tiene influencia. Se dice bien informado porque es la actividad cotidiana de su vida, quiere convencer, enfatiza que sólo es un militante más del partido, el Revolucionario Institucional.

¿Le gusta más este México de sus nietos que el de hace 30 años?

–Naturalmente, ahora hay esperanza para que la gente joven entre a la vida pública.

¿Hay algunos jóvenes en la vida política del país que usted admire?

–Entre los diputados se han destacado muchos.

¿A quién le va como candidato a la Presidencia de la República?

–Me voy a limitar a votar por el candidato que seleccione mi partido y ya no tengo otra intervención.

¿Le da igual que sea Manuel Bartlett o Roberto Madrazo?

–O cualesquiera otros, porque se han mencionado como seis o siete. Yo simplemente votaré por el que escoja mi partido. Ahora bien, veo con mucha simpatía el movimiento de renovación y de otros grupos que pertenecieron a legislaturas anteriores que han tenido la cortesía de verme a mí y a otros ex presidentes. Les he recomendado que estudien los problemas, que los diputados y senadores necesitan saber de economía, agricultura y política internacional; las cosas han variado muchísimo.

¿Qué opina de los planteamientos del gobernador de Puebla, quien demanda la apertura del PRI para que sus militantes puedan elegir al próximo candidato a la Presidencia de la República?

–Eso está muy bien, y creo que eso tendrá que hacer el partido.

¿Entonces el silencio de las otras personas mencionadas como precandidatos obedece a aquellos tiempos, cuando se sentenciaba que quien se moviera no saldría en la foto?

–Bueno, es que ese silencio puede ser una táctica de ellos; además están ocupados trabajando.

¿Cuál le parece la mejor táctica, la de quien públicamente dice “yo quiero ser candidato” o de la quien opta por guardar silencio?

–La apertura es útil hasta abril del año entrante, para que ellos no se desentiendan de las actividades que tienen.

¿Hacen bien los que callan? ¿Bartlett hace mal siendo gobernador mientras expone sus pretensiones presidenciales?

–No, lo que él hace es un reactivo para que otros hagan lo mismo, sin duda alguna. Es lo mismo que está pasando en el PAN con el señor Fox o con el PRD.

¿Si hubiera elecciones internas en su partido, por cuál de los candidatos votaría usted?

–Depende quienes sean.

¿Y si los que menciona resultan ser precandidatos?

–Bueno, yo no sé si habrá votaciones.

¿Y si se diera el caso?

–Hay que examinarlos y ver qué programas presentan. En lo personal soy amigo del señor Bartlett, del señor Madrazo, amigo de otros señores que están en el gabinete, puede salir alguno del senado, no sé. Hay que ver, dentro de algunos meses.

Los periodistas

Echeverría cuida sus palabras. Me deja la impresión de que, si éstas no influyen en sus hijos y sus nietos, sí repercuten en la vida política mexicana. Al hablar de los periodistas, recurre a las generalidades, pero cuando platicamos sobre Julio Scherer su rostro se anima, ríe, aclara, levanta la mano y advierte: “Yo no tuve nada que ver con su salida de Excélsior y él lo sabe”.

¿Cuál es el noticiero que más le gusta?

–Veo todos los noticieros, escucho toda la radio que puedo, desde muy temprano.

¿Quién le gusta más cómo periodista?

–Tengo una preferencia muy especial, esa extraordinaria escritora y entrevistadora que es Cristina Pacheco.

¿Qué opina de Julio Scherer?

–Es un periodista muy honrado, un excelente periodista, muy honesto en lo económico; me acompañó a muchas giras. Después se peleó con la cooperativa de Excélsior.

A usted lo acusa de intervenir en el desalojo del que fue objeto.

–Pues sí, pero la cooperativa era dueña del periódico. Bah, qué iba yo a intervenir.

¿Usted no tuvo nada que ver?

–No. Claro que no.

Julio Scherer se enojó de por vida con usted.

–Pues sí; porque luego varios colaboradores suyos querían que yo lo repusiera, pero ese era otro asunto de la cooperativa.

El no pierde ocasión para señalarlo o incluso de más cosas. Hace algunos años la revista Proceso dijo que usted era agente de la CIA, ¿se acuerda?

–Sí. También de cuando yo recibí varias encomiendas en el extranjero, fui embajador en Australia y en Nueva Zelanda, presenté credenciales en las islas Fidji. En esa ocasión Julio dijo en Proceso que yo estaba desterrado. Y no es cierto, usted me ve aquí.

¿Nunca más volvieron a platicar?

–Sí, él vino aquí. Una ocasión, el periodista Luis Suárez me dijo mientras desayunábamos que Julio quería hablar conmigo, que tenía mucho tiempo de no hacerlo. Entonces cogí el teléfono, marqué su número y él vino al día siguiente, platicamos dos horas.

¿Y qué tal?

–Pues que quería escribir un libro sobre mí. Yo le dije “Julio, lo que quieras, aquí están las puertas abiertas”. Pero ya no volvió.

¿Platicaron cordialmente?

–Sí, él sabe que fue la cooperativa la que ya no lo apoyó.

Él dice otra cosa.

–Lo elegante era decir que el Presidente lo había destituido, pero ya no tenía por qué hacerlo.

Cosas de la vida, ahora Excélsior enaltece regularmente a Luis Echeverría.

–Sí, tengo buena relación con integrantes de varios periódicos.

Como con Regino Díaz Redondo.

–Claro, sí. Nos conocimos desde jóvenes. Pero y también en otros diarios.

Sí, pero Excélsior habla tan bien de usted. El año pasado Echeverría Álvarez fue uno de los personajes que más espacio editorial ocupó en ese rotativo.

–No tanto.

Sí tanto, tengo en el archivo como 40 páginas en total, sólo del año pasado.

–Mire, aquí estuvo sentada Marta Anaya, pidió mis opiniones y yo le dije: mira, se han cometido crímenes monstruosos, ese fue el tema y lo destacaron mucho.

Entre los medios de comunicación de hace 20 o 30 años y los que ahora tenemos hay un cambio enorme.

–Sí, cuantitativo y cualitativo.

¿Qué periódico le gusta más?

–Leo todos los periódicos, todas las revistas.

¿Alguno que le atraiga más?

–No, pues todo tienen algún interés particular.

¿Qué opina si, como todo parece indicarlo, El Nacional deja de circular?

–Lo lamento porque creo que fue muy importante, la voz oficial.

Le parece una mala decisión liquidar aquel diario.

–Preferiría que siguiera publicándose.

 Solo, sin la banda

¿Qué sintió cuando se quitó la banda?

–Un descanso enorme, trabajaba 18 horas diarias.

¿Le costó trabajo dejar de ser Presidente?

–No, me puse a ver el archivo inmediatamente.

A ver deporte disfrutar de sus nietos…

–A disfrutar no, son bien traviesos (ríe). A verlos un poquito más.

¿Sale con ellos a pasear?

–Muy de vez en cuando, todos están muy ocupados. Ya están grandecitos…

Sí, hay un administrador de empresas, dos economistas, un abogado…

¿Le preguntaban sobre Tlatelolco? ¿Los llevo a pasear a la Plaza de las Tres Culturas?

–De todo. No sé si vio la parte de arriba de la biblioteca.

No.

–Bueno, ahí había como 45 mil volúmenes, pero hace dos o tres años he comenzado a hacer la biblioteca de ellos.

Sigue siendo un estudioso, pero dice que ya no le interesa la política. Entonces, ¿no es verdad que usted organizó una conjura contra el expresidente Salinas de Gortari?

–No, hombre. Vea cómo él después dejó de decir eso, la presión que el señor Salinas recibió fue enorme, artículos, caricaturas…

¿Usted comprende que nos cuesta trabajo creer que ni a sus nietos controla?

–Tuve ocho hijos y 18 nietos. ¿Es posible controlarlos?

Bueno, como Presidente trabajaba 18 horas diarias y controlaba a cientos de funcionarios.

–No, no, qué controlaba ni qué controlaba; trataba de coordinar. Pero esos muchachos, cada uno anda en lo suyo, en honor de la verdad.

¿Ha platicado con Carlos Salinas?

–Para nada.

¿Lo último que habló con él fue cuando lo visitó siendo el Presidente y habiendo sido asesinado Luis Donaldo Colosio?

–Sí.

¿Le propuso un candidato sustituto?

–Nooo.

¿Entonces a qué fue?

–A darle pésame y a decirle que lo sentía mucho. Y había como 50 personas ahí.

¿También le dio el pésame a Diana Laura?

–No, yo no conocí a la señora de Colosio.

Le dio el pésame a Carlos Salinas, pero no a la esposa del entonces candidato a la Presidencia.

–Te lo juro, se lo di porque él era el Presidente y al día siguiente fui al partido, hice una guardia…

¿Con los otros expresidentes sí platicaba, juega dominó o …?

–No, qué dominó. De cuando en cuando con el señor De la Madrid y con cierta frecuencia con el señor López Portillo.

¿Con don José platicando de “mis tiempos”?

–De todo, de jóvenes fuimos muy paseadores.

Sí, ¿verdad? Muy amigos, claro con sus diferencias.

–Convivíamos mucho, su padre tenía una gran biblioteca e íbamos juntos a varios lados, estuvimos en Chile –él tenía 19 años y yo 18–. Hicimos la ruta de Cortés, de Veracruz para acá a pie…

Lo fui a ver cuando se puso malo, al hospital y luego a su casa. No vemos más que los recuerdos, un expresidente está al margen de todo. Ahora ya no hay presiones.

La tentación Lewinsky

¿De vez en cuando se toma un whisquito?

–No.

¿Tequila?

–No, palabra que no. Mira, llevo una vida bastante normal, cuando fui candidato dije, ya no me tomo una copa y así fue, en serio. Ya con una o dos, se piensa distinto.

¿Qué opina de lo suscitado en Estados Unidos, concibiendo la propalación de las prácticas sexuales entre Clinton y Lewinsky?

Echeverría sonríe y desestima:

–Qué relaciones sexuales.

¿No son esas relaciones sexuales?

–En sí no tiene la menor importancia, lo difícil es el aspecto político. Ahí las elecciones.

¿No deplora las prácticas entre aquella pareja cuando se ha dicho, por ejemplo, que las llevaron a cabo minutos antes de una reunión oficial del presidente Clinton con otros estadistas?

–Se dieron tiempo para lo que querían.

¿Usted nunca se dio tiempo para eso?

–No, puro trabajo. En honor a la verdad.

¿Cómo Presidente se encontró alguna vez en ciertas situaciones que hubieran comprometido su imagen pública?

–Pues he tenido muchas amigas… para platicar, vienen, se sientan.

¿En otra silla?

–También tengo una mujer admirable.

¿Cómo se encuentra?

–Está delicada, con una diabetes muy aguda. Ha trabajado mucho.

Así es que usted es un hombre de una sola mujer, sin vicios, un hombre de trabajo…

–Bueno, yo no quiero ser un puritano, pero es una forma de cuidarse. Créamelo. Alguna vez vinieron jefes de Estado, hicimos una fiesta en palacio y se dijo que sólo ofrecí agua de jamaica y eso no es cierto, es una vacilada. ¿Brindis yo? Sólo con champaña. (Don Luis levanta el brazo derecho, su mano se convierte en el sostén de una copa imaginaria. La bebe toda, supongo, por el impulso de su cabeza echada hacia atrás).

Usted, muy representativo de la imagen de nuestro país, no hizo suya, según dicen, la proyección del macho mexicano seductor de muchas mujeres. ¿Lanzaba piropos?

Bueno, eso sí, los ojos de la tapatías, pero en honor a la verdad y en respeto a mi mujer, cuántos años con ella.

¿Perdió el atractivo cuando dejó de ser Presidente o uno siempre tiene lo suyo?

–Pues sí, uno siempre tiene lo suyo. Pero cuando uno es Presidente tiene que cuidarse.

Concluimos la charla. Ya casi en la puerta, don Luis me pidió esperar unos segundos más, llegó con un libro de sus propuestas económicas para el comercio y el desarrollo, hechas el 19 de abril de 1972 ante las Naciones Unidas –de ahí viene mi amistad con Salvador Allende, dijo–: “Es para su reflexión, porque eso está regresando”.