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GOBERNADORES OPOSITORES: DEL ESPANTO A LA AMBICIÓN

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Foto especial

En el sexenio de Vicente Fox, los gobernadores del país descubrieron el poder político que tenían.

Hasta el periodo de Carlos Salinas de Gortari, el cargo había sido meramente decorativo. Los gobernadores debían su puesto al Presidente y éste se los podía quitar a las primeras de cambio, ya fuera para sumarlos al gabinete o para mandarlos a su casa.

En los hechos, eran empleados del Ejecutivo. Y para que eso quedara claro, quien les decía qué tenían que hacer y hasta qué tenían que decir era el secretario de Gobernación.

Uno de los pocos que en esos tiempos se atrevieron a retar al poder federal fue el michoacano Cuauhtémoc Cárdenas, quien, desde Morelia, impulsó un movimiento democratizador en el PRI y luego se convertiría en líder nacional de la izquierda.

Todo eso comenzó a cambiar en 1989, cuando la oposición ganó su primera gubernatura en seis décadas. El presidente Salinas, quien necesitaba legitimar su poder, aceptó el triunfo del panista Ernesto Ruffo en Baja California. No pasó mucho tiempo para que el resto de los gobernadores –30 de ellos, todos del PRI– se diera cuenta de que Ruffo recibía mejor trato de Los Pinos que ellos.

El 28 de mayo de 1995 –un día como hoy, hace un cuarto de siglo–, ya en el sexenio de Ernesto Zedillo, el oficialismo aceptó el triunfo del panista Vicente Fox en la elección extraordinaria para gobernador de Guanajuato.

A partir de ahí, los gobernadores surgidos del PRI comenzaron a zafarse del yugo presidencial. Dos de ellos se confrontaron con el Presidente: el tabasqueño Roberto Madrazo y el poblano Manuel Bartlett. Ambos serían precandidatos de su partido a la Presidencia de la República, con motivo de la sucesión de 2000, aunque el premio mayor de esa carrera sería para Vicente Fox.

Sabedores de que una gubernatura podía ser el trampolín hacia Los Pinos, los mandatarios estatales se organizaron en la Conferencia Nacional de Gobernadores (Conago) para hacer sentir su fuerza al nuevo Presidente.

El surgimiento de ese grupo fue también una reacción al “clima de revanchismo” que los gobernadores priistas percibieron desde Los Pinos a partir de que Fox asumió la Presidencia.

Al principio, los entonces mandatarios estatales de extracción panista –los de Aguascalientes, Nuevo León, Querétaro, Jalisco, Yucatán, Morelos, Nayarit, Guanajuato y Baja California– no participaron en las reuniones convocadas para formar la Conago. Sin embargo, al final se integraron.

Si priistas y perredistas iban a arrancar concesiones al Presidente, ¿por qué ellos se quedarían fuera del reparto? La principal de ellas fue la distribución de los excedentes petroleros, que hasta entonces habían sido gastados discrecionalmente por el Ejecutivo.

Pero esa ansia de recursos fue, al final, la perdición de la Conago. “A cambio de recibir recursos, los gobernadores fueron perdiendo completamente el decoro y hasta la dignidad”, me dijo ayer uno de los integrantes originales de la Conferencia. Y si se suman las políticas de corte centralista aplicadas por el gobierno del presidente Enrique Peña Nieto, los estados dejaron ir el peso que habían acumulado los dos sexenios previos.

Cuando Andrés Manuel López Obrador llegó al poder trató de someter a los gobernadores mediante la fuerza que le daban 30 millones de votos. Nombró a un superdelegado por entidad, con la intención de que sirviera de control sobre el gobierno estatal, y sus simpatizantes se encargaron de abuchear a los gobernadores cuando el Presidentes los visitaba.

Sin embargo, igual que sucedió en 2000, éstos encontraron fuerza en la unión. Al margen de la Conago, que hoy juega un papel poco más que decorativo, un número creciente de mandatarios estatales está actuando de manera coordinada.

El viernes pasado, siete de ellos –de todas las facciones políticas, salvo Morena– se reunieron en Parras de la Fuente, Coahuila, la tierra de Francisco I. Madero, uno de los héroes de López Obrador.

El tiempo dirá hasta dónde puede llegar esta unión, que la contingencia del covid-19 ha ayudado a amalgamar. Al principio los unió el espanto, como escribió Borges. Pero ahora, cuando están juntos, habla mucho más de ellos la ambición.

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