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LOS DOS ENTIERROS DE TADEO AYALA

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Pascal Beltrán del Río

Los primeros días de este año han sido durísimos en información relacionada con la seguridad pública.

Y no sólo por la marea de ejecuciones en entidades como Zacatecas, Guanajuato, Veracruz, Michoacán, Jalisco y Baja California, sino por las crecientes muestras de deshumanización de las actividades criminales y que hacen que uno se pregunte, con espanto, qué país es éste.

Dos de ellas se destacan en mi observación de esta estremecedora descomposición:

La primera es el hallazgo del cuerpo de un bebé en el basurero de un centro penitenciario.

La segunda, el descubrimiento de un hombre que llevaba cinco días encerrado en una alcantarilla.

Ambas podrían haber sido imaginadas por un escritor de horror como Stephen King, cuya novela corta 1922 dio lugar a una película que vi el fin de semana pasado, en la que un granjero de Nebraska mata a su esposa, con la ayuda de su hijo, para que ésta no venda la propiedad en la que los tres viven, y la sepultan en un pozo seco, y luego dejan caer una vaca viva en el mismo a fin de encubrir el crimen.

Pues algo así, pero en la vida real. La historia de terror de Tadeo Ayala comenzó con su muerte, por un problema intestinal, cuando apenas había cumplido tres meses de nacido. Sus padres lo enterraron en el panteón de San Nicolás Tolentino, en Iztapalapa, y, días después, supieron por las noticias que el cuerpo de un bebé había sido encontrado por un interno que buscaba materiales reciclables en el tiradero de la cárcel de San Miguel, en Puebla. Cuando se publicó el nombre que aparecía en una banda elástica que se recuperó junto con el cadáver, el matrimonio fue al panteón donde había enterrado a su hijo y, tal como temía, encontró la tumba vacía.

Los detalles de cómo fue exhumado el cuerpo, trasladado 140 kilómetros hasta Puebla e ingresado en el reclusorio aún las investigan, lo mismo que el motivo para realizar algo así. Una obviedad es decir que fue por dinero, pero ¿para qué querría alguien el cuerpo de un bebé ya sepultado? Hay preguntas que de sólo hacerlas dan escalofríos. Pocas cosas más duras debe haber que vivir la muerte de un hijo. El domingo por la madrugada, el cuerpo de Tadeo regresó a la Ciudad de México para que sus padres lo enterraran por segunda ocasión.    

El otro caso es la cara opuesta de la misma moneda de terror. El jueves, un estudiante que caminaba por Mariano Otero, en Guadalajara, vio cómo se asomaba de la tapa de un pozo del drenaje lo que pensaba que era un palito. Pronto se dio cuenta que allí había un hombre encerrado y dio aviso a las autoridades. Después se sabría que lo que usó el cautivo para llamar la atención no era un palito, sino un hueso humano.

La alcantarilla se encuentra en la colonia Pueblo Quieto, un viejo asentamiento de paracaidistas que invadieron el derecho de vía del tren, tan peligroso, que ni la misma policía se atreve a visitarlo. El hombre, muy deshidratado, llevaba encerrado allí cinco días. Quienes lo metieron aseguraron la tapa con candado y se fueron, dejándolo para que muriera de hambre.

Justo eso parece haberle pasado a otra persona, cuyos restos se encontraron en el mismo hoyo al momento del rescate. Ese cuerpo quizá terminó devorado por ratas –como en la novela 1922 con el cadáver de la esposa del granjero–, quedando de él los puros huesos, uno de los cuales usó el hombre salvado para avisar de su situación. Éste es el México que nos tocó, en el que la paz de los sepulcros es macabra ironía.

Buscapiés

* El domingo fue asesinada, en Tijuana, la periodista Lourdes Maldonado, quien denunció amenazas, luego de entablar un juicio laboral contra una empresa propiedad del exgobernador Jaime Bonilla Valdez. El homicidio ocurrió cuatro días después de que la Junta Federal de Conciliación y Arbitraje ordenó el embargo de la empresa, a fin de cubrir el pago. Es el tercer crimen que sufre el gremio en el año, segundo en Tijuana. Hoy se movilizarán los colegas, en una treintena de ciudades del país, para demandar seguridad para el trabajo periodístico.

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