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Chalma a reventar de migrantes: días de guardar, peregrinar y bailar

1886
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*Oran en spaninglish para que no los atrape el muro Trump de regreso
*Devoción, fervor y folclor antes, durante y después de la Conquista.
*Lágrimas y ruegos en náhuatl, tzotzil y espaninglish, de EU y Canadá

Joaquín Herrera

CHALMA, México mar./2017 Como todas vísperas de la Semana Mayor, es la hora del Santo Cristo de Chalma. Pueblecillo en donde se quedó el tiempo atrapado, el fervor sustituye a partidos, falsos mesías y modernos becerros de oro para un millón de almas. Ahora, más inmigrantes que visitan el corazón de México.

Ser residentes en EU, no los aleja de su fe. Son días de guardar. Tiempos de ir a bailar a Chalma: cuando fracasa la ciencia ante llagas del cáncer; la sentencia que puede ser la diabetes, el sida o traumas del alma insalvables, “nada como El Santo Señor de Chalma… ¿Verdá tú”, cree Liduvina Jacinto, cuando avanza de la mano de sus nietos, por las crestas del Ajusco, una orilla de la capital mexicana.

Estas peregrinas ya cruzaron la Sierra Nevada -que aloja al Popocatépetl y al Iztaccíhuatl, los volcanes custodios del fervor- y corta por el oriente al Valle de México.

Es el hoy como el ayer y será el mañana: con las “telas del alma” se quiebran, como creen aquí, pero los levante el solo saberse cerca de la cita con el Santo Cristo Crucificado que todo lo puede y nadie más.

Y lo es para caras de ojos vidriosos fijos en el Cristo llegados al santuario, como lo es para la fila de peregrinos que avanzan en hilo bajo la mirada del Pico del Águila, enfilando al cerro de las Cruces.

Pronto estarán –son así las vísperas de toda Semana Santa, de todos los años- ante el altar mayor, o no valdrá como parte de su “manda”. Allí donde se unirán a voces que ruegan perdón de rodillas y brazos arriba, invocarán al Crucificado, al Señor de Chalma. Y lo hacen grupos de vestidos de colores brillantes, en náhuatl, mixteco o triqui y en zapoteco; lo suyo. Lo íntimo que nadie les puede quitar ni nadie les puede dictar, salvo su corazón. Como hablaban sus ancestros.

 

Desde sitios distantes hasta a 500 kilómetros o llegados de EU, marchan peregrinos
a pie por montañas y cañadas para su cita anual, en vísperas de la Semana Santa,
con el Santo Señor de Chalma. Es el centro de México. Foto de A. Reyes Z.

Por ahora este fin de semana se les irá en hacer los últimos bastimentos al entrar a la municipalidad de Malinalco, que aloja a este rincón bañado por las aguas del río Chalma. Es decir, algo como el Ganges de la India, para purificar creyentes.

Ese “diálogo” con el Santo Señor de Chalma, suele hermanar a los visitantes –últimamente, muy numerosos los que vienen desde más allá del Río Bravo, que ruegan por retomar su vida con la familia de migrantes, separados por el Muro Trump- ya que es la cita de cada año, en hilillos “colando” como dicen, en formaciones de uno o dos en fondo.

Viajan desde varias localidades del Golfo de México, incluidas las Huastecas. Vienen del altiplano en que se alojan Hidalgo, parte del Estado de México y Morelos, aunque los hay procedentes de Puebla.

Las caminatas son su “manda” (promesa) a Él, el Cristo, son su vida. Ay del que no la cumpla a Nuestro Señor Jesucristo Crucificado.

El Santuario de Chalma está localizado a 95 kilómetros de Capital de México, cerca de la frontera del DF, con Morelos y Estado de México. Para muchos hasta una semana de caminar (desde Oaxaca, Zacatecas o Michoacán, Querétaro o Jalisco) aunque últimamente los hay en bici y moto.

El crucero del fervor

Una peregrinación equivale para muchos lo que para otros es un “crucero”, única oportunidad de ver al mundo fuera de su tierra de origen; para los leales al Santo Señor de Chalma lo hacen rezando, cantando y terminan bailando, antes de entrar en tumulto al pequeño templo con el corazón en la garganta.

Estos viajeros fervorosos van dejando huella de su paso y sentir y pensar en prendas de vestir o dormir. Como sus padres y abuelos -que dejaron jorongos o sombreros y huaraches e incluso juguetes de sus hijos- se ven carcomidos por el tiempo en las laderas, cañadas, caminos trazados por recuas u otros peregrinos. Ahora dejan tiendas de campaña, que se ven deshilachadas aquí y allá. No faltan los trajes para acampar y desechar, como que los usos de los migrantes cuentan cada día más ¿qué no?

Los que se han atrevido y no llegan y cumplen terminan en esqueletos que se ven en la ruta de las peregrinaciones: los lomeríos de la Sierra de Juárez, la Sierra Negra de Puebla, o la de Guadalupe y los lomeríos que rodean al Valle de México, rumbo a donde el sol se pone.

Fervor y folclor

Son el fervor -¿y el folclor?- de mundos que se juntan aquí, ante el Señor de Chalma; “eternamente, Chalma”. El santo Dios sin tiempo, “el que no tiene principio ni fin”.
… “Siempre nos quedará Chalma”, suele repetirle, sentenciarle, rosario en mano Liduvina Jacinto -conocida como la decana de los peregrinos a Chalmita- a su bisnietecita.

Su voz quebrada, siempre cortada por tos seca, le habla todo el tiempo de la camina a Lolita (Ávila Jacinto), su bisnieta, ahora en su primera caminata, juntas. La pequeña antes solo fue en brazos de sus padres.

“Doloritas” fue bautizada, comulgó por primera vez en el Santuario del Señor de Chalma, edificado bajo la advocación de San Miguel Arcángel. La “decana de peregrinos” que cada año salen de Gualupita –barrio de Santiago Tianguistenco, tierra del legendario “Profe”, Hank, que tanto ayudó a Chalmita a salir de su abandono- Ella suele sonreír cuando la bisabuela, sin dientes, le dice “primero muerta que fallarle a Chalmita”.

Cuatro generaciones

Las tres generaciones (bisabuela, abuela y madre de Doloritas), saben y explican a la pequeña ya en vacaciones, lejos de la secundaria Isidro Fabela, en que empezó el año escolar, tendrán mucho qué hacer hasta que el Viernes Santo.

Van preparadas con agua y bastimentos que “hicieron” en Gualupita (el “súper” del pueblo). Saben que verán lo que es el “fervor” hasta el delirio, jarro de pulque o cerveza en mano de algunos peregrinos –no faltan, por más que se los prohíban- pero el baile al llegar al ahuehuete y su río al pie, es parte del fervor y el folclor que los peregrinos llevan a flor de piel.

Filas de devotos peregrinos al pie del gigantesco ahuehuete milenario. Allí se bañan visitantes, en el riachuelo que forma un estanque, al estilo del Ganges en La India. (Foto: Ignacio Guevara)

Al Cristo de Chalma lo llevan en tatuajes de ropa y piel, pero obvio, más en el alma.
La y su hija, repiten la caminata de cada Semana Santa después de cumplir con el Domingo de Ramos, que recuerda al Masías, aclamado en Jerusalén.
Su misión, dice a su modo, es mantener la fe en sus descendientes, como ella la recibió de sus abuelos.

Esta Semana Santa no ha de ser diferente e inició el viaje, de la mano de su bisnieta, la “Doloritas” (en honor de la Madre de Dios) Ávila Jacinto, que ya trajo hace un año su certificado de primaria al Señor de Chalma, su forma de dar gracias.
La mama y hermanos, van tras ellas, mochila a la espalda, con todo y algunos cuadernos y una tableta.

Pero la bisabuela y la bisnieta, parecen el choque de generaciones en vivo: una no ha querido cambiar sus huaraches y la segunda no quiere dejar ni tenis ni celular.
Se divierte aprendiendo de su madre y abuela, que cree anclada al pasado; ella les habla de tú. No así la mamá de Dolores a su madre y abuela.

Todo Domingo de Ramos ellas son las primeras en llevar a bendecir palmas trenzadas con flores para recordar la entrada del Mesías a Jerusalén, aclamado.
Ya hicieron bastimentos y agua, como todo viajero. Y emprenderán la caminata para juntarse con peregrinos de media docena de entidades; se les unen grupitos que serán un río multicolor. Un río de rezos y coros.

Mi manda, mi vida

Como ellas, son los hilillos que se dirigen a bailarle –pedigüeños al fin, en la desesperanza, algunos al límite- al Señor de Chalma; saben que les espera porque se lo prometieron. Eso es “una manda”, un compromiso con el cielo.

Ellas han sabido siempre que los ascendientes (los bisabuelos de sus bisabuelos y mas allá) venían a adorar a “diosito” desde que El era aquí una de tantas figuras que se veneraban en cuevas. Eran figuras de piedra tallada que algún día les cambiaron por el Cristo de Chalma una talla en madera.

Entre el tiempo se borra en su memoria que desde antes de la llegada de los españoles allí era un “templo” aunque la forma era una cueva.
Eran deidades que los protegían de volcanes, huracanes, sequías, tornados o epidemias y males terminales.

Hoy nadie duda que esos males son el cáncer, el sida o la diabetes y lo que los de bata blanca llaman “la peste del siglo”, la chikunkuya y la Zika.

Pero hay peores dolores; la desaparición, la “juida” del marido o el hijo, que van en busca de trabaja y ja nada se sabe. Miles andan más allá del Río Bravo y solo ruegos al Señor de Chalma logran conectarlos otra vez con la familia en miles de casos, dicen testimonios dejados por peregrinos en forma de “ex votos” (promesas). Aquí, como en la Basílica de Guadalupe, abundan piezas de oro o plata entregados a El.
Trajes regionales y coros

Aunque las peregrinaciones son todo el año, Semana Santa es el climas: mujeres de faldas esponjadas que decoran cintas de colores chillantes y holanes, ahora se mezclan con chavas de jeans; los sombreros “zapatistas”, cambiaron a cachuchas y camisolas de las chivas o de los “dodgers”, con “pochos” a los que delata su “espaninglish” y se confunden con los rarámuri o tzotiles y chilangos o jarochos. De todo.

“Siempre nos quedará Chlamita, tú”, suele decirle a la familia Liduvina Jacinto. Ante el ahuehuete (“árbol viejo” en náhuatl) como el que vio llorar a Cortés en La Noche Triste, aquí es el guardián imaginario de Chalmita, con el río de “aguas medicinales” a sus pies. Al menos eso creen. Y allí hay que usarlo como al río Jordán –para purificarse, como el Ganges en la India- entre el paso de aguas mansas.

Los Cristos Negros

Un fervor de casi 500 años lleva a todos a bailar ante el señor de Chalma, ubicado en el altar mayor de un templo en una cañada del centro del país.
El Estado de México tiene una devoción por Cristo y abundan los Cristos Negros. Sus orígenes se remontan a la veneración de Cristo en una cruz focalizado en Esquipulas, Guatemala, cuando era parte de la Nueva España, ubicado en la frontera con El Salvador y Honduras.

El Señor de Chalma conquista EU y Canadá

La imagen del Señor de Chalma ha sido venerada desde 1539, fecha en la que «milagrosamente» apareció dentro de una cueva ceremonial prehispánica, y donde se veneraba a Oztoteot (dios de las cuevas). Es fama que habían sacrificios humanos, según cuentan los habitantes del lugar, herederos de historias de milagros, leyendas y mitos mezclados.

Tallada en madera (1595) la figura se ennegreció por la pátina. Ganó reputación de milagrosa. Por eso la asocian con los Cristo Negros, cuya devoción viene de Centroamérica.
Su fama penetró en todo América Central, el sur y centro de México y ese es el milagro de Chalma. Este “compite” con la Guadalupana en devociones.

Hoy la migración lleva esta popularidad entre mexicanos y centroamericanos a todo Estados Unidos y Canadá, fundando nuevos santuarios.
Los fieles, entre los que había niños y ancianos, llegaban a pie, a caballo, ahora también en bicicleta.

Los peregrinos, nunca llegan a Chalma con las manos vacías: le llevan al milagroso Santo Cristo Crucificado desde ropa, dibujos, imágenes, cabello natural, veladoras y arreglos florales.

Un millón de almas

Este año se espera a un millón de almas ante el Santuario del Santo Señor de Chalma para esta Semana Santa según calculan autoridades eclesiásticas. Por cierto, las únicas que “gobiernan” aquí. El ayuntamiento municipal tiene que pedirles parecer para todo.
Alberto Manjarrez, guardia de honor del Santo Señor de Chalma, ha dicho que estos usos y costumbres datan de hace 450 años en que “se comprueba que la fe mueve montañas” aquí.

Con miles de peregrinos llegan vendedores figuras y enseres religiosos y hasta remedios milagrosos; tierra y agua “benditas” que dicen «sanan el alma».

Aparte de estos días previos a la Semana Mayor, que recuerda la crucifixión de Jesús, las peregrinaciones ocurren el 6 de enero día de la Epifanía; el Miércoles de Ceniza, primer viernes de Cuaresma, en Semana Santa, Pentecostés, el 1 de julio día del Señor de Chalma, el 28 de agosto día de San Agustín, el 29 de septiembre día de San Miguel Arcángel y en Navidad.

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