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SER HEROÍNA EN 1810

Otra vez septiembre. Otra vez las campanadas y los gritos por una libertad que siempre anhelamos.

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Por Elvira Hernández Carballido

Otra vez los nombres de nuestros caudillos… Pero ¿y ellas? Nuestras heroínas de la Patria. Desde nuestra mirada no fue sencillo para ellas ganarse un nombre en la historia de México. Por atreverse a luchar fueron injuriadas. Por atreverse a luchar demostraron la fuerza de una mujer mexicana que creen en sí misma.  Les invito a un recorrido por esta historia, dos mujeres, dos fuerzas, dos heroínas de 1810.

Leona Vicario

María de la Soledad Leona Camila Vicario Fernández de San Salvador; mejor conocida

Leona Vicario. Foto especial
Leona Vicario. Foto especial

como Leona Vicario, nació en la ciudad de México el 10 de abril de 1789. Descendiente de una familia criolla y acomodada. Huérfana desde muy pequeña, quedó al cuidado de su tío y padrino el licenciado Don Agustín Pomposo Fernández de Salvador. Debido a que este hombre fue rector de la Pontificia y Real Universidad de México tenía una gran biblioteca en su casa. El interés por aprender provocó que la joven Leona leyera con interés los libros que estaban a su disposición. Leyó novelas pero también a filósofos franceses, se identificó con los ideales liberales y las palabras libertad o justicia tomaron un significado muy representativo para ella. Escapó de la casa de su tío para unirse a la causa y fue perseguida sin piedad por sus detractores. Se casó con Andrés Quintana Roo – a quien conoció en el despacho de su tío. En 1817 dio a luz a su primera hija, Genoveva.  Un año después, son descubiertos. Quintana Roo solicitó el indulto para él y su esposa. Tuvieron que aceptar que ya no participarían en ninguna acción revolucionaria y se les prohibió vivir en la ciudad de México. En 1821 nació su segunda hija, María Dolores.

Desde una distancia forzada fueron testigos de la consumación de la Independencia. Mientras el país empezaba a reconstruirse, Leona Vicario nuevamente dio un gran paso de pionera al ser una de las primeras mujeres en hablar y enfrentar al Congreso. Presentó una solicitud para que le fueran devueltos sus bienes depositados en el consulado de Veracruz. Y sus bienes le fueron devueltos: La hacienda Ocotepec, localizada en los llanos hidalguenses de Apan y tres casas en la capital del país.

Retirada de la vida política, administraba su hacienda. Pero en esos años fue cuando discutió públicamente con Lucas Alamán e incluso escribió algunas frenéticas cartas al gobernador del estado de México –hoy Hidalgo- por el embargo de un rebaño de su propiedad.

Celia del Palacio, experta biógrafa de esta heroína mexicana, asegura que el ataque más brutal que recibió Leona Vicario fue de parte de Lucas Alamán, ministro de Relaciones Exteriores. Fue por medio de un artículo no firmado que acusó a Leona de “haberse unido a la insurgencia por un afán romancesco, es decir, persiguiendo a su novio Andrés y no por sentimientos patrióticos. Por tal motivo, no merecía que se le hubiera premiado con propiedades”.

Leona Vicario argumentó con inteligencia los ataques de un hombre conservador que dudaba del auténtico patriotismo de una persona por el simple hecho de ser mujer. Es admirable que ella no se presente como víctima, se defiende con argumentos débiles o chantajistas, exponiendo una debilidad natural femenina o una abnegada ingenuidad. Leona se presenta como una mujer de ideas, como una mujer segura de sí misma y reconoce abiertamente lo que hizo por su país, sin modestia absurda y sí con jactancia honesta.

“Aseguro a Ud. Señor Alamán, que me es sumamente sensible que un paisano mío… se empeñe en que aparezca manchada la reputación de una compatriota suya, que fue la única mexicana acomodada que tomó parte activa en la emancipación de la patria.”

La carta fue publicada en el periódico El Federalista, sin ningún sentimentalismo ni debilidad defendió su honor de mujer y su prestigio de heroína:

“Confiese U. Sr. Alamán que no solo el amor es el móvil de las acciones de las mujeres que ellas son capaces de todos los entusiasmos y los deseos de la gloria no le son unos sentimientos extraños; antes bien vale obrar en ellos con más vigor, como que siempre los sacrificios de las mujeres, sea el que fuere el objeto o causa por quien las hacen, son desinteresados y parece que no buscan mas recompensa de ellos, que la de que sean aceptadas. Por lo que a mí toca, sé decir que mis acciones y opiniones han sido siempre muy libres, nadie ha influido en ellas, y en ese punto he obrado siempre con tal independencia, y un atender que las opiniones que han tenido las personas que he estimado. Me persuado que así serán todas las mujeres, exceptuando a las muy estúpidas, y a las que por efecto de educación hayan contraído un hábito servil. Y de ambas clases también hay muchísimos hombres.”

La Güera Rodríguez

María Ignacia Javiera Rafaela Agustina Feliciana Rodríguez de Velasco Ossorio Barba Jiménez Bello de Pereyra Fernández de Córdoba Salas Solano Garfías, nació el 20 de noviembre de 1778.

La Güera Rodríguez. Foto especial
La Güera Rodríguez. Foto especial

Se casó tres veces y tuvo siete hijos. En la única novela histórica que reconstruye su vida, el autor Artemio del Valle-Arizpe la describe como una niña ingeniosa, inventiva, con una luz interior que le salía por sus ojos azules.  A los 16 años se casó con un importante militar. El matrimonio parecía tranquilo pero ella lo demandó penalmente por intento de asesinato y solicitó el divorció.  Su segundo marido fue el señor Mariano Briones, de 70 años de edad, quien murió a los tres meses pero dejó embarazada a la Güera y ella pudo heredar su gran fortuna. Nuevamente el escándalo la siguió pues se aseguraba que había provocado la enfermedad que lo mató.  Juan Manuel Elizalde fue su tercer esposo y llevaron una vida tranquila hasta que ella murió.

Y narrada su vida con estos datos no parece ser diferente a las mujeres de clase privilegiada de la Nueva España. Además de su belleza y su carisma,  ¿qué hizo de doña Ignacia una mujer inolvidable? Seguramente los rumores y certezas de que fue amante de muchos hombres le dan ese toque sensual e inquietante a su vida. Uno de ellos fue Agustín de Iturbide, quien se enamoró de sus encantos a tal grado que se afirma fue ella quien lo convenció de pasarse al bando insurgente. Tal era su influencia sobre este hombre que durante la declaración de la Independencia, el 27 de septiembre de 1821, lo persuadió para que el desfile se desviara a la calle donde ella vivía y las tropas desfilaran frente a su balcón.

Pero el más significativo aspecto para hacerla destacar en la sociedad de la época fue mostrar abiertamente ante la sociedad de la Nueva España su gran simpatía por el movimiento insurgente. Ayudó a transportar armas y posiblemente donó dinero para la causa.  Públicamente alababa a Hidalgo y a Morelos. Por eso fue llamada a comparecer ante la Inquisición.

Si bien no existen documentos que permitan reproducir el discurso de María Ignacia Rodríguez cuando enfrentó a la Inquisición de la Nueva España acusada de conspirar contra el gobierno y de apoyar la causa insurgente, la novela de Artemio del Valle-Arizpe reproduce lo que pudo ocurrir en ese momento. Fue citada a la Inquisición por la denuncia del espía Juan Garrido, quien la acusó de ser una de las mujeres que apoyaba la causa insurgente. Del Valle-Arizpe describe que Güera no se preocupó ni se asustó. Cuando llegó al salón donde la esperaban para juzgarla, ella mostró la siguiente actitud:

“Se plantó la Güera ante los inquisidores, muy garbosa y decidida y después de pasarles la vista junto con una sonrisa, les hizo larga reverencia como si fuese el airoso remate de una figura de pavana, de gallarda o de ceremonioso minué. Desplegó en seguida la pompa multicolor de su abanico de nácar y empezó a agitarlo frente a su pecho lenta y suave parsimonia, con toda la tranquilidad del mundo. Volvió a sonreír con apacible encanto. A cada contoneo de su talle despedía una fragancia almizclada y oriental…“

El escritor afirmaba que la audacia de esta mujer pasmó a los inquisidores, los mismos que imponían terribles castigos y cárceles perpetuas. Ella les estaba demostrando que nada la arredraba ni nadie la inmutaba. No se mostraba temerosa y pisaba con valentía el oscuro lugar. De igual manera Don Artemio aseguraba que uno de  los tres jueces había querido tener un romance con ella, otra resultó ser su allegado y ella le sabía algunos secretos. Por eso, esos tres hombres no la espantaban. Y los enfrentó así:

“Les atronó las orejas al preguntarles con la mayor naturalidad del mundo y gran dulzura en la voz, si ellos que eran esto y lo otro y lo de más allá y que habían hecho tales y cuales cosas, ¿serían capaces de abrirle causa y sentenciarla? Y esto y lo otro y lo de más allá… En los tres graves varones puso, sin reparo, la graciosa y pervertida malignidad de su lengua, que se les encendió los rostros como si les hubiera arrimado una roja bengala… La Güera, con el lindo rostro bañado en luz de sus sonrisas, les dijo que los gustosos vicios que tenían eran ya públicos y notorios y se contaban por las plazas. Los derribó con la filosa espada de su lengua. Salió muy airosa. Ya  en la puerta, se volvió llena de gracia e hizo una larga reverencia…”

 

Otra vez septiembre, nuestras heroínas a su manera, por firme convicción, también lograron el triunfo de la causa insurgente para que ahora podamos gritar: ¡Viva México! ¡Viva las heroínas que nos dieron patria!

 

 

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