Tiempo de lectura aprox: 4 minutos, 33 segundos

* Convenenciero, tramposo y oportunista, el más que amigo, socio de Cuauhtémoc Ochoa, no toca ni el menor rozón de una reata a la Charrería, uno de los deportes que practica el Rey de la Basura y senador de Morena. El diputado del Partido Verde, se la ha pasado hablando de ser un perruno defensor del “maltrato animal”, pero ni por descuido habla del “maltratado laboral” a seres humanos que ejerció hace años en su planta tóxica de Cholula, Puebla, donde por falta de equipos y protocolos de seguridad se registraron infinidad de accidentes, donde trabajadores llegaron a quedar mutilados al perder hasta brazos, despedidos e indemnizados con raquíticas compensaciones ¡Óle por el antitaurino¡
Por Antonio Ortigoza Vázquez / @ortigoza2010
Especial de Expediente Ultra
Bajo el sombrero de pelo de conejo, con arreglos de pita y plata, de un nacionalismo trasnochado y el paraguas del impudor que otorga el membrete de «Patrimonio Inmaterial de la Humanidad», la charrería calificada como “El deporte Nacional” sobrevive en una canonjía de cinismo ético donde el maltrato animal se transmuta en «destreza», mientras los mismos corifeos de la moralidad legislativa, como es el caso del diputado verde Avelino Tovar, se han rasgado las vestiduras para dar fin a la fiesta brava.
Convenenciero, tramposo y oportunista, el más que amigo de Cuauhtémoc Ochoa, no toca ni el menor rozón de una reata a la Charrería. Obvio porque además de tener su raigambre en el Estado, es uno de los deportes que practica el Rey de la Basura y senador de Morena, su socio en el manejo de los residuos sólidos.
El diputado del Partido Verde, se la ha pasado hablado de ser un perruno defensor del “maltrato animal”, pero ni por descuido habla del “maltratado laboral” a seres humanos que ejerció hace años en su planta tóxica de Cholula, Puebla, donde por falta de equipos y protocolos de seguridad se registraron infinidad de accidentes, donde trabajadores llegaron a quedar mutilados al perder hasta brazos, despedidos e indemnizados con raquíticas compensaciones.
Le preguntamos a Avelino, de cara a la opinión pública de Hidalgo: ¿Qué es más importante para usted, el maltrato animal o el maltrato a seres humanos? ¿Acaso los trabajadores no son seres sintientes?
Ni legisladores ni políticos de Morena deben dejarse engañar por este politiquillo de doble moral, porque todo indica que su lucha por la vida de los toros es simplemente una búsqueda de reflectores, pues incluso en los foros que se llevaron a cabo entre legisladores y empresarios taurinos, en su ira contra la fiesta brava guardó un silencio sepulcral frente a las «suertes» que reducen a caballos, yeguas y novillos a meros objetos de tortura salvaje, para el deleite de una élite que, entre botonaduras de plata y sombreros de ala ancha, confunde el orgullo patrio con la violencia que se vive en los lienzos charros.
Avelino, el toro en el ruedo se defiende y, por si no lo sabes, puede matar al torero, pero en el lienzo los seres sintientes están indefensos.
Ante la estrechez de designios y la amnesia selectiva de esos legisladores que hoy se asumen como redentores de la fauna para la foto, ¿por qué se rasgan las vestiduras frente a una estocada en el “ruedo”, pero callan de forma desvergonzada cuando, en el lienzo «Cuna de la Charrería” de Pachuca, una yegua es obligada al colapso en el paso de la muerte o un novillo sufre el estirón de la cola en el coleadero?. Agresión que, en muchos casos, provoca fracturas de vértebras y que han llegado a sufrir desprendimientos, donde el sufrimiento del animal es aplaudido por un público que ve en esas “suertes” una «identidad nacional».
La charrería, cuyas raíces se hundieron en la estructura de castas y las faenas de las haciendas del siglo XVI —aquellas unidades de producción feudal donde el animal era una simple herramienta, una extensión del hierro del patrón—, ha mutado hoy en una parafernalia de lujo y soberbia. Un catálogo de atrocidades que el nacionalismo ya no puede, ni debe, seguir solapando bajo el disfraz del folklore. Toma la estafeta, Avelino.
Cómo olvidar a los demagogos del nacionalismo de utilería que dieron vida a la institucionalización de este «deporte» en 1933, bajo el mando de la Federación Nacional de Charros; no fue más que un proyecto de construcción de un «macho nacional» post-revolucionario, una estampa de almanaque diseñada para dar cohesión a una clase política que buscaba en el campo el símbolo de una pureza que ellos mismos estaban liquidando en las oficinas gubernamentales.
¿Dónde queda la supuesta «hidalguía» del charro cuando se utilizan espuelas de rodaja de plata y oro, que parecen instrumentos de tortura medieval, hiriendo de forma despiadada los costados de cabalgaduras? Caballos que son sometidos a frenos brutales que destrozan sus belfos, todo por el prurito de una puntuación en el escalafón nacional o por el simple aplauso de una tribuna ahogada en el alcohol y en un patriotismo efímero.
Resulta una incongruencia monumental que en Hidalgo, como en otros estados de la República, se presuma un avance legislativo de vanguardia en materia de bienestar animal y se persiga con rigor el maltrato canino, con lo cual se busca el aplauso fácil de las clases medias urbanas, mientras se voltea la cara a los lienzos donde se castiga a los animales con una crueldad que haría palidecer a los antiguos vaqueros de la Nueva España.
El «pialadero», una de las más violentas prácticas, no es otra cosa que un mecanismo de asfixia y quemaduras por fricción que deja marcas indelebles en la piel del animal; el coleadero es una carnicería disfrazada de destreza donde el riesgo de invalidez permanente del ganado es el costo aceptado de la diversión.
Y mientras tanto, las asociaciones charras, muchas veces beneficiadas con recursos públicos y espacios privilegiados bajo el esquema de asociaciones civiles que no rinden cuentas a nadie, se muestran como una aristocracia de pacotilla que se niega a soltar el fuete y la riata.
Si la fiesta brava está ya en capilla, los señores de la riata y el freno deberían poner sus barbas a remojar, porque el argumento del «patrimonio cultural» es el escondite favorito de quienes se niegan a evolucionar; es el cinismo de Avelino Tovar, ese que no ve en las suertes de su padrino Cuauhtémoc Ochoa, el senador morenista, antes verde ecologista, cuando realiza sus “faenas” montado en su fino caballo en su rancho llamado “8a”.
Es el mismo escudo oxidado que usaron los esclavistas, los inquisidores y los caciques del viejo PRI antes de que la razón y la justicia los borraran del mapa político. No se puede seguir llamando deporte a la humillación de un ser vivo, ni se puede exigir respeto para una tradición que, en su esencia, no respeta la vida misma.
La sociedad hidalguense del siglo XXI ya no es la de hace cinco lustros, y la tolerancia hacia la barbarie disfrazada de tradición se ha agotado; de nada sirven los desfiles de gala y las charreadas de aniversario si detrás de la barda del lienzo lo que queda es un rastro de sangre, fracturas y muerte, aderezadas con una ética de consumo que nos devuelve a lo más oscuro de nuestro pasado colonial.
Avelino Tovar debería encabezar una reforma real, no solo cosmética y de claro oportunismo político ante las cercanas elecciones, que elimine de tajo las suertes donde el sufrimiento es el ingrediente principal del espectáculo. Se debe quitar la escalera de la hipocresía a estos centauros de cartón que se jactan de su valentía frente a un animal aterrorizado y sometido por el hambre y el castigo. Al final del día, la charrería actual no es más que un espejo de nuestra propia hipocresía social: aplaudimos el jarabe tapatío mientras ignoramos el crujido de los huesos en el ruedo.
Por cierto, que si de verdad está a favor de los animalistas, ¿Por qué no se suma al reclamo contra la senadora y ex alcaldesa de Tecámac, Mariela Gutiérrez, que muy quitada de la pena aceptó haber sacrificado (matado) a miles de perros en condición de calle, durante su gobierno municipal. ¿Será que en esos temas le jala las oreja su patrón y socio, el “Charro Ponciano”, Cuauhtémoc Ochoa?






